0.2. La naturaleza del deseo.

La naturaleza del deseo es la del ser humano.

El deseo es necesario para la vida. Es un operador que ejerce solo para nosotros, no para las otras especies.

Vivir no es fácil para nadie, excepto para algunos superdotados que lo tienen un poco mejor, como el cachalote, el león, el águila, Bill Gates, Amancio Prada, Carlos Slim o Jeff Bezos, aunque estos también tienen que currárselo, por muy poderosos que se crean.

Si algo caracteriza a los seres vivos es la lucha diaria por arrancarle a la vida un minutito más, lo cual me parece llamativo, porque a ver, ¿si se nos da la posibilidad de vivir de forma gratuita y sin preguntar, qué motivos hay para que nos la quiten y por qué tenemos que pelear a diario por sostenerla? Pero es así, por muy incongruente que parezca. Eso sí, ni el cachalote ni la medusa ni el chimpancé se hacen esta pregunta, excepto nosotros, que no paramos de perdernos en conjeturas preguntando por el sentido de las cosas o inventando credos para minimizar la posibilidad de que no seamos el centro de nada.

Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre con las demás especies, que luchan por comer o no dejarse comer y por ser el macho alfa en un reino de posibles machos alfa al acecho de una oportunidad, muchos de los peligros que nos amenazan no tienen que ver directamente con la supervivencia, sino con la volatilidad de las emociones, con el miedo y, en general, con la silenciosa influencia de los fantasmas que nos habitan. Pero esto, que también nos hace diferentes, solo es posible gracias a la conciencia, que es el elemento de la ecuación que entra en concurso para hacer de nosotros unos privilegiados de tomo y lomo, aunque luego no paremos de lamentarnos por los sinsabores que acarrea el conocimiento y sus efectos; en particular, uno de ellos, el desconocimiento.

Vivir bajo la continua presión de los vaivenes del estado de ánimo, de las fluctuaciones de la fe, del runrún del pensamiento, de los altibajos de la salud, del trabajo, de la economía doméstica… y no quedar apresados por el temor que generan, requiere una posición proactiva y una buena dosis de inteligencia, humildad, generosidad, perseverancia y, ¡cómo no!, de ganas, de muchas ganas de tirar para adelante. Si a este esfuerzo lo sazonamos con un pellizquito de humor, ternura, picardía, mano izquierda y tolerancia podremos disfrutar de los gratos momentos que ofrece la vida, aunque sean puntuales, aunque parezcan insuficientes.

Quiero decir con esto algo bien simple: que necesitamos afianzar ciertas cosas y afianzarnos en determinados lugares para sentir que merece la pena el esfuerzo a pesar de los peligros que acechan y de saber que la batalla por la vida la tenemos perdida a título individual.

Está claro que no vivimos y ya está. Además de querer saber, hemos roto el lazo natural con el instinto, que regula la vida según un patrón fijo, y lo hemos sustituido por la pulsión, un operador más complejo e indeterminado, que también regula la vida, pero que va un poco por libre.

El instinto responde a los reclamos de la supervivencia guiado por la necesidad y por los ciclos naturales. Ni que decir tiene que los animales no matan por gusto y que la mayoría solo mantiene relaciones sexuales cuando se activa el periodo de celo. La pulsión, en cambio, aunque también responde a los reclamos de la supervivencia, no lo hace a los ciclos naturales, sino cuando le viene en gana. Además, la pulsión, aunque también responde a la necesidad, lo hace con la mediación del amor; más específicamente, de la «demanda de amor».

El cambio que introduce el paso del instinto a la pulsión es la ruptura entre la función y la necesidad para la que trabaja. Dos ejemplos de esta ruptura son las que se producen entre sexualidad y reproducción y entre el alimento y la necesidad de alimentarse. Esto ocurre porque entre una y otra interviene un mediador, el otro y su universo fantasmático (ya lo veremos más adelante). Los trastornos de la conducta alimentaria y la diferencia entre identidad sexual e identidad de género son dos claros ejemplos del efecto de esta mediación.

Entre comer por necesidad y devorar hay un abismo que refleja la intervención de otros motivos que nada tienen que ver con el hecho de nutrirse y sí, por ejemplo, con la ansiedad o con la imagen distorsionada de sí.

Dicho en términos generales, desde que pregunta, curiosidad y deseo se fueron de fiesta, todo se mueve bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas, pero, a pesar de ello, mantenemos el tipo. Desde luego, parece un milagro que seamos capaces de lidiar con los desequilibrios y desajustes que provocan la enorme cantidad de alcohol y de incertidumbres que proporcionan los desmanes de los tres sin que la apuesta por la vida se resienta demasiado.

El paradigma de la felicidad no creo que tenga que ver con la permanente satisfacción de las necesidades y de las pasiones; lo revelan las muchas historias de zombis a los que les sobra el dinero y de playboys que se sienten más solos que la una. Es verdad que la felicidad se disfruta a cachos, pero también lo es que su recuerdo perdura, activándose en los momentos en que las ganas no dan para más y la desesperanza amenaza con romper nuestro siempre inestable equilibrio

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