0.3. ¿Soy yo lo que tú quieres?

¿Te imaginas saliendo de casa a todo correr y topándote de repente con el deseo? ¿Te lo imaginas con piernas, cabeza y manos, caminando nervioso con las prisas del que no tiene tiempo y la ansiedad del que no sabe a dónde ir y para qué? ¿Qué crees que te diría de él, qué se yo, el del quiosco, el camarero, el cuponero que para junto a la pollería? Seguro que te diría que nadie sabe quién es ni lo que busca y que todo el que se le acerca, embrujado no se sabe por qué suerte de encantamiento, le pregunta lo mismo: «¿soy yo lo que tú quieres?». También te diría que nunca responde, que se queda quieto delante de ti, mirándote impasible, hasta que entras al trapo y te metes en su lío o te das a la fuga enfadado, desesperado, asustado, cohibido…

En realidad, nadie sabe porqué actúa así. Hay quienes creen que lo hace porque no se fía a la vista de las pasiones que despierta y de los incendios y cataclismos que provoca cada vez que abre la boca para decir algo o da el primer paso para romper el silencio.

Eso sí, todos coinciden en una cosa: el deseo no deja indiferente a nadie.

Lo de su silencio es de nota, una joya para la historia de la magia por lo que consigue sin mover un dedo: mantenerte en vilo esperando a que te dé lo que en ningún momento te ha prometido. ¡Fantástico!

Su estrategia es bien sencilla: hacerte pensar que te va a dar lo que quieres y retrasar permanentemente la posibilidad de que lo consigas, porque eso que te ofrece, nunca es. Evidentemente, nada de esto se le pasa por la cabeza; lo hace así porque es su naturaleza. Somos nosotros solitos los que quedamos pillados en este juego imaginario, a la espera, siempre a la espera de no se sabe qué.

Es verdad que a veces el deseo decae hasta casi colapsar, llegando a poner en peligro la vida, y que otras se sube a la parra y convierte cualquier nimiedad en una fiesta, pero, por norma general, sus altibajos suelen ser llevaderos, nada que no pueda reconducirse, manteniéndose más o menos estable si las incertidumbres no son muchas o si algún interés o creencia lo entretiene.

Pero hay algo más, algo que tiene el efecto de ponernos a trabajar duro: su egoísmo y absoluta falta de interés por mostrarnos el camino. El deseo no da nada; si acaso, la constatación de que lo único que hay es una especie de enorme agujero en el que entramos todito ilusionados para fabular sobre lo mucho que el deseo nos tiene presentes cuando recibimos un regalo solo para nosotros.

Entrada relacionada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *