0.4. El otro.

¡Qué más se puede pedir que ser objeto del deseo de alguien! Probablemente esto sea lo más valioso a lo que aspiramos y, también probablemente, la fórmula que la ley de la supervivencia ha desarrollado para que nosotros, seres cognoscentes, vanidosos y altivos, capaces de lo mejor y de lo peor, podamos soportar algunas cosas sin que se nos caigan encima los palos del sombrajo.

Ser deseo de deseo no es cualquier cosa, es lo que esperamos de mamá, del amante, del amigo… Por esto es imprescindible que entre en escena alguien más, alguien con quien jugar este juego de seducción en el que, con gusto o sin él, quedamos atrapados.

Sí, con gusto o sin él, porque el deseo nos hace vivir a veces escenas desagradables donde el dolor o el miedo y la curiosidad o el placer juegan sus cartas en una partida en la que participamos sin saber cómo y de la que no podemos salir sin saber porqué. La inquietud que provoca en el espectador cualquiera de las películas de Roman Polanski expresa la potencia erótica que genera esta ambivalencia.

Es verdad que ser mirado, reconocido, leído, visto, apreciado, querido…, forma parte de lo que somos y que todo eso podemos sentirlo o quererlo de muchas maneras; la mayoría, ocultas a la conciencia.

¿Quién es el otro? El otro es el molde que nos da forma con su presencia, afectos, palabras, expectativas, sueños, miedos…, y lo es hasta el punto de que dejamos de ser si no está presente o deja de estarlo, como muestran los relatos clásicos sobre orfanatos, en los que se describen historias terribles sobre las consecuencias de la falta de afecto de un adulto de referencia.

La relación con este otro que nos acoge o rechaza, ya sea papá, mamá, la novia, el amigo, el vecino de escalera, el compañero de trabajo…, empieza a configurarse a partir de la relación que el bebé mantiene con la imagen que el espejo le devuelve de sí.

Pero una cosa es verse reflejado y otra reconocerse. Al principio, lo que el niño ve en el espejo es a alguien que está afuera y a mamá mirándoles a los dos. Verdaderamente, tampoco es que sea necesario el espejo para verse reflejado; la mirada de mamá actúa como tal, devolviéndole al bebé una imagen de sí que, como no puede ser de otro modo, está atravesada por las emociones que le despierta.

Imagina la siguiente escena: el bebé se hace caca y mamá le cambia el pañal. Imagina ahora esta misma escena, pero cambiando la actitud y el comportamiento de mamá. Uno, lo hace mientras lo mira, le hace carantoñas, le acaricia, le habla, le cuenta lo que tiene y lo que va a hacer para solucionarlo; dos, lo hace mientras habla por el móvil con el amigo para quedar o con la secretaria para atender un problema del trabajo; tres, lo hace mientras grita porque le han salido mal las cosas, nadie le hace caso o se ha enterado de que su marido le es infiel; cuatro, lo hace mientras descarga su ira con el bebé porque le quita tiempo para sus cosas; cinco, lo hace mecánicamente, igual que recoge la mesa y carga el lavaplatos o escucha la radio sin enterarse de lo que hablan; seis, lo hace mientras siente un profundo rechazo por el bebé, rechazo que no sabe de dónde le viene, que le perturba y le hace sentir culpable… La misma escena, pero distintas maneras de relacionarse y distintas consecuencias.

Si mamá, o quien hace de función materna, es el espejo en el que se mira el bebé, la imagen que adquiera de sí variará sustancialmente de una escena a otra, siempre que se repita de modo habitual.

Es verdad que la mayor parte de lo que modela nuestra identidad queda fuera de la conciencia, pero está ahí, en las historias que cuentan papá y mamá y en los efectos que tienen sobre ellos las cosas que callan, lo que desconocen y los silencios heredados. Por eso, papá y mamá son muchos papás y mamás dependiendo de cómo elaboran y transmiten en cada momento todo eso que reciben, y nosotros, muchos en uno; en realidad, somos un «espejismo», también una especie de comunidad de vecinos cargada de historias, de secretos y silencios, de encuentros y encontronazos, de normas y disparates, de voces que gritan, que susurran, que agobian, que hastían, que te alegran el día…; a veces, somos un reflejo de papá, o de mamá, o del hijo mayor del vecino… También, a veces, nos aliamos con unos en detrimento de los otros, a los que llegamos a odiar con la clara desfachatez de la inocencia cuando somos pequeños o con la contundencia del odio, odio, al ser más mayores.

El deseo nos reúne, crea una red de líneas y nudos por los que circulan los contenidos del disco duro que traemos incorporados, que heredamos en la larga cadena generacional. De esta cadena heredamos un terruño metafórico lleno de fantasmas y expectativas, de historias, silencios y secretos, y a ella entregamos una porción de lo que somos. De lo heredado nos hacemos cargo y con lo que aportamos, contribuimos a su conservación y renovación.

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