0.5. ¿Es el deseo un galimatías?

¿Es esto el deseo, un galimatías?… Pues, sí, pero es lo que hay, porque no somos precisamente sencillitos.

Te cuento: uno, somos un amasijo de preguntas sin respuestas que nos sitúan ante un principio y un final que nos descolocan completamente y nos hacen inventar cuentos y religiones para apaciguar el miedo y mantener el orden; dos, somos un sinsentido para la conciencia, porque «si lo que se da no se quita», como recuerdo decíamos cuando niños, ¿a qué viene regalarnos la vida para dejarnos sentir luego cómo se nos va poquito a poco hasta desaparecer?; tres, cada uno de nosotros es un instrumento para la supervivencia de la especie; mientras mejor nos la montemos, mejor les irá a todos. Tú, yo y los casi siete mil millones de personas que somos tenemos que resolver la herencia recibida, cada cual la suya, en la cadena generacional de la que formamos parte, la que conduce del primer ancestro hasta el último superviviente, y entregarla sin que se note mucho el vértigo que produce lo poco que sabemos de ella y lo mucho que nos afecta su enorme peso.

El deseo es un híbrido que aporta a la vida la energía que necesita, un híbrido que va mucho más allá que el instinto, ya que, además de cubrir su función, nos obliga a preguntarnos por el sentido que tiene el esfuerzo, un híbrido que tiene por cabeza un enorme agujero que llenamos a diario con cosas, impulsados por la imaginación y la fe, y con los regalitos que nos dejan los fantasmas que nos habitan.

El deseo aprieta y calla para que no paremos de sonsacarle, alentando así la esperanza de conseguir de una puñetera vez lo que ansiamos: ¿acaso, la plenitud que sugiere?

Lidiar con el deseo es como jugar al Euromillón. Sabemos que las posibilidades de que toque el bote son prácticamente nulas, pero no perdemos la esperanza de que, en una de esas, un día cualquiera caiga la suerte de nuestro lado; los pequeños reintegros son la pobre gratificación que la mantiene viva.

Este es el doble sentido que tiene la búsqueda a la que obliga el deseo: de un lado, alcanzar lo más, aquello que culminaría el esfuerzo y daría sentido a toda una vida peleando por vivir y no dejarse arrastrar por el potente magnetismo de la inercia; de otro, mantener activa la pelea hasta el último instante.

Las psicosis, en general los trastornos mentales, son un ejemplo del poder devastador de la inercia, también conocida como «pulsión de muerte», frente al esfuerzo que exige el principio de realidad, que es el que nos levanta de la cama para ir a trabajar cuando la pereza nos puede y el que nos pone a currar para no acabar, como el azucarillo en el café, diluidos en el principio del placer, su antagonista, que es el que nos anima a seguir en la cama, el que se salta cualquier prohibición que se le ponga por delante y el que no renuncia a nada, aunque en ello nos vaya la salud, incluso la vida

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