0.8. El Otro con letra grande.

En la plenitud se es, no se está, y el deseo deja de ser tal para dar paso al gozo.

Las religiones han aprendido bien esta lección. Sus ministros manejan la plenitud con un altísimo nivel de eficacia. Así lo demuestran sus muchos años de pervivencia, a pesar de los desastres que acumulan dentro y fuera de sus muros. Todas ellas, con formatos diferentes, lo consiguen prometiendo algo imposible de rebatir, ya que nadie de nuestra especie ha regresado del más allá para dar testimonio.

El mayor bien al que pueden aspirar los fieles de la Iglesia Católica, por ejemplo, es al gozo a full time en la contemplación de Dios, que consiste en un estado de perpetuo éxtasis y la disolución en su divina substancia.

¿Qué ocurriría si la plenitud fuera susceptible de conciencia?, que inevitablemente aparecería el miedo a perderla. Sometido a él, la plenitud, entonces, daría paso a la falta, a la necesidad en todas sus manifestaciones y, con ellas, al dolor y al sufrimiento. Esta fue la consecuencia, según el Génesis, del acto de desobediencia de Adán y Eva. Igual ocurriría con el gozo que acompaña a la plenitud si se registrase como experiencia.

En la plenitud, el sujeto deja de ser como entidad diferenciada para fundirse en un Otro con mayúscula. Esta sería la ganancia prometida, la ganancia por la que apuestan aquellos que se adjudican el poder de definir el sentido que orienta la vida.

El Otro con mayúscula tiene muchos nombres. En general, sería una especie de entidad que trasciende la condición imaginaria (aunque lo pintemos viejo, cachas y barbudo), que es donde nos encontramos, donde nos reconocemos y donde ponemos a jugar las pasiones que hacen sentir la fuerza irresistible que nos mueve y nos impulsa a seguir.

El lugar donde se instala este Gran Otro es el vértice del ángulo donde se encuentran la permanente búsqueda de sentido y la vastedad de lo desconocido. En este lugar se sitúa lo que para los clásicos tiene el nombre y el peso del Destino y para los creyentes en la fe católica, la potencia de la conciencia suprema, es decir, de Dios.

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