0.9. Más sobre la plenitud.

El conocimiento contribuye a apreciar más la vida, qué duda cabe. La experiencia de contemplar una obra de arte se disfruta más intensamente si se dispone de información sobre ella, pero a diferencia del gozo, que no requiere conocimiento y conciencia, la vivencia que se experimenta ante la obra de arte es de placer, y aquí si cabe el sujeto que piensa y conoce, que cree y fabula, que siente.

El placer es el mecanismo más próximo a nosotros, no el gozo o el éxtasis, ambos de por sí extraordinarios, incluso claramente disfuncionales para algunos, como atestiguan muchos trastornos mentales. Sin embargo, ¿quién no ha pasado por la experiencia de vivir un momento inigualable de comunión con el Universo al hacer algo o participar de algo, que no necesariamente tiene que ser extraordinario, y la decepción consiguiente al extinguirse esta impresión justo al instante en que se adquiere conciencia de ella?

En dos ocasiones sentí algo que se aproxima al estado de plenitud. Digo solo cierta proximidad, porque si la plenitud de lo que viví hubiera sido absoluta me habría disuelto en la primera de las ocasiones, no habría vivido la segunda y, como es lógico, ahora no estaría escribiendo esta línea.

La primera vez lo vivido me sumergió en un acto de creación único al que convertí en un hito con el paso de los años. Fue en una clase de pintura. Estuve dos horas ensimismado pintando. Durante ese tiempo desaparecí, me fundí en la escena y con el cuadro. Al poco de finalizar, nada pude recordar de esas dos horas. Lo que sé fue lo que me transmitieron mis compañeros y lo que deduje del cubo de la fregona que tenía a mi lado, lleno con las aguas tintadas que habían caído a chorros del caballete.

El cuadro representa a un hombre sin edad, eterno, vigoroso, de cuyo cuerpo irradia una potente luz; un hombre al que es posible identificar con una de las múltiples versiones de Sísifo, en este caso sentado sobre sus talones en el momento en que comienza a levantarse para liberarse del peso de la noche que lo envuelve y aprisiona y dar paso al amanecer de un nuevo día.

Me fastidia no recordar lo que viví durante esas dos horas… ¿O tal vez sí lo registré solo que su rastro se desvaneció para la conciencia igual que se desvanecen los sueños, permaneciendo latente en la parte más recóndita de la misma?

En la segunda ocasión, este estado de plenitud lo encontré en un abandono absoluto de mí, que me situó al borde de la muerte. Salí de ahí porque me sacaron, no por propia voluntad. Según me informaron al final del proceso, mi sistema inmunológico colapsó al no soportar el estrés provocado por una extraña infección, de la que nada se supo. Me prescribieron tranxilium 50 tres veces al día; prescripción absolutamente contraproducente que colaboró sobremanera al paro vital al que llegué, como lo atestigua el drástico viraje del proceso a partir del momento en que dejaron de administrármelo. Lo que rescaté de esta experiencia fue que nada me ocupaba mientras duró, ni física ni mental ni anímicamente. Tenía la impresión de haber entrado en un estado de letargo en el que nada importaba, ni siquiera si estaba vivo o me estaba muriendo. Mi mujer me rescató de este mortífero paraíso -tal es el poder de la inercia para apoderarse de la voluntad de vivir-, y yo, medio en broma, medio en serio, se lo reproché durante años.

Ambas escenas me hacen pensar algunas cosas:

La primera es que la plenitud y la ausencia van de la mano, pero no siempre de la misma forma. La primera escena, ligada a un acto de creación, tiene reminiscencias oníricas en lo relativo al carácter evanescente de su recuerdo. De la segunda escena, ligada a la destrucción, recuerdo una placidez enorme, si, y la añoranza posterior al perderla.

La segunda cosa que rescato es que la conciencia de la plenitud no interesa a la vida, de ahí su carácter evanescente, pero sí a la muerte, que sigue reclamando a través de la añoranza el terreno que había comenzado a conquistar.

Lo tercero que extraigo de estas experiencias es que la plenitud ligada a la creación requiere esfuerzo, una posición activa y abandonarse al proceso de creación. La plenitud ligada a la destrucción, en cambio, solo requiere abandonarse a la destrucción; es decir, dejar que la inercia haga su trabajo.

Una última cuestión: cualquier escena en la que la plenitud absoluta y el goce se apoderen de la persona será una rareza. De no ser así, de ser mayor su resistencia ante cualquier intento por retroceder y regresar a la normalidad de cada día, el número de muertes aumentaría de forma escandalosa, ya que el poder de la inercia, consonante con la naturaleza expansiva y disgregadora del Universo, es capaz de subvertir la Ley Natural que regula la vida. Y si algo demuestra la Naturaleza es que no ha montado un escenario tan vasto para ser ninguneada por nimiedades. Tenemos que vivir, esta es la regla, y no por un interés egoísta, sino por un interés natural.

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Un pensamiento en “0.9. Más sobre la plenitud.

  1. Comentario de Paco
    Hola Juan, aquí te escribo para abundar en el comentario que te hice sobre el interés que tenía para mi el apartadp 09 de tu blog :Más sobre la plenitud. Tus reflexiones sobre experiencias límites caracterizadas por esas sensaciones de plenitud, inigualable comunión, anodadamiento o también por abandono absoluto, paro vital o letargo mortífero, así como la referencia al par conceptual creación/destrucción y las notaciones sobre el lugar de lo cotidiano, de la supervivencia de cada día como paradigma opuesto a ese tipo de experiencias me han recordado los planteamientos nietzcheanos de El origen de la tragedia. Sigo algunas reflexiones de Fernando Castro Flores, profesor de Estética y crítico de Arte de cuya fuente bebo mucho últimamente. Subraya la dimensión patética del pensamiento de Nietzche en este texto temprano identificando aquí patético con excesivo, desbordado… vivencias que tienen que ver con lo terrible, lo cruel, lo que apenas podemos soportar, señalando que lejos de ser lo excepcional el filósofo lo considera esencial a la condición humana, en una perspectiva de ruptura con los idealismos y las soluciones que anunciaban un fin armónico y satisfactorio para el hombre y sus creaciones.
    De allí surge su apreciación de que la existencia se soporta sobre un fondo de crueldad que es la esencia de la cultura.
    Tus consideraciones sobre Goce y Deseo creo que están en una línea similar. Un goce que es una experiencia límite que resulta insoportable para el ser humano y un deseo que viene a centrarlo, a normalizarlo y hacerlo habitable y constructivo.
    En Nietzche hay algo del mismo orden cuando habla de lo apolíneo y lo dionisíaco, que no se corresponden con lo racional y lo bárbaro, es decir que no se oponen como lo bueno y lo malo, lo útil y lo absurdo. Precisamente la compleja interrelación que se da entre ellos es lo que me parece interesante en el planteamiento del filósofo. Lo apolíneo es orden, norma y medida pero a él pertenece el sueño y la creación, la imaginación creadora y el cuidado de la polis. Lo dionisíaco es desenfreno, éxtasis, bacanal impulsiva, transporte gregario siguiendo el cortejo del dios, pero es también lo que permite al individuo el placer nunca conocido de sentirse arrastrado al anodadamiento, al espanto exaltante del ser colectivo a la inmersión en un modo de existencia propio de criaturas que no son ni hombres ni dioses pero sienten como se reavivan en su interior las verdades de una naturaleza anterior a la escisión y a la caída.
    Dice Nietzche que hay una sabiduría dionisíaca que se extrae de esa experiencia porque él no considera esa experiencia como resto bárbaro desechable sino como una parte fundamental de la naturaleza humana que esconde verdades no por imposibles de vivir o apenas soportables menos existentes, quizás sería mejor decir insistentes. También habla de la dificultad de permanecer mucho tiempo en ese estado y del hastío y el desencanto que acompañan a la vuelta a la cotidianeidad y la desilusión de comprender la imposibilidad de instalarse en ella para siempre.
    Me parece interesante añadir esta reflexión nietzcheana a la del discurso del deseo y el goce, porque es cierto como tú dices que el goce es un peligro para la supervivencia física o psíquica, y que la operación que posibilita el deseo es la que abre las puertas a la motivación, la salud y el trazado de un proyecto personal…pero yo no olvidaría la advertencia del filósofo. Para él lo apolíneo no es la solución a lo dionisíaco, la vida limitada al fin pero viable. Lo apolíneo necesita de lo dionisíaco, no es una nueva etapa que cierra una fase previa y menos lograda. Lo apolíneo y lo dionisíaco son nombres para esas fuerzas que interactuan en el ser humano haciendo de él lo que es, herida siempre abierta, fractura nunca suturada.
    Lo dionisíaco es parte de lo humano en la medida en que el caos es parte del cosmos.
    Ya sé que en tu concepción del deseo está implícita esta idea de un perpetuum móbile que siempre corre tras un objeto que no satisface nunca. En lo que a mí me gustaría insistir es en que el problema del ser humano quizás no sea el abandono o la resignación de un goce extático que rebasa todo límite pero que parece tener el poder de incautarse de nuestra individualidad y trastornarla.
    Nietzche habla de que lo que el ser humano precisa es fuerza para soportar la realidad, pero aquí incluye tanto la realidad dionísica exigente en la medida en que plantea que vivir no es suficiente, como la realidad apolínea que encubre con los velos atractivos del deseo lo que queda después de una poda demasiado asfixiante que mutila al sujeto de lo trágico, lo monstruoso, lo deforme, lo patético que da calado a lo humano como experiencia.
    Recurre el filósofo a la historia de Ulises atándose al mástil para poder escuchar el horrendo e inigualable canto de las sirenas para confiarnos su propuesta…quizás el equilibrio o la resolución o la superación o el cierre de etapas no sea el modelo más deseable de afrontar la travesía…

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