1.1. ¿Dónde queda el Principio?

¿Qué te parece si empezamos esta nueva etapa explorando lo que me llevó al principio, allá donde comenzó a fraguarse la posibilidad de realizar este largo viaje por las rutas del deseo?

Está claro que en algún momento y lugar surgió la idea de embarcarme en este proyecto, ¿pero cuándo? ¿Fue al coger el primer folio y comenzar a escribir?; ¿antes incluso, cuando la necesidad de escribir comienza a palpitar en las yemas de los dedos?; ¿más atrás, en las encrucijadas donde los circuitos neuronales se encuentran para perfilar la posibilidad de hacer algo con lo que pensaba y me ocurría, o aún más y más atrás, debido al modo en que mis necesidades e intereses se vieron afectados por la herencia recibida, a través de mis padres, de mis ancestros?

Vivimos con la idea de que hay un lugar primero para todo y que hubo uno que abarcaba a todos. Retrocedamos allí para ver cómo nos las ingeniamos y qué motivos inventamos para sumarnos a la fiesta a pesar de no tener la más remota idea de nada, a pesar de no saber si la vida es la expresión descarnada de una locura infumable exenta del más mínimo atisbo de sentido y sin proyección de futuro, o la obra magistral de un tal Creador.

No saber da pie a demasiadas conjeturas, cuyo tono dependerá de cosas tan aleatorias como el humor con que nos levantemos por la mañana. Eso sí, cuando la muerte avisa, pesa más el dolor que la alegría, aunque creamos en el festín morrocotudo que nos espera en el Valhala acompañados por Thor y Odín, o en la ventura de solazarnos en la plenitud de Dios durante la interminable eternidad que dura la eternidad.

No es de recibo pensar que vivimos y morimos para nada. Por esto coloreamos la vida con cosas que nos hacen sonreír y ser un poco más felices y audaces, como comprar el objeto más exclusivo, hacer el mejor proyecto de nuestra vida, escribir, bailar, disfrutar de un día de playa, ser padres y abuelos de unos hijos y nietos a los que entregar ilusionados lo mejor de nosotros…

Es verdad que hacemos lo que podemos gracias a los aliviaderos de que disponemos para atemperar los muchos pesares con los que cargamos a diario, como el humor, la picardía, el cinismo, la esperanza o la idea de que, por alguna razón misteriosa y divina, somos los elegidos. Estos artificios nos dan fuerzas para seguir construyendo sin que el miedo a lo desconocido nos apabulle, además de permitirnos aligerar los fracasos, el dolor y la pesadumbre que colman los excesos de responsabilidad y de culpa.

Recuerdo las primeras semanas de viaje, cuando todavía podía avistar el horizonte a lo lejos. Disponía de una amplia panorámica y de las mejores condiciones para mantener el control. Después, el horizonte se perdió en la masa arbórea del profundo bosque en el que me adentré, un bosque enmarañado de preguntas que pinchan y enredan, como pinchan y enredan las zarzas, donde orientarse era difícil. La duda allí tomó la delantera. Hubo momentos en que no sabía si la brújula que guiaba mis pasos la orientaba el magnetismo de la fe o la razón.

En aquella parte del viaje me molestaba especialmente la maldita manía que tenemos de dividir y polarizar la experiencia. Me decía que si la razón aporta la lógica, el método y la brújula, y la fe, la fuerza y la esperanza, ¿por qué demonios nos empeñamos en separarlas? Se supone que en lo que hacemos encontramos más ventajas que en lo que decidimos no hacer, por esto tomamos partido, ¿cierto? ¿Entonces, por qué no sumamos ambas, razón y fe, y dejamos de enredar? ¿Quién con dos dedos de frente cree a estas alturas de la civilización que la realidad es o blanco o negro, que no existen tonalidades intermedias ni colores que la tinten?

Todos los puntos de vista caben en un mismo fenómeno, incluso el más disparatado. La historia quemó en la pira a multitud de pirados que luego subimos al pedestal del reconocimiento y hoy son considerados unos adelantados a su tiempo y unos valientes de narices. Gracias a ellos, la Tierra dejó de ser plana. la sangre comenzó a circular y el sol nos rebajó los humos poniéndonos a girar a su alrededor junto a otros siete planetas y un exiliado.

Alabados sean, pues, el sol, la esfera, el rojo fluir de la sangre, los pirados y Plutón; sí, Plutón, pobrecito mío, que lo sacamos del grupo por enano.

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