1.2. ¿Tan obvio es lo obvio?

Si vivimos convencidos de que para todo hay un punto de partida, no habría duda en afirmar que todo lo que es y acontece tiene un comienzo. ¡Uichhh!… Podrías decir que afirmar esto es redundar para nada, incluso que es una solemne tontería, y yo te respondería que sí, pero según se mire.

Te propongo una cosa: darle una oportunidad a esta tontería, a ver a dónde conduce. Tal vez de este modo, al darle una vuelta de tuerca más a lo dado por hecho, podamos descubrir que lo que parece irrefutable no lo sea tanto.

Es verdad, y en esto coincido con tu apreciación, que es fácil estar de acuerdo con esta afirmación y pasar a otra cosa; tan obvia es. El orden, sin ir más lejos, lo requiere, requiere que las cosas comiencen, se desarrollen y concluyan. ¡Y menos mal!, porque vivir sin un hilo conductor nos metería de lleno en un mar de incertidumbres, inestable y caótico, verdaderamente desquiciante.

Ahora bien, esto tan obvio deja de serlo a poco que nos paremos a pensar, a poco que descendamos bajo la superficie de lo que muestra la apariencia. Y lo que sabemos es que bajo tierra firme lo que hay es lo menos firme que pueda imaginarse: una masa viscosa de roca líquida batiendo a altísima temperatura, lamiendo, devorando y recreando la corteza de la Tierra y, con ella, la superficie rugosa de la inteligencia, el corazón de las emociones, la esperanza de la fe…

Nada está quieto, nada permanece. Ya lo dijo Heráclito al afirmar que nadie puede bañarse en el mismo río dos veces, porque ni quien se sumerge ni el agua serán los mismos. ¿Hablamos de la misma persona y del mismo río al regresar después de pasar de una orilla a la otra? Está claro que estamos en permanente estado de cambio -la renovación celular valdría por sí sola para relanzar esta cuestión-, pero también lo es que dicha afirmación no necesariamente niega a su contraria.

¡Claro que seguimos siendo los mismos!, por eso podemos reconocer nuestro entorno y reconocernos, pero también somos pelín diferentes. El tiempo no pasa en balde.

Afirmar que seguimos siendo los mismos permite afianzarnos en las certidumbres de lo que conocemos y caminar con paso firme sobre la rabiosa batidora que lo funde todo allá abajo. Admitir que todo cambia introduce la posibilidad de nuevos puntos de vista que ayudan a que las cosas y las ideas evolucionen.

Admitiendo ambas posiciones aparentemente contradictorias, solo aparentemente contradictorias, podemos afrontar mejor los problemas del día a día y las paradojas que entraña el misterio de la vida.

¿Qué es el progreso si no efecto del juego dialéctico entre ambas posibilidades?

Tan cierto es que ahora estoy sentado escribiendo, quieto y calmo en el silencio del amanecer, como que giro y me desplazo con la Tierra a velocidades increíbles sin que el vértigo y las ganas de potar me fastidien el día. ¡Todo un milagro!

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