1.5. Deja que te diga.

Hay historias, secretos familiares y silencios que permanecen en la trastienda. ¿Cierto? Sin embargo, los pacientes insisten en removerlos todo el rato al hablar de sus dificultades y sufrimientos, o al hacer síntomas con lo que no saben o no pueden decir; detrás de eso oculto hay un montón de preguntas sin responder referidas la mayoría a la identidad y al sentido: ¿quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy, qué pinto aquí…?

Afrontar estas preguntas forma parte del proceso de construcción de lo que somos. Digamos que, aunque inquietantes y de peso, son normales. Pero hay momentos que emergen de forma virulenta, haciendo ostentación de todo su poder de determinación. En general, esto sucede en situaciones y circunstancias concretas, cuando las referencias conocidas dejan de funcionar y se entra en terrenos nuevos, por ello inciertos, como al cambiar de estatus, asumir responsabilidades nuevas o adquirir un rol diferente.

Para los profesionales de Salud Mental estas preguntas también importan porque el contacto diario con la enfermedad obliga a resetearlas permanentemente para no dejarse aturdir por su efectos y seguir trabajando por la salud del paciente, que es lo que verdaderamente importa.

Este blog es un paso más en este esfuerzo. En el año 2018 anticipé el primero al publicar un libro, Cualquier cosa menos eso. La experiencia vivida con un compañero de trabajo, que se vio seriamente afectado por la dinámica de sufrimiento que se respiraba en el taller de Terapia ocupacional donde trabajo, me animó a escribirlo y publicarlo.

En la introducción al libro decía: «No basta con ser juicioso para trabajar con personas con enfermedades mentales graves. La buena voluntad, una actitud positiva, empática, reflexiva, cierta dosis de espontaneidad, el deseo de aprender y compartir y la capacidad de trabajo en equipo constituyen valores a tener en cuenta, pero no son suficientes cuando se trata de abordar problemáticas clínicas que exceden en mucho el sentido común…».

¿Por qué no son suficientes? Porque somos organismos emocionalmente muy complejos, cada uno hijo de su padre y de su madre, por tanto, difíciles de abordar individualmente de forma homogénea.

Es verdad que la ciencia en su legítimo y necesario afán analítico simplifica las cosas encasillándolas en categorías, lo cual no está mal. El problema viene cuando las categorías se confunden con la realidad, se apropian de la palabra del paciente y lo reducen a una etiqueta diagnóstica.

En una sesión clínica, la profesional que presenta el caso comenta su sorpresa al oír hablar al paciente de un recuerdo de la infancia. Se sorprende al oírle hablar porque nadie antes, incluida ella, se había parado a escucharle. ¿El motivo?: lo habían catalogado como «cortito» intelectualmente e incapaz de elaborar nada. Por ello, el trabajo con él se había reducido al control de la medicación y a evaluar aspectos muy básicos de la vida diaria.

Otra profesional, al ver las pinturas que hacen los pacientes en el taller de Arteterapia, siempre hace el mismo comentario: «¡qué interesante!». Preguntada por el motivo de su interés, hace un análisis de lo que ve, que incluye, ¡por supuesto!, una interpretación de libro de la psicología de uno de ellos. Lo que no tiene en cuenta esta profesional es que su interpretación, aunque ajustada a lo que establecen los manuales sobre técnicas proyectivas, es su interpretación, con todo lo que eso conlleva, que para nada tiene que ver con lo que el paciente puede decir sobre lo que ha realizado.

Lo que cuentan estas profesionales me hace pensar que el diagnóstico y las clasificaciones son importantes como referencias para generar hipótesis y orientar la línea de trabajo, pero no son nada ante lo que tiene que decir el paciente, que no habla y calla caprichosamente ni responde como un autómata a lo establecido por la etiqueta que se le ha asignado.

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