1.9. En el banquillo de los suplentes.

Por sus implicaciones, no es irrelevante el calificativo «intrascendente». Nuestra capacidad para tener conciencia de lo que hay nos obliga a asumir la más radical de sus consecuencias: la muerte como límite.

Asumirlo no es fácil, ni siquiera para los que viven esperando encontrar una compensación. Recuerdo la crisis de fe que agitó días antes de morir al sacerdote Miguel Antonio, una persona muy querida para mí. Entonces yo era muy joven para entender nada; ahora, aunque sigo sin entender, asumo que la fe no salvaguarda de la duda ni a los más fieles, porque ellos, antes que curas o devotos, son humanos.

Mientras quedamos a la espera de lo inevitable, no paramos de inventar respuestas y alimentar ilusiones para velar su presencia, regatearlo o simplemente para obviarlo. De entre ellas, la fe en la promesa de alcanzar vida eterna ocupa el número uno en el ranking de opciones. A corta distancia, en un plano más cercano, quizás más ateo o menos institucionalizado, están estas otras dos respuestas: la de alimentar la ilusión de dejar huella en el anecdotario familiar y la de trabajar para ampliar esta ilusión si la ambición o las capacidades son grandes, haciéndola extensible al legado histórico como parte de la memoria colectiva.

El carácter limitado de la existencia importa y mucho ya que condiciona nuestro ser y estar e impone a través de la conciencia algunas restricciones al caos del que procede, como el orden y el tiempo, los cuales, aunque de forma recortada, detienen un pelín los efectos de dispersión y disgregación, característicos del caos, para hacerle hueco a la vida.

Es verdad que no estamos acostumbrados a mirar tan lejos a la hora de pensar lo que ocurre y de gestionar nuestras filias y fobias. A fuerza de sentirnos superiores, hemos aprendido a creer que estamos fuera del influjo de las fuerzas del Universo y de la Naturaleza, como si no fuéramos un producto más de la evolución o como si fuéramos el equivalente a unos extraterrestres. Vivimos en la Tierra como si fuéramos únicos.

Mientras funcione el reloj del corazón, el tiempo trabaja para regular la relación de causalidad, que es la relación que más tenemos en cuenta a la hora de comprender lo que sucede y de tomar decisiones. El tiempo marca una secuencia. Según esta secuencia, siempre hay un elemento, el «origen» o la «causa», que da entrada al siguiente y, con él, a los restantes. Ahora bien, para que «el lugar primero» sea tiene que haber un «no-lugar» que le preceda: el lugar de la ausencia, la «Nada» con mayúscula. Desde el punto de vista significante y lógico, ¿de qué valdría la noción de «existencia» si no existiera la noción de «no-existencia»?

Evidentemente, estos planteamientos no van más allá de la lógica de andar por casa. Probablemente sean simplistas, sí, pero no irrelevantes, y no lo son por condicionar nuestra manera de sentir y pensar y por dar entrada, ya lo veremos más adelante, al registro imaginario al introducir, por ejemplo, la creencia en un Dios que creó el Universo de la Nada o la teoría de que hubo una tremenda explosión, que generó un increíble espectáculo de fuegos artificiales, tras la que se produjo una carrera salvaje y caótica de partículas recreando el tiempo y el espacio allí donde alcanzan.

El tiempo cronológico está ahí y corre que se las pela. Los minutos, las horas, los días… se suceden año tras año. Todos somos conscientes de ello, aunque la velocidad de su paso no es la misma para todos ni en todo momento. Pero no es el tiempo cronológico la variante a la que quiero prestar atención sino el tiempo propiciado por la lógica del deseo, el que introduce la inevitable tensión entre la exigencia de la necesidad para satisfacerse y la demora que se requiere para responder. Piensa en lo que ocurre cuando tardan en servirte la comida en el restaurante o cuando tienes prisa y el autobús no llega. La horquilla de respuestas ante estas situaciones es amplia. Se extiende desde el enfado y la exigencia de responsabilidades, o de una compensación acorde al retraso, hasta la espera paciente y la disculpa, alegando cualquier excusa para justificar la tardanza.

Entre la necesidad y su satisfacción media un tiempo en el que ocurren tantas cosas y tan determinantes desde la perspectiva emocional que la personalidad del sujeto y su equilibrio mental y subjetivo quedarán marcados por ellas de por vida. Dicho en otros términos, la percepción subjetiva del tiempo y lo que somos están estrechamente ligados, entre otras cosas, al modo en que se gestiona esta demora.

La relación que mantenemos con los afectos y con las personas que nos atienden, de las que esperamos mimos, cuidados, seguridad, competencia…, se forja a partir de las cosas que suceden en este espacio, que es el espacio de la espera; probablemente, el espacio más atacado hoy día, del que dependen, entre otros, dos de los condicionantes más afectados por la exigencia de las prisas: la tolerancia y el nivel de revoluciones del motor de la vida.

Si nos preguntaran por los aspectos más palpables del progreso tecnológico y, por extensión, de la vida, probablemente incluiríamos en el top ten de respuestas a la exigencia de rapidez -rapidez para navegar por internet, para recibir respuesta a un mensaje emitido, por ejemplo, vía WhatsApp, para pensar y decidir, para considerar obsoleto un artículo, una investigación, un ensayo, para encontrar satisfacción y pasar a otra cosa…- y la supuesta necesidad de cambiar continuamente de objeto, bien como requisito de estatus, ya sea profesional o social, bien para disponer de las últimas prestaciones tecnológicas, aunque no las usemos o las usemos a medio gas.

No estaría de más que la Escuela dedicara más tiempo a «perder el tiempo» debatiendo ideas. Aprenderíamos así a ponernos en el pellejo del otro en vez de despellejarlo y dejarlo tirado en la cuneta, que es el lugar donde habitualmente se entierra a la paz social y se recrudece el odio.

Me parece triste, pero es así. El algoritmo y las prisas han dejado en el banquillo de los suplentes a la reflexión y a la dialéctica y ha mandado a la UCI al deseo.

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