2.1. ¿Nos estamos volviendo miopes?

Reinicio viaje. Espero que sigas ahí conmigo acompañándome. Ya tengo la piel un poquito más curtida por el sol y los avatares, al igual que manoseados y sudados los objetos que compré. Llevo veintitrés jornadas y no he hecho más que empezar; eso sí, el entusiasmo y el respeto por lo vivido y por lo que me queda por ver permanecen intactos.

A medida que avanzaba por parajes nuevos pude comprobar las notables diferencias que hay entre sus habitantes. El lugar, las costumbres, el clima, las horas de luz, las comidas, las ideas, las creencias, el aire que respiramos… son determinantes a la hora de ver y comprender. Nacemos en un entorno geográfico y cultural determinado que funciona de filtro para percibir la realidad.

«Nada es fuera de contexto»; esta fue la revelación.

Pensarás que esto nada tiene de extraordinario, que con semejante obviedad nos manejamos a diario, y no te equivocas, porque eso que piensas es tan cierto como que la mejor manera de esconder algo no es ponerlo en el lugar más insospechado, que es donde primero iremos a buscar, sino bien a la vista de todos, que es donde menos esperamos encontrarlo (esto lo aprendí leyendo La carta robada de E. A. Poe). Sin embargo, también es verdad que «lo mismo», lo que conocemos, lo que damos por hecho y que por ello pasa desapercibido, en determinadas ocasiones y circunstancias adquiere de pronto una relevancia insospechada que lo convierte en todo un descubrimiento.

También aprendí que la verdad profunda de las cosas se muestra en la piel y que todo está a la vista del que se detenga a mirar un poco. Los ingredientes que se necesitan para acercarse a esa verdad son tiempo, dedicación, interés, honestidad para aceptar lo que venga, inteligencia y compartir con humildad el esfuerzo y los conocimientos alcanzados.

Si digo que el contexto hace referencia a las condiciones y características del entorno y a las posibilidades sensibles, motoras e intelectivas de quienes viven dentro de su perímetro, tampoco añado nada nuevo, pero importa señalarlo y mucho porque en este mundo tan voraz, donde todo hay que hacerlo deprisa y corriendo, es muy habitual confundir rábanos con pepinillos, ciencia y tecnología con realidad.

Un ejemplo de la confusión debida a la vorágine de las prisas la ofrece la extrema especialización, y no precisamente porque esté mal trabajar tan hondo en aspectos tan concretos, sino por el uso perverso que se hace de ella al generalizar sus efectos. Con la especialización extrema se corre el riesgo de confundir el trozo de tarta con toda la tarta, de tal modo que el síntoma se come al trastorno o a la razón última, que está allá, a veces muy lejos del lugar donde aparece la dolencia. Si te duele la cabeza, pongamos por caso, te recetarán Paracetamol; si el lumbago, calor y una crema pelín analgésica, pelín antiinflamatoria. Lo del abordaje global, como plantean la medicina china o la medicina tradicional, quedó para los antiguos médicos de cabecera, los actuales médicos de familia, solo que aquellos, no estos, conocían al paciente, a su familia y el entorno en que vivían y tenían ojo clínico para ver lo que las analíticas y demás pruebas diagnósticas son incapaces de atisbar, entre otras cosas, porque disponían de tiempo, no de los cinco minutos mal contados, parapetados, además, tras la pantalla del ordenador, que tienen los médicos de familia.

La verdad es que nos estamos volviendo miopes de verlo todo tan de cerca, sin la perspectiva que requiere el análisis integrado del fenómeno para llegar a la causa, no solo a la superficie de sus efectos.

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