2.2. Lo que heredamos en el «nombre propio».

Señalaba la importancia de las posibilidades y limitaciones sensibles, motoras e intelectivas al vincularnos al entorno. En nuestro caso, habría que añadir las emocionales y las discursivas.

Las limitaciones y posibilidades emocionales importan por estar ligadas a la naturaleza de la pulsión, no del instinto, que actúa de forma rígida. La ligadura que se establece a partir del instinto es del orden del «apego», entendido en el sentido de la «impronta» (Konrad Lorenz), y la que se establece a partir de la pulsión está atravesada por los afectos que intervienen y la «demanda de amor» que hay tras todo pedido de satisfacción cuando urge una necesidad. El hambre, por ejemplo, no se sacia solo con leche, requiere de mamá amor, mucho amor y mimos, caricias, carantoñas, ternura a raudales y calor. Los Trastornos de la Conducta Alimentaria son un ejemplo de cómo influye negativamente la mala gestión del deseo y de los afectos ligados al hecho de alimentar.

Las posibilidades discursivas son tremendamente influyentes, sencillamente porque somos «sujetos de lenguaje», atados unos a otros por la palabra, por el significante; en general, por el orden simbólico, que es el que pone cada cosa en su sitio. Sin ir más lejos, la identidad ejemplifica el poder del significante para determinar lo que somos. Se sostiene en el «nombre propio», significante que recibimos junto a la carga emocional que lo acompaña. El nombre propio depende de múltiples factores: algunos, continuistas con la tradición familiar; otros, rupturistas, aunque igualmente marcados; otros, aleatorios, o supuestamente aleatorios.

El nombre propio da a su portador entidad como sujeto diferenciado y como parte de una determinada cadena generacional, además de un plus asociado a él al modo en que vienen asociadas determinadas aplicaciones al software del móvil.

Hay padres, por ejemplo, que ponen a sus hijos el nombre que han heredado, que es el mismo que el del primogénito de cada generación. Para estos padres, la tradición manda. Lo que hay detrás de este vínculo, lo que funciona como marca en el nombre propio, queda muy por debajo de la línea visible de flotación, pero está ahí y funciona a lo grande. En cualquier caso, esta continuidad no es garantía de estabilidad.

Otros padres, en cambio, rompen con la tradición, incluso rompen con la regla que regula el orden de registro de los apellidos, bien anteponiendo el que corresponde a la línea de filiación materna, bien suprimiendo uno de ellos. De este modo marcan la intención expresa de priorizar o romper con la línea de filiación correspondiente.

El nombre propio también puede responder a un efecto de identificación con algún personaje de la vida pública o al gusto personal; en algunos casos, al mal gusto personal o a la mala cabeza. Que me perdonen los padres afectados por este comentario si no lo ven así, que eso del mal gusto o la mala cabeza sé que es algo muy relativo.

La violencia contenida de algunos padres también la exteriorizan en el nombre que le ponen al hijo. Recuerdo un paciente que llevaba el nombre del hermano más malo de cuantos puedan existir en la Biblia. Ni que decir tiene que se lo cambió, pero se puso el del hermano bueno. Es verdad que con esta solución quedó servida la afrenta y en carne viva la llaga por la deuda heredada, pero eso fue lo que pudo hacer con lo que no pudo elaborar, y eso ya es algo, aunque fuera insuficiente.

Desde luego, hay padres a los que habría que hacerles ver que son los hijos los que cargan con las miserias que depositan en ellos.

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