2.3. La realidad que percibimos.

«Por la noche, todos los gatos son pardos», dice el refrán. Y esto que dice es verdad para nosotros, que disponemos de un órgano de la visión bastante limitado, pero no para los animales que disponen de visión nocturna, habitualmente depredadores capacitados para cazar de noche.

La realidad que percibimos se ajusta, ¡qué duda cabe!, a las posibilidades y limitaciones de nuestros sistemas sensible y nervioso. Lo que hace el psiquismo con ello es asumirlo, incorporarlo y ajustar todo el funcionamiento a dichas posibilidades y limitaciones.

En función de ellas, lo que vemos al mirar al cielo las noches despejadas es quietud y orden. Así lo percibimos, ¿cierto? Sin embargo, lo que ocurre queda muy lejos de lo que vemos.

En primer lugar, la foto fija que capturamos es un fotograma que reúne pasado y presente en un mismo instante, ya que no todo lo que vemos está, además de ser destellos de un pasado más o menos lejano según la distancia a la que estén las estrellas cuyo brillo nos alcanza.

En segundo lugar, en la aparente calma coexisten fuerzas poderosas y una infinidad de cuerpos colisionando a velocidades estratosféricas y desplazándose en una galopada expansiva hacia ningún lugar.

En tercer lugar, la Tierra también participa en esta carrera y corre que se las pela. Sin embargo, sus velocidades de desplazamiento y giro no las percibimos, manteniéndonos de pie como si tal cosa, como si no se moviera. Lo que sí nos alcanza de la enorme dimensión de sus diferentes movimientos son las convulsiones internas que le atizan cuando revientan las partes más débiles de su corteza o cuando colisionan las placas tectónicas que la cierran. La actual erupción del volcán Cumbre Vieja en La Palma, Islas Canarias, es un ejemplo próximo y reciente de ello.

Para más inri, parece como si todo ocurriera en otro lugar, un lugar lejano y ajeno a nosotros. Sea cual sea el punto donde nos situemos, al firmamento siempre lo vemos como si estuviera allá, bien lejos y por encima de nuestras cabezas, a pesar de estar inmersos en él, de formar parte del infinito conjunto de cuerpos que lo pueblan, a pesar de saber que cabalgamos con ellos en ese proceso de expansión hacia la disgregación más radical, hacia la soledad y el silencio más absolutos, y que somos producto de sus procesos y de las leyes que lo gobiernan.

Sé que es una soberana tontería pensar la Tierra como el globo terráqueo que la representa, pero no puedo evitar imaginarla así y ver bocabajo a los que habitan en el sur, en un plano horizontal a los que están en torno al ecuador y bien derechitos a los que viven en el norte. Tal vez por ello la enorme distancia cultural y económica que nos separa, porque, mientras a los del sur se les caen las monedas del bolsillo por vivir haciendo el pino todo el rato, los del norte, que siempre están de pie, las conservan y acumulan como si nada, como si fuera lo más natural del mundo, a no ser que se les agujeree el bolsillo y caigan, pero de estas monedas pocas llegan abajo, ya que muchas se pierden allá por la zona del Caribe, donde están los que viven en posición horizontal tomando roncitos todo el rato al borde de la piscina o a la sombra de un hermosísimo palmeral en la playa privada de un hotelazo chill out.

Esto, que parece la viñeta de un cómic, es una verdad como una casa, ¡qué digo como una casa, como una catedral!, así la veo de grande, pero como ocurre con todo, aunque sea enorme, no es toda la verdad. La «relatividad» y sus consecuencias y algunos otros fenómenos, como la «gravedad», no paran de hacer de las suyas para hacernos ver las cosas de forma diferente. Y está bien que sea así porque, de lo contrario, viviríamos permanentemente como si nos partiéramos el pecho todo el rato en una carrera del NASCAR en cualquiera de sus óvalos o dando vueltas a todo meter en el tiovivo más grande jamás soñado.

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