2.4. El Universo bajo el prisma de la ficción.

Lo que concierne al Universo también nos atañe, por más que nuestros sentidos nos muestren una visión para nada acorde con su estado y naturaleza. Y nos atañe porque formamos parte de él. Así de simple es la cosa, aunque muchos sigan sin aceptar que somos parte de lo que hay, no su centro.

Pero bajemos un ratito de las estrellas y pisemos tierra firme para ver los fenómenos que convulsionan al Universo con el prisma que mejor sabemos manejar, que para eso vivimos a pie de calle: el prisma de la «ficción».

Una de las peculiaridades que define nuestra naturaleza es la capacidad para el lenguaje y la necesidad que nos acucia de recrear con una buena historia lo que somos, lo que percibimos y cuanto nos sucede; si es al estilo de Gabriel García Márquez o, como gusta a mi amigo Carlos Bellerín, de Arturo Pérez-Reverte, mejor que mejor. De esta manera, al situarnos en el plano que más directamente nos toca, el plano donde se dirimen las cuestiones relativas al deseo y a las pasiones, hacemos más accesibles para nuestras limitadas mentes los grandes enigmas que plantea lo estratosférico.

Frente a las maravillas que se extienden ante nosotros, no nos queda otra que regocijarnos; algunos, incluso, plantean la existencia de una deidad creadora, tal es la dimensión del Universo, y la posibilidad de que lo creado sea para nuestro disfrute, tal es nuestro narcisismo. Es lo que hay, y esto que hay funciona a gran escala al calmar el desasosiego que produce el peso de la vastedad y el sinsentido.

Las bibliotecas y los ordenadores guardan en sus anaqueles y discos duros miles de historias sobre el misterio de la vida. La matriz del contenido de esas historias es muy antigua. Expresadas de una u otra manera, sus tramas vienen a parecerse mucho, ya que las urden los deseos y las pasiones que nos conmueven, los encuentros y desencuentros que propician y sus consecuencias.

Cada pueblo, cada civilización conserva leyendas que hablan del Origen y de lo que ocurrió después. La mayoría describen personajes que se mueven en tres planos: el plano de los dioses, el de los héroes o similares y el de los humanos. Los diferencia sus poderes, capacidades y limitaciones, pero todos ellos celebran en festines pantagruélicos la victoria del afín y lloran y claman venganza por la pérdida del aliado y amigo; mientras, resuelven sus pasiones y litigios al modo de los humanos, pero a lo grande en el caso de los dioses y los héroes. No es lo mismo lo que ocurre cuando Thor se enfada y golpea con su poderoso martillo la tierra que cuando un vecino le arrea un puñetazo a otro por el metro de terreno que cree que le ha birlado. La onda expansiva de ambos enfados no es la misma ni el número de afectados: la de Thor, genera terremotos y miles de damnificados; la del vecino, tal vez una vendetta generacional entre familias.

Para meterme de lleno en las estructuras del melodrama y de la tragedia, que son las que dan forma a lo que somos, rescato las historias de Edipo y Hamlet. Con ellos creo que podremos entender un poquito mejor lo que hacemos y cómo nos la montamos para sobrevivir al desconocimiento, al hecho de existir, al peso de la carga que heredamos de nuestros ancestros y a las inmensas preguntas que les acompañan.

Necesitamos saber, esta es la cuestión. Entre tanto, le damos forma relatada a lo desconocido que se nos resiste. De esta forma lo incorporamos, lo integramos y asumimos. Mientras, seguimos trabajando duro para dar con la serie de ecuaciones que describen de forma más concienzuda y desapegada los enigmas que se esconden tras el enorme misterio de la existencia.

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