2.5. Al principio era el Caos.

«Al principio era el Caos». Así comienzan muchas historias y leyendas. Sus protagonistas, seres fantásticos forjados en las fraguas de los dioses, poseen cualidades y poderes extraordinarios. La mayoría de ellos son impulsivos y caprichosos y están dispuestos a lo que sea para mantener sus privilegios. En medio de sus disputas, nosotros. Después, por la gracia de no se sabe qué, se instala el orden. Sin embargo, independientemente del resultado de esta operación, el Caos no se vacía, sigue formando parte del proceso, constituye el inicio de cualquier desarrollo posterior, pero no solo como algo que fue y se modificó, sino como algo que sigue estando ahí ejerciendo su dominio sobre el orden logrado. Por este motivo nunca hay que bajar la guardia, porque el Caos está al acecho y te come en cuanto cedes un poco. Su fuerza de atracción es tan enorme que la resolución de la tensión entre la vida y la muerte a favor de la vida exige un esfuerzo permanente de contención de la tendencia universal a la dispersión y la disgregación, que son los dos caracteres que mejor lo definen.

¿Qué explica este dominio? En contra de lo que se pensaba, el movimiento de expansión del Universo sigue acelerándose, afectando a la estructura de todos los cuerpos. Llevado este descubrimiento al terreno de lo cotidiano, cabría pensar que la disgregación es el movimiento natural al que estamos abocados en el caso de que nos dejemos llevar, movimiento que encuentra expresión en la sensación de dispersión que, a veces o abrumadoramente, sentimos.

¿Quién no ha experimentado el poder de la inercia y se ha visto llevado por ella al desorden? Cuando esto ocurre, lo que importa se convierte de pronto en imposible. Entonces, dejamos de cumplir con nuestras tareas y obligaciones, rompemos nuestras rutinas, dejamos de ver a los amigos y a la familia, nos volvemos perezosos, procrastinamos, ponemos patas arriba todo alrededor, dejamos que la casa se ensucie, que los platos se acumulen en el fregadero y que las cosas, fuera de sitio, invadan todos los espacios. En resumidas cuentas, nos abandonamos. Recuperar el equilibrio interno requiere previamente ordenar, limpiar, cambiar las sábanas y hacer la cama, darse una buena ducha, arreglarse, abrir las ventanas para orear la casa, salir a la calle, levantar la cabeza, reconocer a los vecinos, saludar, retomar el ejercicio y ponerse a la tarea; es decir, hacer lo que toca.

Para hacer frente a la inercia, la vida se defiende con uñas y dientes, exigiendo de nosotros un esfuerzo permanente de contención y de concreción para acotar un espacio real, imaginario y simbólico que nos permita reconocernos, reconocer a los otros y al entorno y hacer previsiones para proyectarnos en el tiempo con ciertas dosis de seguridad.

Es verdad que cuesta pensar un Universo sin límites, y cuesta porque estamos entrenados para pensarlo así. Evidentemente, esto no quiere decir que no se pueda; ahí tenemos para atestiguarlo a Albert Einstein y Stephen Hawking, entre otros.

A pesar de saber que existen otras dimensiones que trastocan nuestra concepción de las cosas, lo que de verdad nos sirve para funcionar es pensar lo que ocurre dentro de los límites que alcanzamos, que son los que dibujan nuestros ejes de coordenadas espaciotemporales. Con ellos nos apañamos para ir del cuarto de baño al salón, para ordenar lo que aparece desordenado, para hilar sucesos y elaborar historias, para establecer la secuencia cronológica que nos une al pasado y nos proyecta al futuro… Una cosa son las preguntas que plantea la Astrofísica y otra las que podemos formular en nuestro pequeño mundo de cada día, por más que aquellas nos afecten.

No saber no implica no vivir. La vida no pregunta. Esto es así, pero ahora llegamos nosotros y nos da por interesarnos por eso que la vida hace, por hacer preguntas incómodas que afectan a nuestro funcionamiento, por sacar conclusiones con las que paliar el peso del desconocimiento del que formamos parte: unos, como S. Hawking, en el ámbito de la Física Teórica; la mayoría, en el juego de los deseos donde se cuecen las pasiones que nos conmueven, y un elevado porcentaje dentro de esta mayoría, en el ámbito de la identidad y el reconocimiento bajo el formato de dos preguntas básicas: «¿Soy yo lo que tú quieres?». «¿Estoy justificado para ser?».

Sea de una u otra manera, necesitamos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, y si no encontramos ese rastro, lo inventamos. La ciencia y la ficción son lo que nos queda. Con ellas escribimos la historia, recreamos el futuro y reinventamos la realidad. ¡Ahí es nada!

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