2.6. Cuéntame un cuento y verás qué contento…

«Necesitamos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos y si no encontramos ese rastro, lo inventamos», por esto recurrimos a las leyendas, a los mitos, a las historias en general. Estos recursos sirven para que nos contemos cuentos con los que dar respuesta a las grandes preguntas y misterios y forma a las ideas y emociones que suscitan. De este modo, las aproximamos a lo que intuimos y sentimos en el juego de los deseos en el que participamos. Gracias a ellos, nos ubicamos, sabemos quién somos, ponemos orden donde hay incertidumbres y desnudamos, lavamos, perfumamos y vestimos de bonito a lo desconocido y al Caos.

De la infinidad de relatos que pueblan las bibliotecas y nuestra imaginación, rescato cuatro por su carácter arquetípico y porque narran magistralmente nuestras vicisitudes frente al Destino y nuestra relación con el deseo inconsciente que lo alienta. Hablo de la trilogía de Sófocles, Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona, y la obra de W. Shakespeare, La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca.

Forma parte de nuestro sustrato cultural el tabú del incesto, tabú que determina, al menos en parte, diría que en gran parte, la organización social y nuestro día a día. Esta determinación afecta a todos, padezcamos o no una enfermedad mental.

Iba a decir el tabú del incesto y la ley que lo prohíbe, pero no, no es verdad que la ley lo prohíba. En la mayoría de las legislaciones de nuestro entorno geográfico y cultural no está prohibido, aunque en casi todas ellas lo tratan con cautela.

Aún conservo en la recámara de la memoria la imagen de la bula papal concedida por Pío XII a mis padres, que eran primos hermanos, para que pudieran contraer matrimonio. La recuerdo colgada en la pared de su dormitorio junto a la puerta acristalada que daba acceso al balcón.

En fin. Más allá del tratamiento legal, pensemos en términos de cultura y de herencia y veremos entonces cómo la relación carnal entre padres e hijos, o entre hermanos, produce un rechazo generalizado.

Pero no quiero llegar tan lejos a la hora de pensar la relación incestuosa. Me limitaré a algo más común, más asimilable para el psiquismo. Me refiero a la dificultad de muchos padres para separarse de sus hijos y la de los hijos para diferenciarse de ellos, alzar el vuelo y recrear un proyecto de vida propio. Piensa en los problemas y conflictos que genera esta dificultad, algunos de los cuales adquieren tintes claramente enfermizos.

Nuestra sociedad se sostiene en la exogamia, pero el deseo incestuoso forma parte de la vida. El niño no puede sentirse fuera del amor de mamá. El bebé y la madre lo son todo el uno para el otro. Pero esta fusión se verá agujereada por la intervención de algunos otros, instituciones y personas. Lo que sucede es un doloroso proceso de separación que quedará como marca en lo más hondo del corazón y de la conciencia, en un lugar, el inconsciente, que, al igual que ocurre con los «agujeros de gusano», tiene el enorme poder de atrapar emociones y pensamientos, determinando así con su magnetismo las relaciones, los proyectos y la vida en general.

Entregarse a lo que exige este deseo incestuoso supone abandonarse al goce de un amor imposible, al sufrimiento que conlleva y a la pérdida radical de autonomía. Cuando esto ocurre, lo que entra en juego es el caos en forma de desorden o de enfermedad mental. La madre y el hijo, entonces, se pierden en la indiferenciación, desaparecen como sujetos y, cada uno a su modo, enloquecen. Esto fue lo que ocurrió con Edipo.

De Yocasta, la mamá de Edipo, nada se dice en las obras citadas, a pesar de casarse con él y de entrar al trapo -¿por desconocimiento?- desde el minuto uno…, ¿o tal vez fue desde el minuto dos, avisada entonces, por purita intuición femenina y materna, de que algo en su matrimonio olía a demasiado familiar?

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