2.7. A ver cuál de las dos puede más.

Cuando no había conciencia ni orden significante no había capacidad para establecer juicios de valor, tampoco había moral ni ideología ni posibilidad de predicción; en suma, no había posibilidad de elegir. Con el paso de unos cuantos miles de años, las consecuencias para la vida irían determinando la conveniencia de los cambios. El larguísimo proceso de selección natural es la referencia para su progresión o desaparición, para su incorporación o no al hardware genético en las generaciones sucesivas. Esto fue, y sigue siéndolo, hasta que el orden significante se instaura y el ser humano adquiere capacidad para anticiparse a la selección natural.

Si la selección natural no tiene conciencia ni juicio ni ideología, si es amoral, la Ley Simbólica, que deriva del orden significante, participa de los atributos que confieren la conciencia, el juicio de valor, la ideología y la posibilidad de anticipar y predecir, por tanto, de elección; en definitiva, la capacidad para decidir lo que conviene para la supervivencia. Y sí, es profundamente moral y su éxito, abrumador, a pesar del libre albedrío, que permite la trasgresión y el delito, también a pesar de las equivocaciones a que conduce y del cruce de intereses que limita y cuestiona el acuerdo entre progreso y conservación.

El orden simbólico refleja un alto nivel de especialización del proceso de selección natural. El cambio que introduce es cualitativo. Este cambio deriva en una modificación de patrones y estrategias, cuya incidencia es brutal. Veamos: para la Ley Natural, el individuo está sometido al principio regulador que preserva a la especie y los ecosistemas; digamos que, tomados uno a uno, no cuentan si no es por el bien general. Para la Ley Simbólica, por el contrario, se igualan individuo y especie, de tal modo que su relación ya no es de sometimiento, como ocurre en el orden natural, sino dialéctica. El resultado como especie es de una enorme eficacia y de un altísimo grado de civismo y letalidad; sí, de civismo, en la medida que hemos desarrollado un cuidadoso catálogo de derechos individuales y colectivos bajo cuyo paraguas quedamos protegidos, incluidos los más desvalidos, y de letalidad, en tanto hemos desarrollado la capacidad y el poder de poner en peligro con nuestro egoísmo innato la vida de todo el planeta, y en ese poner en peligro no quedamos al margen.

La supremacía del orden natural y del Destino limitan la capacidad reguladora del orden simbólico. Es más, aunque la apariencia muestre el supuesto dominio de la Ley Simbólica sobre la Ley Natural, lo que pone realmente en evidencia es su enorme incompetencia. Si nos atenemos a lo que ocurre, podemos afirmar que el dominio simbólico preserva a la especia humana a corto plazo, pero la destruye a largo plazo junto al conjunto del planeta. En la puja contra el Destino, contra el dominio de la muerte, la vida, al menos por ahora, tiene todas las de perder.

Un ejemplo claro de este error de cálculo es el rápido avance del calentamiento de la Tierra. En el ciclo calentamiento-enfriamiento en el que está inmersa, es cierto que la Tierra pasa por un periodo de calentamiento. Lo que se sale de madre, por lo tanto, no es el calentamiento global, sino la aceleración del mismo favorecida por la intervención del desarrollo tecnológico propiciado por la mano y la inteligencia del hombre. Detenerlo no está en nuestra mano; sí, en cambio, desacelerarlo hasta aproximarlo al límite que marca la Naturaleza. De este modo conseguiríamos rebajar nuestra cota de egoísmo y promover un desarrollo climático más llevadero para las generaciones futuras. Y no me refiero a la generación de nuestros biznietos y tataranietos, sino a la de nuestros hijos; tal es la dimensión del problema y nuestra cortedad de miras.

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