2.8. ¿Es el Destino un agujero?

¿Recuerdas la historia de Edipo, la parte del relato donde se dirige de Corinto a Tebas? ¿Recuerdas que en una encrucijada se encuentra con un tipo con el que pelea por un «quítate tú que paso yo primero»? Cuenta Sófocles que después de matarlo, Edipo continua camino como si nada. Pero antes de llegar a Tebas, se topa con un híbrido implacable: la Esfinge.

No voy a entrar en las cuitas entre los dioses y los híbridos. El caso es que, debido a ellas, la Esfinge, a las puertas de Tebas, tenía que parar a los caminantes para proponerles un acertijo. Si el interpelado no daba con la respuesta, lo mataba. Sobra decir el estado de desolación de los tebanos por culpa de la atroz asesina, especialmente, supongo, la de los empresarios y trabajadores del gremio de la restauración y el turismo. Pero Edipo responde y con acierto, por lo que a la Esfinge no le queda otra que arrojarse por un acantilado. De este modo, la ciudad es liberada y Edipo encumbrado, iniciándose para él un periodo de felicidad sin igual.

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, el final que le espera a Edipo es realmente trágico. ¿Por qué? Parece que el castigo que obligaba a la Esfinge incluía una maldición no explícita: que aquél que lo acierte habrá de sufrir por ello.

Para matar el aburrimiento que produce vivir eternamente sin nada que hacer, a los dioses les dio por hacérselas pasar canutas a los tebanos. Realmente les daba igual quién muriera y cuántos; la muerte y la vida para ellos no era más que un juego.

El dilema que plantea Sófocles es entre la ley de los dioses, caprichosa y azarosa, y la ley simbólica, representada por el valor de cambio del acertijo. El artefacto empleado es la palabra, a la que acuden los dioses para poner a prueba a los tebanos. Aunque parece lo que es, un simple acertijo si no fuera por lo que está en juego, en realidad se trata de la llave que pone en marcha los engranajes del Destino. Y al Destino, como a la Naturaleza, no se lo ningunea; siempre está ahí, ejerciendo, dirigiendo los pasos del héroe para que cumpla.

Los dioses saben que el gran amor de una madre es su hijo y el de un hijo, su madre. El padre representa la interferencia que amenaza con romper este lazo. Lo que ahora les queda por hacer es preparar el escenario para que se cumpla aquello contra lo que el padre dictó ley: su propia muerte a manos del hijo.

Es curiosa la concatenación de circunstancias que se suceden, que no se plantean como si fueran casuales, cuya función es que lo que tiene que ser, sea, y lo sea por el poder que tiene el Destino para reunir él solito personajes, circunstancias y hechos con el fin de llevar al protagonista al lugar que corresponde.

En la tragedia griega clásica no cabe el melodrama, solo la acción. Los personajes se ven empujados por sus actos y sufren las consecuencias. La voluntad de hacer no es la clave, sino la sorpresa de lo inesperado que se vuelve contra el protagonista, lo inesperado que le revela algo que conmueve sus raíces.

Esta característica de la obra trágica reúne los momentos lógicos de ver y hacer y se salta el intermedio, el momento de comprender, que Sófocles, en el caso de Edipo, sitúa tras el desenlace. Toda una suerte para él, ya que pudo reconocer donde estaba la conexión, el eslabón perdido, en vez de caer en el agujero del absoluto desconocimiento y el sinsentido.

El personaje nada puede hacer contra su destino. No importa lo listo que sea; el Destino manda. A lo más que alcanza, y no de forma intencionada, es a negarlo, tratar de eludirlo o postergarlo. Fuera como fuese, siempre queda fuera de juego. En realidad, el Destino funciona como un enorme agujero que tiene el poder de succionar todo cuanto se mueve a su alrededor, entre otras cosas, al melodrama y el sentido. De aquí la sorpresa del protagonista cuando la realidad se impone. Ahora bien, una vez descubierto el delito, a Edipo solo le queda afrontarlo y asumir las consecuencias: el derrumbe del andamiaje que se ha montado para vivir; eso sí, lo asume, pero no se siente culpable.

Con Edipo, Sófocles plantea la diferencia entre culpa y responsabilidad subjetiva, diferencia que luego recogerá su hija, Antígona. La culpa requiere, entre otras cosas (siempre hay otras razones que la inducen), participación e intención; la responsabilidad subjetiva, solo participación. La falta de intención no exime de responsabilidad, pero sí es un factor eximente a la hora de delimitar el alcance de la pena, que siempre será menor que en el caso de que el responsable lo sea, además, de forma alevosa.

¿Acaso es justo sentirse culpable por un deseo que a todos alcanza por venir ya incluido en el paquete genético que portamos?

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