2.9. ¿Quién sabe lo que sabe?

Ignorante, inocente… Edipo vive una vida feliz, plena, hasta que una nueva desgracia, ahora en forma de peste, asola a Tebas.

Edipo está inquieto, se siente constreñido por lo que pasa y pregunta al adivino, al que atosiga para que le revele la verdad. ¿Qué verdad? Si insiste tanto es porque intuye y siente que no es inocente, que algo tiene que ver en lo que ocurre, lo que quiere decir que no es completamente ignorante.

Nadie va por ahí y mata al rey sin saber que aquél al que mata es quien es y sin que la noticia de su muerte lo salpique, al igual que tampoco es de recibo que se case con la viuda como si nada tuviera que ver con la muerte del marido, a no ser que el feliz esposo y homicida sea ciego y sordo, además de un desmemoriado de narices que olvida las palabras que la Esfinge le susurra momento antes de arrojarse al vacío.

La verdad es que Sófocles plantea un artificio cargado de trucos, un artificio eficaz, porque cuela, y absolutamente tramposo. ¿Por qué?, porque todos parecen saber, menos Edipo, como cabe inferir de la escena en la que reclama de Tiresias una respuesta que le permita entender. Todos, incluida Yocasta, le ruegan que no pregunte, ¿acaso porque saben y no quieren que Edipo levante la liebre? ¿Cómo es que el más listo de la clase no está enterado de lo que ocurre?

Cabe suponer que Edipo niega en un primer momento lo que sabe y que luego lo reprime, hasta que lo reprimido sale de la cueva y da la cara. A partir de entonces, ya no puede obviarlo, mucho menos negarlo; su conciencia se lo impide: fue el niño deseado; después, se convirtió en el joven que, supuestamente, reprimió lo que más deseaba y, al final, en el hombre que dio satisfacción a su deseo.

Es curioso. La doble desgracia de Tebas lo encumbra primero y luego lo destruye. Entre un momento y otro, las palabras de la Esfinge susurradas al oído y el olvido de las mismas. Pero la peste en Tebas activa algo en su inconsciente y se lo pone en la punta de la lengua en forma de intuición. Por esto su insistencia.

Por la misma razón, se supone que Yocasta también sabe. ¿Qué cosa, que Edipo es su hijo? Creo que no me equivoco mucho si digo que esas cosas las saben las madres; Yocasta, también, seguro, aunque nunca volviera a verlo después de abandonarlo en el rio en una cesta de mimbre. Y porque algo sabe –saber que arraiga en su vientre, en los rumores que le alcanzan y en las noticias que, a buen seguro, persigue– le pide a su hijo y esposo que deje de preguntar. ¿Acaso lo hace porque se ha abandonado al gozo de su deseo incestuoso y no quiere renunciar a él?

Si algo muestran las psicosis, donde las cuestiones edípicas ocupan el primer plano de la realidad cotidiana, es que la madre siempre está con el hijo, sean cuales sean las circunstancias, sean cuales sean las consecuencias, y el padre aparece poco y no siempre de la mejor manera. Evidentemente, hablamos de casos extremos desde el punto de vista estadístico, ya que son un número reducido los afectados. La otra gran masa de población se mueve en un abanico de escenas donde la madre, más o menos relevante o presente, lo es primordialmente a nivel de discurso.

Me sorprende cómo muchas parejas jóvenes se llaman entre sí papá y mamá cuando hablan entre ellos, también en ausencia de los hijos. Me sorprende y me da que pensar porque el uso que se hace de las palabras, con las que nombramos las cosas y lo que ocurre, nunca es inocente. ¿Si el nombre propio viene cargado de fantasmas, qué decir entonces cuando la función lo sustituye hasta borrarlo?

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