2.10. La tragedia ejerce cuando el melodrama no tiene sitio.

La verdad de la que habla la obra trágica se reduce a una pregunta: ¿está justificado el protagonista para ser? Este es el caso de Edipo. Cuando nace, su padre, avisado por el oráculo, le condena a morir, pero la madre no le hace caso y lo salva. El padre dicta ley y la madre se la salta. A partir de entonces, todos desaparecen de escena, hasta que el azar, pasados unos años, los reúne de nuevo. De ese periodo intermedio solo quedan las preguntas que cualquiera se haría al ver el desarrollo de la obra. Por ejemplo: ¿qué fue del padre y de la ley que dictó contra el hijo? ¿Cómo le fue a la pareja una vez interviene la madre en favor del hijo y en contra del marido? ¿Viviría Yocasta junto a su esposo como si tal cosa o caería en la melancolía arrastrada por el dolor de la pérdida? ¿Qué madre abandona a su hijo para salvarlo de la muerte y no se interesa por su paradero? ¿Cómo es que la noticia del hallazgo de un bebé en el lecho del rio no llega a sus oídos? ¿Acaso no supieron quién lo rescató y en qué lugar y con qué familia vive? ¿Acaso no se interesó Yocasta por su crecimiento, por su educación, por su seguridad? ¿Acaso, acaso, acaso…?

Nada sabemos de sus vidas en este periodo. Este artilugio narrativo elude la tensión melodramática que debió azotar a sus corazones: al de Edipo, por ser un niño abandonado; al de la madre, por perder al hijo y sentir la amenaza de su muerte prematura; al del padre, por vivir aterrorizado por las palabras del oráculo.

El melodrama es lo que da vidilla y aporta interés humano a la obra trágica, pero la obra trágica (hablo de la definición de tragedia según Aristóteles), por su naturaleza, renuncia al melodrama. ¿Entonces, qué mecanismo narrativo se activa para que la obra despierte el interés de los espectadores? Evidentemente, como no puede ser de otro modo, el melodrama, pero no el de los protagonistas, ya que la obra trágica es pura acción, sino el melodrama de los propios espectadores, que ponen en juego sus emociones al identificarse con ellos, con sus deseos y con las cosas que les pasan.

Sófocles nos muestra algo verdaderamente interesante desde el punto de vista clínico: que los acontecimientos, cuando suceden ajenos al melodrama en el que se desarrollan y que desencadenan, muestran a cielo abierto el agujero que hay en el psiquismo, un agujero, respecto al cual somos su envoltura, que puede alcanzar dimensiones trágicas. A este agujero, Sófocles lo llama Destino; ¿se correspondería con lo que Jean Jacques Lacan denomina «lo Real»? Las psicosis, las Patologías de la Impulsión, los Trastornos Límites… son efecto del poder de succión de este agujero.

¿Si pensamos lo que nos pasa como una réplica de lo que acontece en el Universo, aunque a una escala infinitamente menor, cuál sería la réplica del masivo «agujero negro» en torno al cual gira nuestra galaxia? La fuerza de atracción de estos agujeros, la energía que desarrollan y despiden y su poder de destruir y crear son abisales. La proximidad al mismo y la inevitable succión debida a su ingente fuerza gravitatoria expresan de forma estratosférica la caída en el desorden más radical: la desintegración de la Forma.

El agujero en el psiquismo actuaría según el modelo de los agujeros negros, de tal forma que quien cae en él o permanece preso en su interior quedará sometido al sinsentido del desorden más absoluto, desapareciendo entonces como sujeto. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se produce un «brote psicótico».

Ahora bien, en la dialéctica destrucción-creación, la equidistancia respecto al agujero es condición para la salud. A pesar de su enorme potencial destructivo, este agujero suministra a la vida la energía que necesita, y lo hace al modo en que la proporciona, por ejemplo, la energía nuclear, eso sí, contenida y domesticada en las centrales nucleares. Dicho en otros términos: la energía que mantiene cohesionadas las estructuras que dan lugar a la diversidad de formas y que sostiene el orden mediante la generación de sentido procede paradójicamente de esta extraordinaria, brutal y primitiva fuente de energía caótica.

Por esto, vivir requiere de nosotros un esfuerzo permanente de contención y alerta para mantenernos a una equidistancia óptima respecto al agujero. Si nos abandonamos a la tiranía de la inercia, caemos en él, entramos en crisis y perdemos el norte.

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