2.11. ¿Estas justificado para ser?

La definición de tragedia que ofrece Aristóteles, dominada por el imperativo del acto y del Destino, de un Destino que siempre interviene de espalda al protagonista, me lleva a pensar en el imperativo a actuar de las personas que padecen, por ejemplo, un Trastorno Límite de la Personalidad. Ciertamente, la mayoría de estas personas reproducen en sus palabras el efecto del melodrama en el que están inmersas: su incapacidad para responder afirmativamente a la pregunta «¿estás justificado para ser?».

La necesidad de vivir como si la plenitud estuviera de su lado, es decir, como si no fueran posibles la falta, el tiempo de la espera y la frustración, les conduce a un estado permanente de fracaso, cuando no de aniquilación. Cualquier aparente conquista la viven como un atisbo de esperanza, al que se agarran como a un clavo ardiendo, como si vislumbraran en él el fin de su actitud errática, la razón de su ser y de su existir. Pero esto a lo que se agarran suele ser más de lo mismo, esto es, un nuevo fracaso, que ratifica el bucle que los aprisiona y la pérdida de toda posibilidad de sentido y de proyección de futuro.

Pero hubo una chica, cuyo caso mencionaré más adelante, que respondía punto por punto al sinsentido trágico. Sus «pasos al acto», en los que entraba en contacto directo con la posibilidad real de morir, lo eran sin palabras, sin melodrama, sin angustia: un paréntesis, un agujero del que salía bien librada en cada ocasión y del que era absolutamente ajena. Antes de caer en él, la vida, la paciente con ella, seguía su curso; después, tras pasar por la UCI cada vez, se subía de nuevo al carro de la vida y continuaba viaje. Entre el acto y su vida no había continuidad ni rastro que pudiera ofrecerle una ficción posible que le permitiera entender lo que hacía.

Creo que no puede entenderse la conducta de esta paciente como intentos fracasados de suicidio, puesto que en ninguna de las ocasiones había intención de ello; al menos, no explícita. Tras una de estas caídas, cuenta la paciente que llegó a su casa y se echó a dormir la siesta en la cama de su abuela. En la mesita de noche había un montón de cajas de pastillas. Las abrió y se las tomó.

La paciente fue ingresada tras esta ingesta, pero una vez más se salvó de la muerte. En este sentido, ocurre con esta paciente algo parecido a lo que ocurre en la tragedia de Edipo, donde la desconexión entre el acto y la vida del protagonista es absoluta, abriéndose entre ambos un agujero de dimensiones trágicas. Al igual que ocurre con Edipo, era la sorpresa de lo inesperado, no la intención ni el deseo ni causa o razón alguna, la que la situaba ante la posibilidad real de morir.

Me acuerdo de otra paciente, a la que le tenía especial estima, cuya vida era un grito desesperado por abrazar a la muerte. Tras muchos intentos, en este caso intencionados, por acabar con todo, recuerdo que un día le dije: «sé que haga lo que haga, acabarás muriendo; mientras eso ocurre, haré lo que esté en mi mano para acompañarte». Yo la había visto luchar por vivir para regalarle a su hijo la madre que se merecía, pero no pudo hacer frente a lo que fuera que la arrastraba; yo sabía que tampoco estaba en mi mano, en la mano del equipo que trabajaba con ella, revertir su destino.

Estas dos mujeres, cada una a su modo, mostraban un anhelo irreductible por acabar con sus vidas, solo que la primera de ellas no tenía la menor conciencia del posible motivo, de aquí el carácter trágico de sus «pasos al acto» y su probable proximidad al campo de las psicosis. La segunda paciente, además de tener conciencia del modo en que malgastaba su vida y de cómo sufría su hijo por ella, podía poner palabras a lo que consideraba el motivo de su malestar. Esta paciente, a diferencia de la primera, dotaba a sus intentos de suicidio del tinte melodramático que caracteriza al universo de las  neurosis y de los trastornos límite.

Ambas estaban diagnosticadas como Trastorno Límite de la Personalidad, pero no es eso lo que me interesa destacar, sino la impresión que dejaba en quien se acercaba a ellas de que nada podía hacer por cambiar las cosas y torcer su destino.

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