2.12. Del imperativo del Destino al grillete de la fantasía.

Sigo con Sófocles, el mejor guía para perdernos un poco menos en el teatro de la vida, o para hacerlo con gusto, y tomo de la mano a Shakespeare, el mejor exponente de la tragedia moderna, para ver cómo el deseo transita desde la acción a la fantasía.

Vimos que en la trilogía de Sófocles, la tragedia gira en torno al incesto. La ley del padre, que condena al hijo a morir, lo separa de la madre con la excusa de un oráculo que le dice que se cuide del hijo.

Bien, ahí los tenemos a los tres; en medio, al padre, al padre de Edipo condenando al hijo a morir y al padre de Hamlet exigiéndole venganza.

En las tragedias de Edipo y Hamlet, las madres ejercen contra la ley del padre y se hacen cómplices del Destino. Yocasta, por ejemplo, perpetúa el goce que la liga al hijo salvándole la vida y casándose luego con él; por supuesto, sin saber, al menos conscientemente, que el hombre que la enamora es Edipo. Gertrudis, la madre de Hamlet, lo perpetúa en diferido casándose con el asesino y hermano de su marido, del que es cómplice, poniendo en acto de este modo la fantasía incestuosa de Hamlet, que incluye hacer desaparecer al padre para disfrutar él solito del amor de mamá –en la fantasía infantil, desear la muerte de papá significa hacerlo desaparecer para que deje de estorbar–.

Como muestra la trama de la obra, Shakespeare da un paso más al introducir algunos elementos que hacen de la puesta en acto del deseo incestuoso algo mucho más perturbador: la complicidad de la madre en el fratricidio y la elección como esposo del hermano y asesino del marido, lo que excluye a Hamlet de nuevo de su deseo. O sea, que tenemos al padre muerto reclamando venganza por algo que el propio Hamlet ha deseado con fuerza, aunque lo haya reprimido, y a la madre, que no le da espacio en su deseo, lo que deja a Hamlet en tierra de nadie, es decir, en el mejor de los sitios para odiar a gusto y gozar por ello mientras da carrete a la rueda de la fantasía.

Regreso a Edipo rey. Decía dos párrafos atrás: «[…] por supuesto, sin saber, al menos conscientemente, que el hombre que la enamora es Edipo.». Cada vez que releo esta frase me asalta la duda, no lo puedo evitar, y no lo puedo evitar porque me parece increíble que Yocasta nada supiera o al menos supusiera de la identidad del hombre con el que contraía matrimonio.

Edipo quiere saber y reclama la presencia del adivino. El coro de voces de su entorno le pide que no lo haga. El propio adivino se suma al ruego, pero Edipo insiste. Hasta ese momento, nada se dice en el desarrollo de la tragedia que haga pensar que circulen rumores respecto a la naturaleza de su matrimonio, pero la reacción de los que están a su lado da para pensar que lo que hay es de dominio público. Todos parecen estar enterados menos Edipo. ¿Yocasta también está al loro? ¿Si es así, qué papel juega?

¿Teniendo en cuenta que la tragedia de Edipo es una metáfora de la vida, qué puede sugerirnos Sófocles a través de este pasaje?: que la madre siempre está presente; yace, incluso, con el hijo. ¿Y el padre? El padre, en el lugar de la ley, desaparece de escena, y cuando vuelve a aparecer, muere a manos del hijo; el Oráculo se hace realidad.

Toda la puesta en escena, la concatenación de sucesos y los personajes parecen dispuestos para poner en evidencia la ilegitimidad de Edipo. Sófocles reduce la estructura del melodrama a su mínima expresión, acentuando así el carácter trágico de la vida. Al reducir los elementos intermedios a breves apuntes, lo que ocurre se sobredimensiona, como las vivencias de abandono, la pasión ligada a la figura de la madre, la amenaza que representa la figura del padre…

En la tragedia clásica, la medida del tiempo es muy reducido, lo que obliga a aproximar los espacios y a reunir lo que está muy distante, y lo hace de tal modo que lo contingente parece causal. Iba a decir que esta característica se parece mucho a lo que hacemos hoy día para enviar un archivo muy grande por mail: comprimirlo, pero no, porque el artilugio trágico introduce caracteres nuevos a la trama, cosa que no ocurre al descomprimir el archivo, como priorizar los actos frente a la palabra. Lo que sabemos de la personalidad de los personajes es lo que se deduce de sus actos: ellos son lo que hacen.

Aquella paciente que hace la ingesta sentada al borde de la cama de la abuelita, al fundirse con la escena, nada puede decir de ella, a pesar de que, visto desde afuera, haya elementos suficientes para abrir una brecha en su inconsciente que le permita fabular algo sobre lo ocurrido. Para esta paciente, las cosas ocurren sin más, punto.

¿Recuerdas lo que hablábamos allá por el principio, en las entradas 0.7 y 0.8, sobre la experiencia de plenitud? En la plenitud se es, no se está, decía, y lo que le ocurre a esta paciente se parece mucho en cuanto a sus efectos a la experiencia de plenitud que se produce por el lado de la precipitación de los estados de abandono. Digo bien, porque en ella no hay nada que delate una actitud previa de abandono, sí un precipitado, como si se saltara el melodrama intermedio y cayera de sopetón en el agujero.

Lo que le pasa a aquella otra paciente diagnosticada como Trastorno Límite de la Personalidad reproduce en gran medida los elementos que Shakespeare pone a jugar a través de sus personajes: la exclusión del deseo de mamá, la culpa, la duda, los escrúpulos de conciencia, la fantasía, el desorden… Esta paciente sí reproduce a cámara lenta la aproximación y posterior caída en el agujero, haciendo de su vida un auténtico culebrón de sobremesa con final anticipado.

De una paciente a otra, de la tragedia clásica (Sófocles) a la moderna (Shakespeare), pasamos de la rueda ineludible del Destino, que se muestra al protagonista como un imperativo frente al cual nada puede hacer, solo dar cumplida cuenta de su designio, a la rueda fantasmática, que se muestra en los escrúpulos de conciencia del protagonista, que lo único que puede hacer con lo que más desea es fantasearlo; es decir, dilatar la posibilidad de actuar y eludir así la responsabilidad subjetiva que lo compromete con su deseo.

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