2.13. Así es la vida.

En La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca la trama de la obra viene marcada por la humanidad de los personajes, siendo los escrúpulos de conciencia los que sostienen la tensión dramática. Hamlet no es un héroe, sino un hombre que mal responde a sus pasiones.

Edipo, en cambio, actúa, y con sus actos pone en marcha los engranajes del Destino, que lo llevarán a matar a papá, vencer a la Esfinge, desposar a mamá, tener hijos con ella, reinar y vivir una vida plena… ¿Qué más puede desear? Hamlet, no, Hamlet sufre de narices sometido por la tiranía de la duda y de la culpa, que no le dejan hacer lo que más desea.

¿Qué hace dudar a Hamlet? ¿Duda porque el espectro del padre, al exigirle venganza, ha despertado en su alma secretos e insondables deseos que presiente pero no comprende, o que no quiere comprender por el horror que representan? Si en la fantasía infantil matar equivale a hacer desaparecer, el fratricidio y la participación de la madre en el asesinato sobredimensionan esta fantasía al resituarla en el punto de realidad que la propia fantasía promueve. Pero lo que convierte a esta fantasía en algo aún más insostenible es el papel que juega Gertrudis, que en ningún momento toma a su hijo como objeto de su deseo, acentuando así la impresión de abandono en Hamlet y cuestionando las emociones legítimas que había despertado su deseo inconsciente.

La tragedia de Hamlet es el prototipo del melodrama dominado por el deseo incestuoso y el amor-odio dirigido a la madre, los escrúpulos de conciencia y el deseo de venganza. La acción deja de ser el motor de la trama y es sustituida por la duda, la desorientación, la culpa y la dilación. La escena se traslada del escenario público al privado, del acto y sus consecuencias, a la ideación y la fantasía.

¿Qué representa Hamlet?: el arquetipo de la duda neurótica frente a la prohibición del incesto; también, el melodrama del que trata de salir del regazo materno para alumbrar un proyecto propio.

Hamlet nos sitúa a pie de calle en el corazón de cualquier ciudadano en el seno de cualquier familia. Todos podemos reconocer los escrúpulos, las dudas, las ganas de quitar de en medio al otro, ya sea papá o el hermanito, para quedarnos a mamá para nosotros solos. Este es un deseo legítimo y universal, un deseo que a todos alcanza. Ahora bien, una cosa es querer desbancar a papá del lugar que ocupa junto a mamá y otra quitárselo realmente de en medio, como hace Edipo.

Si para todo en la vida se requiere ver, comprender y actuar, ¿plantea Sófocles la tragedia como efecto de un salto desde el momento inicial, el de ver, al momento final, el de hacer, en el que el momento de comprender queda reducido a un enorme socavón del que el protagonista tiene constancia solo cuando ya no hay posibilidad de remediarlo?

¿Si lo que queda comprometido en la tragedia es el momento de comprender, de tal modo que la sucesión de actos que llevan al protagonista a encontrarse con el desastre puede equipararse al «paso al acto» característico de las psicosis, plantea Sófocles la tragedia como momento fundacional a partir del cual se dividen las aguas entre quien se descubre participando de una relación contra natura y quien, deseándolo, no da el paso? ¿Este es el agujero con el que se encuentra Edipo, el que lo deslegitima como hijo, esposo y padre?

Con la palabra generamos la ficción que nos permite sentir que controlamos nuestras vidas, ¿cierto?, y que nos merecemos ser porque lo valemos. Por esto peleamos, para encontrar nuestro lugar y reconciliarnos con el derecho a vivir. ¿A quién puede extrañarle entonces que la relación del bebé con mamá sea del orden de la posesión? No hablo en términos metafóricos, sino reales, bien reales, y el bebé lo sufre, mamá y papá también, cada uno según su capacidad para apropiarse del lugar que le corresponde. Después, cuando la realidad se impone, el niño renuncia, y lo hace, no por un acto de comprensión, sino por un acto de debilidad frente al poder de aquel o aquello que atrae el interés de mamá y lo desbanca, ya sea papá, la llegada de otro hermanito, el trabajo o las ganas de mamá de divertirse y hablar de otras cosas.

Las consecuencias de esta constatación se mueven en una horquilla que va desde la renuncia a mamá y la reorientación del punto de mira hacia otros intereses, pasando por la identificación o la idolatría hacia aquel que se la quita, o el temor a enfrentarse a él, hasta el enfurruñamiento y el odio; si se tienen suficientes agallas, este odio puede que se oriente directamente hacia el supuesto usurpador; si se es muy retraído o temeroso, probablemente se oriente indirectamente hacia mamá, que no se merece ocupar el lugar de privilegio que ocupa en el deseo de papá…

En fin, el caso es reclamar; como sea, reclamar el lugar de privilegio que creemos merecer o que sentimos que hemos perdido. Y esto, desde el minuto uno. Es nuestra condición.

Ya que el instinto se nos queda corto para determinar lo que hacemos, entre otras cosas, mantenernos ligados a mamá de por vida, la pulsión, que lo transforma sustancialmente hasta convertirlo en algo casi irreconocible, logra atarnos a ella; a veces lo hace de forma directa, sin intermediarios; otras, con intermediarios, a través de una cadena interminable de sucedáneos que la sustituyen pero no la desplazan; la mayoría de las veces -¡menos mal!- lo hace de forma indirecta, desplazándola mediante sucesivas elecciones de objeto.

Lo que queda, no por irreconocible deja de ser un poco más de lo mismo. Así es la vida de tozuda.

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