3.1. «No somos nadie».

Es duro, pero también esclarecedor, darse cuenta de que lo que hacemos y nos deslumbra con el brillo misterioso de las cosas nuevas y únicas, a poco que pasa el tiempo deja de ser tan extraordinario. Sin embargo, esto inevitable no resta un ápice de valor al mérito que supone haberlo conseguido, ya que todo acto de creación, independientemente de que se sostenga o no en el tiempo, es valioso por sí mismo al ser una consecuencia más del proceso que sostiene la vida, el deseo.

Hay que reconocer, como propone la tragedia clásica, que somos lo que hacemos, porque en eso que hacemos, que también puede ser un no hacer, hacer a medias, posponer, eludir… mostramos nuestras aspiraciones, nuestras potencias, dificultades, miedos y recursos y, velados, los fantasmas que nos habitan.

Pero el valor de nuestro trabajo no depende solo del ingenio, de la capacidad y aprecio por lo hecho, depende también del valor que le concedan algunos otros y del tiempo que perdure en la memoria de los demás; si se sostienen valor y recuerdo, es posible que quede registrado en el anecdotario familiar, incluso en las páginas de la historia «mayusculada» en el gimnasio del reconocimiento público.

Ahora bien, lo extraordinario no es solo lo excepcional. Lo verdaderamente extraordinario es levantarse cada día todos los días y cumplir con lo que toca, nos guste más o menos, nos apetezca o no, nos duela un poco la cabeza o el mal humor, por el simple hecho de que hay que pagar las facturas, comprar en el súper, jugar un rato con los niños, levantarse del sofá para hacer algo de ejercicio, poner buena cara cuando la vida pesa y dejar que el humor, la ironía, las anécdotas y el cariño de quien nos quiere nos alcance y alivie.

Atendiendo a esto otro extraordinario, dejo a un lado la historia con mayúscula para centrarme en la multitud de historias anónimas que la sostienen, porque son ellas las que dan fuelle al principio regulador de la supervivencia al cumplir con la función universal de ser transmisoras en la cadena generacional.

El efecto de transmisión entre generaciones, del que somos coautores lo queramos o no, es el nutriente fundamental que da alas al deseo y alimento a la vida. Si no formáramos parte de él, no seríamos nada; dudo, incluso, que perviviéramos como sujetos y como especie, ya que la orfandad, además de terrible, puede ser mortífera. Por esto, mejor unidos a un pasado y a un destino que perseguidos por la angustiosa extrañeza de no saber qué ni para qué.

De cualquier forma, esta imbricación es inevitable al formar “el otro” parte ineludible de lo que somos. La naturaleza del deseo lo incluye necesariamente en la ecuación que sostiene la vida. De aquí que no podamos pensarnos fuera de su influjo, ya que la identidad se sostiene en su mirada y en el reflejo que nos devuelve. Ese otro forma parte de nuestro tejido, ya sea como el otro de uno mismo, el que se ha forjado en el azogue del espejo y en el brillo acuoso de la mirada de mamá, ya sea como aquél en el que depositamos la ilusión de complementariedad que anhelamos y perseguimos.

La experiencia del enamoramiento, por ejemplo, muestra cómo se diluye la fina línea que hay entre el amante y el amado, entre uno y otro, al hacerlos converger hasta el extremo de vivir la ilusión de casi fundirse ambos en uno. Los amantes viven, piensan y sienten asidos al amado hasta el punto de que si les falta, les falta el aire, se asfixian. Solo en esta burbuja de puro narcisismo experimentan la plenitud que anhelan; la falta y la ausencia son los depredadores que están a la espera de la primera oportunidad que se presente para pinchar la burbuja. A veces, es suficiente para agrietarla una mirada que no encuentra su reflejo en la mirada del amante.

En el polo opuesto al enamoramiento está la soledad de quien no encuentra un otro en el que reconocerse. A nadie le gusta pasar desapercibido, menos aún ser invisible. Una cosa es la soledad impuesta, la que llena las aceras de nuestras ciudades de seres sin horizonte que se muestran a los demás para reclamar alimento y el poquito de atención que el 95% de viandantes no le presta, y otra la soledad buscada, donde la única compañía que se tolera porque no hay más remedio es la del otro de uno mismo, ese que todo el rato nos habla en silencio.

Ni que decir tiene que otros hay muchos. Está el que nos saluda cada mañana y del que recibimos lo que nos gusta y queremos oír, también el que nos escupe a la cara lo lejos que estamos de merecer un lugar en el deseo de nadie, y el otro del inconsciente, que es el que nos pone por delante lo que no nos atrevemos a desear, por más que lo deseemos, y mucho menos oír, y el Otro con mayúscula, que es un otro un poco raro, sin forma concreta, del que nadie sabe qué ni quién es, pero que está ahí como referencia ineludible porque no somos nada sin él, o, dicho de otra manera, porque lo que somos se lo debemos.

¿Cuántas veces hemos oído la expresión «no somos nadie»? Esta expresión, que viene a decir que siempre hay algo que nos supera y empequeñece, esconde otro sentido, este vinculado a la imposibilidad de estar deshabitados, que dice que «somos demasiados en uno». Tal vez por esto, hay momentos, que pueden durar un instante, también días, semanas, meses o años, en que, doblegados por la fuerza devastadora de la angustia por no poder reconocernos en ninguno de ellos, nos sentimos perdidos y huérfanos. En estos instantes de soledad extrema, cuando esta expresión adquiere toda su potencia trágica, convirtiéndose en real, la envoltura que somos se quiebra, se rompe o se deshace y entonces caemos de lleno en el agujero y entramos en crisis o en algo mucho peor por temido y estigmatizado: la locura en cualquiera de sus manifestaciones.

Un ejemplo de soledad extrema es la experiencia de aislamiento que viven los pacientes ingresados por COVID. En muchos de ellos, esta experiencia aterradora les lleva a sufrir un brote psicótico de carácter paranoico, en el que el otro que los cuida se convierte en alguien peligroso, de igual modo que el paciente que lo padece, en una amenaza. El principal perjudicado es siempre el mismo, el otro, el otro de uno mismo que, frente al aislamiento, pierde todo contacto psíquico con la realidad, y el otro que funciona como espejo, convertido ahora en la peor de las pesadillas. Así lo cuenta, tras recuperar la lucidez y un poquito la salud, con un profundo dolor y sentimiento de vergüenza y culpa por la cosas tan terribles que sintió y percibió relacionadas con sus seres más queridos, alguien muy cercano a mí. Caer en este agujero lo describe como lo peor que le ha pasado en la vida, y esto lo dice alguien que sabe mucho lo que es sufrir.

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