3.2. ¿Dónde puse las gafas?

La supervivencia es el principio regulador que sostiene la vida. Sometidas a este principio, las generaciones se suceden, cumplen el papel que les corresponde y desaparecen. Desde esta perspectiva, todos, absolutamente todos los seres somos iguales. Sin embargo, hay algunas cosas que diferencian a los humanos, como la cultura, el lenguaje, la conciencia y la aparición del deseo como motor de la vida.

Volvamos a Edipo y retomemos lo dicho al hablar de la estructura trágica del deseo. La Esfinge plantea un enigma, cuya resolución tiene en Edipo el efecto de activar la maquinaria del deseo, que sostiene en el incesto lo imposible que caracteriza a su naturaleza, porque el deseo, por ser tal, no puede colmarse.

Edipo resuelve el enigma y la Esfinge se venga plantando el desasosiego en su corazón al susurrarle al oído su doble condición de asesino y usurpador. Pero lo que la Esfinge le dice, Edipo ya lo sabe, aunque por tratarse de un saber inconsciente, no encuentre las palabras que se lo muestren. En realidad, la Esfinge no hace más que dar vida a la semilla, ya arraigada, de su deseo incestuoso.

Para que el efecto trágico se manifieste en toda su potencia, es necesario el artificio dramático propuesto por Sófocles, consistente en velar el horror en el que reposan las vidas de los protagonistas negándoles la posibilidad de conocimiento. De aquí que sugiera que aquello que los reúne sea la casualidad, no el deseo.

Visitemos uno cualquiera de los teatros de Atenas y sentémonos en su graderío para disfrutar del espectáculo. El espectador que conoce la obra sabe lo que va a ocurrir, sabe la dimensión del lio en el que está metido el protagonista, pero también sabe que no puede hacer nada para desviarlo de su destino. Aunque se lo grite, no puede sacarlo de escena, reinventar para él un desarrollo y un final diferentes. Lo único que puede hacer es permanecer sentado mordiéndose la uñas viendo cómo Edipo entra en barrena llevando a cabo lo que él también sintió en algún momento y que permanece soterrado en su inconsciente. El espectador se siente Edipo porque su tragedia es la fiel representación de la tragedia de cada uno, solo que reprimida, no actuada.

Es un fenómeno generalizado que aquello que vemos y nos atañe solo seamos capaces de verlo cuando se lo atribuimos al vecino, ¿cierto? Pero esto no es óbice para que igualmente nos conmueva, ya que lo que no vemos en nosotros también nos alcanza, solo que reprimido y guardado en el inconsciente, desde donde actúa, manifestándose, por ejemplo, en los síntomas, en los lapsus… o en «la repetición de lo mismo», que siempre ocurre sin que seamos capaces de cambiarlo; la repetición de lo mismo, que nos perturba, nos enfada y nos hace sentir desvalidos. ¿Quién no se ha quejado porque hace o le ocurre «otra vez igual», sin que sea capaz de remediarlo o de ponerle fin? Conozco a una persona que pierde las gafas de leer varias veces al día todos los días, y se enfada por ello, más si le muestran lo fácil que sería salir de ese bucle si las dejara en su sitio, en vez de allí donde le pille sin darse cuenta de dónde porque está pendiente de otras cosas. También conozco a otro que se angustia ante problemas pequeños. Debido a esto, tarda más de lo razonable en afrontarlos y resolverlos. Cuando lo consigue, se da cuenta de lo absurdo de la situación y de la cantidad de energía inútil que emplea en los preliminares, pero no encuentra remedio para poner fin a este dislate. Igual que su amiga la de las gafas, también se enfada cuando se lo reprochan, y se enfada mucho si, además, le dicen que se deje de tonterías, que lo que pasa es que es un vago de tomo y lomo.

Dicho de otro modo: los significantes (las gafas, la solución…) están ahí, a la vista de cualquiera que quiera y pueda ver y oír, menos a la vista del protagonista, que siempre es el último en enterarse de lo que pasa. El vacío que se abre en el psiquismo cuando esto ocurre es el vacío de sentido, y la angustia que despierta su carácter extraño y a la vez familiar por repetitivo e irreductible, la constatación de que no es un vacío contingente sino estructural, un vacío al que velamos como podemos ciñéndolo con una red más o menos densa de historias. Gracias a ellas, recreamos la ilusión de bordear -solo la ilusión de bordear, no nos engañemos- el abismo, del que procedemos y al que estamos destinados, con el agujero que lo constriñe, del que somos una de sus muchas envolturas.

Igual que las gafas que no cesan de perderse expresan el vacío de sentido, en el caso de mi amiga, efecto de su habitual estado de dispersión por estar en mil cosas a la vez, cada uno de nosotros somos la expresión de un modo de envolver el vacío de sentido característico de la existencia, que encuentra en la muerte que se repite generación tras generación lo fallido del intento.

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