3.3. ¿Cómo que no sabía?

Aunque solo sea por sus características neurofisiológicas y anatómicas, la vista solo alcanza a ver la apariencia, no tiene capacidad para llegar más lejos de lo que permiten sus posibilidades sensibles. Para llegar al fondo de las cosas, es ciega e ignorante y conduce al desastre al que solo se guía por ella. No es fortuito que el único ciego en la tragedia de Edipo sea precisamente el que ve más allá de los acontecimientos, el adivino.

Está claro que cuando hablamos de ver no hablamos solo del sentido de la vista, hablamos también de los condicionantes internos y externos que la interfieren y modelan. La mirada está tamizada por el filtro del corazón, de la inteligencia, del interés personal, de las circunstancias… Estos condicionantes introducen un sesgo particular a la hora de interpretar los acontecimientos, que determina lo que vemos al mirar y obviamos al ver. Por esta razón, un mismo fenómeno puede parecer tantos y tan diferentes como tantas y diferentes son las personas que participan de él.

Plantea Sófocles que acto e ignorancia, acto e inocencia, van de la mano, confabulan contra el héroe, al que regalan una plenitud engañosa, una vida feliz: Edipo, esposo y padre; Edipo, rey. ¿Qué más puede desear? Después, el adivino le abrirá los ojos y le mostrará el doble tabú violentado (asesinato del padre e incesto).

El adivino le desvela lo que hay y Edipo, horrorizado por lo que oye y reconoce como propio, se hace cargo. Entonces, en un acto tremendo de desesperación, se arranca los ojos. ¿Para alcanzar el verdadero conocimiento hay que prescindir de la engañosa apariencia que muestra la vista, apariencia que el psiquismo acepta y da por buena?

En cierta ocasión, Françoise Dolto (1908 – 1988), médico pediatra y psicoanalista francesa, fue reclamada para atender a un chico que sufría de tremendos dolores de cabeza sin etiología orgánica. Dolto le hizo al chico una pregunta aparentemente tonta. -El diálogo que sigue no es literal, pero refleja el sentido del mismo-. Le preguntó qué cabeza le dolía. -¿Uhmmm? Ya empezamos. Cualquiera podría tildar a Dolto de ingenua por hacer preguntas tan tontas, pero no. La respuesta del chico da a la pregunta el auténtico valor que tiene, que nada tiene que ver con la ingenuidad-. El chico respondió que la cabeza que le dolía era la cabeza de mamá. -¿La cabeza de mamá? ¿Cómo es posible? Pues sí, era posible, tanto real como metafóricamente-. Dolto siguió preguntando: ¿dónde te duele? -De nuevo, otra pregunta aparentemente tonta. ¿En qué parte va a dolerle una cabeza que dice que no es la suya, que es la de su mamá?-. El chico responde señalándose el muslo de una de sus piernas. -¿Ahí? Sí, ahí era donde le dolía la cabeza de mamá, porque mamá, que sufría depresiones, solía apoyar su cabeza, con todo su peso real y fantasmático, en la pierna del hijo-.

En el momento en que alguien se detiene a mirar más allá de lo que el sentido común dice que hay que mirar, lo inexplicable adquiere sentido. Pero mirar más allá, que a veces tiene la impronta de la ingenuidad y siempre la de no dar por supuesto lo que se toma por obvio, presupone asumir ciertos riesgos y colocarse enfrente del discurso compartido; es decir, del discurso en el que todos nos reconocemos.

Sigo con Sófocles. Edipo –así lo dice– no sabía. ¡Vaya con Edipo! ¿Cómo que no sabía? Edipo también trampea, como Sófocles al recrear tan sabiamente el artificio trágico en sus obras, y trampea porque no es posible tanta ignorancia en alguien tan listo. Doy por hecho que Edipo sí sabía de su deseo inconsciente, por más que lo hubiera reprimido –como todos lo reprimimos, por otra parte– al ser incapaz de soportar su potencia y ser consecuente con él. De aquí el derrumbe que experimenta y su marcha posterior al exilio.

Pero Edipo tiene dificultad para encontrar una tierra que lo acoja. Es difícil desligarse de la opinión común, la que condena o libera al que está sometido a juicio público, y poner sobre la mesa la divergencia. Y es difícil porque no pesa más el platillo de la balanza donde reposa la opinión más valiosa, sino el que contiene la que defiende la mayoría.

Es de dominio público el uso interesado que se hace de los conceptos de «responsabilidad subjetiva», «culpa» y «legalidad». Un ejemplo: los «defectos de forma» anulan los procedimientos judiciales. El encausado, liberado de juicio, suele interpretar la anulación como prueba de inocencia. Y así lo vende a la opinión pública, transformando el defecto de forma en otra cosa y repitiéndolo hasta la saciedad. Una mentira mil veces contada acaba percibiéndose como verdad. Lo que queda dañado en este juego perverso son las instituciones que sostienen el edificio democrático; el resultado, su descrédito y el resurgir de movimientos fundamentalistas, que basan su estrategia mediática en el descrédito de la palabra y del contrato social y en el miedo; sí, en el miedo a hablar. Este miedo y sus efectos, como la violencia que alimenta, salpica a todos. El hecho común de prohibir hablar de determinados temas en nuestros foros expresa la capacidad de los discursos del odio para limitar la libertad de expresión y el espíritu crítico.

La educación es una herramienta muy valiosa para aprender a limitar el odio y la violencia y para fomentar el respeto y la fidelidad a las reglas de juego, pero no es suficiente. Para extraerle todo su potencial, habría que sentar en los pupitres de las aulas a quienes nos representan. Muchos de ellos denigran con sus palabras y actos el respeto que nos debemos. Ellos serían los primeros beneficiados y, por extensión, el resto de la población, ya que su mal ejemplo contagia, además de destruir cualquier esfuerzo por cambiar las cosas para bien.

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