3.4. «Yo quiero ser pintor. ¿Puedo decírtelo?».

Seguro que en alguna ocasión te has topado con algún listillo de esos que disfrazan su ignorancia con la apariencia de conocimiento. Se les ve de lejos por el tufo a impostura que destilan, bien por el despliegue de erudición que utilizan sin mojarse, bien por el desajuste entre el énfasis que imprimen a sus palabras y la debilidad de sus argumentos. En algunos también es visible por la repetición de lo mismo, sin aportar matices nuevos en cada repetición que avale su argumento.

Aunque listillos los hay, también es verdad que muchas tensiones entre padres e hijos adolescentes se sostienen en la dialéctica en torno al conocimiento; dialéctica, que forma parte del desarrollo en el largo camino del hijo hacia su independencia, generada por la pugna entre el ejercicio de autodeterminación del hijo y el revuelo que montan debido a ello los fantasmas que anidan en el inconsciente de los papás.

En esta pugna, el hijo, en la posición de Edipo, cree tener la clave para descifrar el código, pero le faltan elementos para prever las consecuencias, y actúa por ello, escudado tras la omnipotencia de la juventud y del supuesto saber, convencido de que la razón está de su lado.

No sé qué es más difícil de sobrellevar –hablo como padre–, si el silencio desafiante del hijo o el elevadísimo volumen de voz con que defiende lo que dice, porque si el silencio exaspera y te pone de los nervios hasta llevarte a la desesperación intentando extraer de su boca algún sonido articulado, el elevado volumen de voz tiene el efecto de sacar lo peor de ti, llevándote a un ejercicio de contención supremo para no hacer que el hijo se coma sus palabras una a una y de mala manera.

Sé que está feo decir esto, que no es políticamente correcto expresarse así y dejar salir la vena de pequeño dictador que llevamos dentro. No es fácil hacer frente en el hijo adolescente al adolescente que fuimos y al montón de píldoras que hubo que tragarse sin opción a réplica porque lo que tocaba era callar y pasar por el aro.

Imagino que tampoco es fácil para los hijos ver lidiar a los padres con sus fantasmas, ver cómo se contradicen entre lo que dicen y hacen, entre lo que quieren decir y lo que dicen, entre la contención que quieren y buscan y lo que se les escapa por las muchas grietas que debilitan sus sistemas defensivos.

Los papás parece que tienen dos opciones: en el mejor de los casos, en una situación ideal, tender la mano ante las dificultades del hijo y responder con la calma y la condescendencia del que ha vivido y sabe; en el peor de los casos, ceder a sus propias dificultades y miedos y someter al hijo a un control férreo con el ánimo de protegerlo y reducir las terribles consecuencias que prevén con todo el ardor guerrero de que son capaces, o aliarse con ellos destituyéndose de su función como padres. De este modo creen posible torcer el destino del hijo. ¿Están seguros de ello? El hijo, por su parte, tendrá que pasar por la prueba, aceptando o no las palabras de advertencia.

En ocasiones, cuando el temor de los padres se extrema, toda la cuestión se reduce a imaginar monstruos donde solo hay sombras. En una sesión multifamiliar que tuvo lugar en la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil del Hospital Universitario Valme (Sevilla), una madre vuelca sobre la hija palabras llenas de rabia. El padre asiente y lanza su queja contra los tiempos actuales. Para ellos, sí es cierto el dicho popular según el cual «tiempos pasados fueron mejores». La hija les vino cuando ya eran mayores, les pilló con el paso cambiado. Porque se sienten perdidos, sostienen con una fuerza desproporcionada los esquemas de referencia en los que fueron educados, como si el tiempo hubiera quedado anclado en el pasado. La hija no les regala nada bueno, solo disgustos, dicen. El padre añora la educación que recibió, que se resume en una regla bien sencilla: «palo o trabajo; si no haces lo que debes, palo, y si no estudias, trabajo».

Los padres hacen lo mejor para el hijo adolescente; eso dicen. Ellos saben lo que es bueno, lo que le conviene, que no es otra cosa que estudiar para tener un futuro. Pero el hijo no les devuelve lo que esperan. Al final de esta reunión multifamiliar, en la que los padres culpan a los hijos de su sufrimiento, después de hablar de sus dificultades para distinguir entre norma y ley para aplicar castigo y de quejarse porque los tiempos han cambiado y no saben cómo hacer para que hagan lo que deben, un chico le dice a su padre en tono calmado: «yo sé lo que quiero. Quiero ser pintor, me gusta». El padre, que se había mostrado tolerante, que se había desligado de las opiniones de aquellos padres que cargaban más radicalmente contra los hijos, le dice, dirigiéndose al grupo, no al hijo: «los pintores ganan dinero solo cuando se mueren»… ¡Ahí es nada! La única posibilidad de reconocimiento que este padre concede a la demanda del hijo pasa por la idea de que la opción que elige solo le traerá desgracias.

«Yo quiero ser pintor», ¿qué hay de malo en ello?; nada. Lo que hay es la frustración del padre, que no quiso estudiar, y cuando quiso, pensó que ya era demasiado tarde. Sus sueños frustrados buscan resolución en el hijo; para ello trabaja, a la consecución de este objetivo entrega su vida, le entrega su vida. ¿Es por esto culpable? La respuesta es no, en absoluto. El padre busca lo mejor para el hijo, lo que ocurre es que eso que busca es una réplica de lo que piensa que hubiera sido lo mejor para él, sin tener en cuenta que los tiempos cambian y que su hijo no es él. Pero darse cuenta de esto y ser consecuente no es fácil para nadie.

Dicho en otras palabras: la objetividad está reñida con el ejercicio de la paternidad y de la maternidad en el largo proceso de autodeterminación del hijo. Los hijos no vienen al mundo con un libro de instrucciones bajo el brazo; lo que toca, sí o sí, es aprender sobre el terreno.

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