3.5. El valor de la palabra dada.

¿Qué o quién establece que las cosas sean de una u otra manera, que lo aceptable o inaceptable sea esto o aquello? ¿Qué o quién determina lo prohibido, lo deseado y lo deseable? ¿Qué o quién establece el corpus de leyes que cuidan el orden social y la convivencia?… Ninguna ley sobrevenida, caprichosa, impone y condiciona, sino las que derivan del orden natural, del que procedemos, y del orden simbólico, en el que nos instalamos.

¿Acaso los cambios genéticos que se han producido hasta dar con nosotros son suficientes para atar simbólicamente el orden natural al orden social y a la Ley?

Según el orden natural, la Ley de la Supervivencia regula todo cuanto hay, incluidas la vida y la muerte, pero el orden simbólico, que rige nuestras vidas más allá del orden natural, deslegitima en cierta medida el principio regulador de la Ley de la Supervivencia tal cual lo establece el orden natural, salvaguardando, por ejemplo, el derecho a la vida de los más débiles (las presas preferidas de los depredadores en el reino animal).

La Ley descansa en el lugar simbólico que se le concede a la palabra. Se trata de un acuerdo al que debemos respeto y lealtad y al que quedamos sujetos. La organización y el orden social dependen de ello. Fuera de este orden, lo que sucedería es la vuelta a las madrigueras, al estado de alerta permanente y al miedo a ser devorado por el más fuerte, y esto con la impronta que introduce ser conscientes de ello, que no es moco de pavo, ya que el hecho de ser seres con conciencia añade el agravante de que no hay vuelta atrás. El orden natural no puede ocupar de nuevo el orden simbólico. A estas alturas de la película, no son intercambiables, al menos no a corto plazo. Puede que sí lo sean a largo plazo, aunque al día de hoy, esta posibilidad no pasa de ser una conjetura sin base real. Espero que siga así y que no tengamos que arrepentirnos, como ya comenzamos a hacer.

Hace un tiempo, lo habitual era que los tratos se cerraran con la palabra y se sellaran estrechándose las manos las partes implicadas. Recuerdo haber cerrado un trato de compraventa de este modo; el primero y único, convirtiéndose para mí en un hito. Fue como trasladarse en el tiempo muchos años atrás. Me impresionó el rango de ley que adquirió el acuerdo al que llegamos sin que mediaran notario público y papeles. Este acuerdo implicaba, por supuesto, a los herederos de la parte vendedora, quienes quedaban sujetos a él a todos los efectos.

Aquel trato me hizo pensar en la evolución del valor de compromiso que se le concede a la palabra. Hoy día, la palabra ha sido destituida del lugar de Ley. La palabra ya no compromete si no es rubricada mediante escrito y corroborada por la firma de y ante notario, y aún así, tampoco, pues la letra pequeña que siempre llevan los contratos a pie de página o en los anexos condiciona lo que aparece escrito en letra grande, poniendo peros y trabas añadidas que te cuelan si no eres precavido y las lees detenidamente; si eres corto de vista, lo tienes claro.

Aunque una de las características del lenguaje es su capacidad para el engaño, el uso perverso que se hace del mismo se ha generalizado hasta el punto de que el término usado sustituye a la intención comprometida. El uso rastrero de la doble, triple o cuádruple interpretación obliga a tener unos conocimientos semánticos de alto nivel para no dejarse pillar los dedos. La desconfianza ha ido ganándole terreno al valor simbólico implícito en la palabra al transformar la fidelidad y el compromiso que deriva de dicho valor en un acto de voluntad que no compromete, convirtiendo en héroes a los más pillos.

Esto no es nuevo, es verdad, pero hay ocasiones en la historia que se alardea de ello, y este es uno de esos momentos. Triunfa el que mejor y más descaradamente miente y el que vende humo avisando de que lo que vende es humo mientras se parte de la risa por ello, como aquel político que se jactaba en una conversación de haber ganado unas elecciones asegurando a los vecinos que traería el mar a su pueblo.

La ley se sostiene en el orden lenguajero de la condición humana y en el compromiso ético con ese orden. El respeto a la palabra dada denota fidelidad, no solo con el acuerdo, sino con el deseo. Por esto afecta y compromete de igual modo a los coetáneos consanguíneos y a los descendientes.

El valor de lo comprometido se sostiene en el poder simbólico que se otorga a la palabra. Esto es cierto, sin embargo, aunque todos estamos atravesados por el lenguaje, no todos están en él, no todos están sujetos por el compromiso y la fidelidad que exige. Me entristece pensar que esto, que debiera ser la excepción, se esté convirtiendo en la regla.

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