3.6. ¿Es posible hablar en nombre propio?

Uno de los fenómenos actuales más perturbadores es la falta de compromiso con la palabra, que tiene como consecuencia un déficit de credibilidad cada vez más acentuado. En el ejercicio de la política, donde el valor de representación es fundamental, se hace peligrosamente patente, dando lugar al desafecto, al desencanto, a la polarización y radicalización de las ideas, a la emergencia de ideologías extremistas, incluso al descrédito de la propia democracia. El «todo vale», si está al servicio de ganar audiencia y votos, se ha convertido en la práctica de moda.

Viejas actitudes deshonestas se intentan justificar negando el hecho o contraatacando al adversario sacando a la palestra del debate público hechos similares, aunque sean falsos o burdas manipulaciones. La cuestión es que nadie se hace cargo de aquello que debiera comprometerlo a la hora de asumir el lugar de representación que ostenta.

Por ejemplo, la prescripción del delito, al igual que la anulación de la causa por déficit de forma, suele interpretarse como exculpatorio; al menos, quienes pasan por ahí se lavan las manos, como si no hubiera sucedido nada, como si lo ocurrido y no juzgado no tuviera que ver con ellos, aunque la contundencia de los hechos apuntale la posibilidad del delito.

Si la palabra pierde valor, si quien la enuncia no es consecuente con ella y la retuerce para eludirla y este torcimiento es refrendado por la institución a la que representa, se perderán las referencias y el valor simbólico del acuerdo básico, que se sostiene en la lealtad a la palabra acordada y en la fidelidad a las instituciones que derivan de este acuerdo. El resultado es la desafección y el surgimiento de posiciones extremistas, las cuales, incrustadas en las instituciones, adquieren capacidad para socavarla desde el interior de sus estructuras (la historia ofrece ejemplos muy ilustrativos al respecto).

La realidad siempre supera a la ficción. La distopía, que hasta ahora formaba parte de la ficción literaria y cinematográfica, comenzamos a vivirla infiltrada en el aire que respiramos. En una sociedad que presume de ser libre vivimos una de sus mayores paradojas: la dificultad, incluso el miedo a decir lo que se piensa. Los discursos se han constituido en bloques, de tal modo que la opinión no se contempla como un acto subjetivo, sino como un acto partidista, por tanto, excluyente. Y como la gente no es tonta y quiere compartir con los demás sus tiempos de trabajo y ocio, la opción que toma para que los encuentros no acaben como el rosario de la aurora es acotar previamente los temas, dejando bien claro aquellos sobre los que se puede hablar y eliminando del menú aquellos de los que es mejor que no.

Triste, muy triste, la verdad, más triste y doloroso aún cuando vemos cómo el miedo mina el corazón de la mayoría sin que se vea el modo de pararlo.

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