3.8. El magnetismo de lo innombrable.

El Oráculo habla y orada con palabras inquietantes el corazón de Layo, el papá de Edipo. A partir de ese instante, Layo pierde el sueño y, posiblemente, la razón. Al ordenar sacrificar al hijo cree posible contrarrestar el oráculo y salvar el pellejo. Pero la madre no le hace caso y salva a Edipo. El orden inducido por el padre es trastocado de este modo por un acto de amor. La madre destituye al padre como función, lo destituye del lugar de Ley.

La función del padre no puede sostenerla el padre impotente, atemorizado, el padre que antepone su vida a la Ley que representa, el padre que rivaliza con el hijo por el trono que ocupa, que no ve en el hijo al sucesor, sino al asesino. La madre de Edipo no entra en este juego de rivalidad. Su elección no puede ser contra la vida; si se trata del hijo, no elije; no cabe esta opción.

Que la madre no asuma la ley del padre hace que la vida del hijo se anude a ella de forma más intensa. Pero este acto tiene un coste muy elevado para el hijo: regresar al útero. Esto, dicho así, parece una exageración, pero es tan real como la vida misma, y lo es debido al carácter posesivo del vínculo entre ambos. Evidentemente, el hijo no puede prescindir de mamá, a la que reclama todo el rato. Mamá, en cambio, sí puede mirar hacia otro lado y ocuparse de sus cosas, pero a veces tiene serias dificultades para hacerlo. Si esta dificultad es permanente, puede llegar a incapacitar al hijo, no solo para hacer, decir, pensar o sentir, sino para ser.

Al negar el rango de Ley a la palabra, Yocasta pone en entredicho el orden simbólico y en acto su deseo. Dice el dicho popular que «las palabras se las lleva el viento». Tal vez se lleve las que no comprometen, pero hay otras que forman parte del material con el que se cimenta lo que somos. Son estas las que ponen en jaque el equilibrio psíquico, el cual requiere para sostenerlo asumir determinados límites. Estas palabras están estrechamente vinculadas a la prohibición y sus derivados y a la falta y sus consecuencias.

La prohibición y la falta son dos realidades que tienen mal pedigrí y peor prensa, pero ambas son esenciales para crecer y crear un proyecto de vida propio. Hay cosas que no se pueden hacer y cosas que no se pueden tener. Por ejemplo, no se puede no hacer nada y exigir a mamá que lo haga todo y, encima, enfadarse, o peor, violentarse con ella porque no está al gusto o a tiempo. Mamá no es nuestra, aunque sea nuestra mamá. Por otra parte, no se puede ser el rey del mambo y quedarse encerrado en la habitación para no correr el riesgo de salir a la pista y comprobar que hay muchos otros que bailan mejor. Salir a la calle requiere correr riesgos, reconocer que estamos en falta, reconocer al otro y admitir que puede que sea él quien se lleve el gato al agua.

Cuando la sujeción a la ley queda en entredicho y el equilibrio logrado se tambalea, emerge el caos. Y lo hace de muchas formas y con diversos grados de intensidad. Puede emerger, por ejemplo, momentáneamente a través de un ataque de angustia por alguna «nimiedad» que nos sobrepasa, o en momentos críticos, como en la adolescencia o al asumir roles y responsabilidades nuevas. También da la cara de forma estable a través de la conversión de los malestares en trastornos con etiqueta diagnóstica. Sea del modo que sea, nadie queda al margen del magnetismo que ejerce sobre la conciencia lo que no se puede nombrar, llámese agujero del sinsentido, destino, abismo o como quiera que se llame, porque al fin y al cabo, al igual que ocurre con todo cuanto existe, no somos más que una de las muchas envolturas del caos del que procedemos.

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Un pensamiento en “3.8. El magnetismo de lo innombrable.

  1. Me parece interesante, repasando este apartado tercero de tu blog, la manera como planteas y defiendes la cuestión de una ética basada en el Edipo. Es cierto que en los últimos tiempos el Edipo aparece cada vez más, es decir más frecuentemente y más estadísticamente, en su condición de novela que en su condición de complejo: de laboratorio normativo donde se experimentan y resuelven los procesos fundamentales de la subjetividad. Este aspecto novelesco privilegia lo opcional de las elecciones y las incorporaciones que en su aspecto estructural resultarían necesarias y exigibles para un resultado conforme a lo legislado. En el discurso común, pero también el en pensamiento de la contemporaneidad cada vez se ofrece más espacio al juego de variantes y opciones posibles en el caleidoscopio de las identificaciones y las elecciones de objeto. Yo me hago una reflexión: si como parece posible este juego de diversidades y potencialidades que puede leerse como riqueza subjetiva llegase a ser discurso predominante, estadísticamente mayoritario incluso, no sólo en la teoría sino en la práctica,y con ello alcanzara el derecho a identificarse con «normalidad» ¿Qué estatus quedaría reservado para la ortodoxia edípica con la que venimos definiendo al sujeto y su ley? ¿Estaríamos ante la paradoja de una legalidad que no coincide con una normalidad socialmente construída y reconocida? ¿De qué ladp habría que colocar entonces las alusiones a la clínica?

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