4.1. De sujeto a objeto porque yo lo valgo.

Viajemos a las praderas, a los bosques y cuevas donde vivía nuestro predecesor. La primitiva forma de organización de aquellos grupos estaría ligada a la supervivencia y al dominio, como corresponde al orden natural, que se basa en la ley del más apto, es decir, del más fuerte, del más veloz, del más acróbata, del mejor danzarín… Ciertamente, queda bien lejos aquel orden, pero su semilla no ha cesado de germinar en muchos momentos y ocasiones y en su peor versión, como así fue en la época en que estuvo vigente el «derecho de pernada», al igual que hoy la «violencia de género».

El valor que le conceden muchos adolescentes al control de los chicos sobre las chicas (sobre su móvil, forma de vestir, horarios…), contemplado por muchas de ellas como muestra de amor, es otro claro ejemplo de esta forma de dominio del supuesto «amo»; lugar de dominio que, por ser herederos de un orden patriarcal, está del lado de los varones.

Las noticias sobre la muerte de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas inundan los telediarios y los espacios radiofónicos. Hay una terrible cifra que informa al final de cada año de la evolución de esta lacra. En algunos países, estas cifras son aterradoras, mucho más lo serían si se sumaran las muertes que no se contabilizan. En España, en la última década, se mueven en una horquilla que oscila entre cuarenta y sesenta las mujeres que mueren a manos de sus parejas o exparejas. Aunque sólo fuera una, ya sería demasiado. A pesar de los esfuerzos educativos, sociales, judiciales, policiales y publicitarios para erradicarla, la violencia de género persiste. Se habla de prevención, de educación, de lucha contra las actitudes sexistas intolerantes como medios para hacerle frente, pero estos instrumentos, aunque necesarios, son insuficientes. Lo que evidencian estas muertes forma parte de algo más radical y profundo, algo estructural.

Es cierto que la historia habla de momentos donde la violencia era el denominador común en todos los ámbitos de la sociedad, y que hoy, al menos en una parte del mundo, el privilegiado mundo occidental, no es así, salvo contadas excepciones.

Al hablar de estos temas me sorprendo al comprobar lo fácil que lo tengo para salir a la calle y compartir a cualquier hora del día o de la noche un rato con los amigos o con mi pareja. En mi ciudad ocurren cosas muy desagradables, como en casi todas, pero proporcionalmente son las menos, lo que permite que pueda sentirme seguro y confiado, eso sí, sin olvidar que «no todo el monte es orégano», que no todo es paz y tranquilidad, que las muertes y las vejaciones están ahí, siguen entre nosotros, se ceban con el diferente o con el débil (no hay nada como pasar desapercibido para sentirse seguro).

Recientemente, los medios de comunicación están sacando a la luz otro fenómeno de denigración: las violaciones en grupo por jóvenes que se autodenominan «manada», nominación que acentúa los aspectos más primitivos del dominio: la cosificación a través del sometimiento, la humillación y la violencia física y psicológica.

Pero hay algo más. La exposición pública del acto en las redes sociales como medio de vejación y vanagloria añade un componente nuevo, la «viralidad», término que se aproxima, por supuesto de forma ciertamente casual y forzada, al de «virilidad». Desde el punto de vista fálico, por el contrario, esta aproximación si parece ajustada al fenómeno (la capacidad del significante para aproximar el inconsciente a la dura realidad de las peores pasiones es realmente asombrosa).

Que una aportación a la red se convierta en viral se contempla como una marca de potencia. Si además es objeto de debate en los medios de comunicación, con sus detractores y aliados pujando por imponer sus tesis, el éxito convierte al autor en fenómeno de masas y a la noticia en espectáculo. Creo que la medida que define la amplitud de la noticia para que siga siendo tal se nos ha ido de las manos. A mi modo de ver, uno de los ejemplos más patentes de lo que ocurre al respecto lo ofrece el auge en las parrillas televisivas de ciertos modelos de programas informativos que transforman el debate en una suerte de retransmisión al más puro estilo de las retransmisiones deportivas.

Se supone que disponemos de los medios para alumbrar una sociedad más justa y menos violenta. Sin embargo, a pesar de los avances en materia de derechos, esto no ocurre. ¿Por qué? Cuando pienso en esto, pienso en la promoción de un concepto que ha arraigado en la sociedad de forma muy exitosa. Me refiero al concepto de «empoderamiento», cuyo uso desproporcionado sitúa los derechos individuales por encima de los colectivos. La tensión entre unos y otros se ha escenificado en el tratamiento de la pandemia del COVID 19, que ha exigido sacrificar determinadas libertades individuales, como la libertad de movimiento, para contener su desarrollo, dando lugar a enfrentamientos encarnizados por entender unos que se hacía un uso abusivo de las restricciones impuestas y otros, que estas restricciones eran necesarias por una cuestión de salud pública.

¿Cómo es posible que una sociedad dotada con instrumentos sociales, informativos y educativos avanzados sea incapaz de poner freno a la violencia? Pienso que se peca de inocencia al pensar que la información y la educación son las claves para su erradicación. Creo que sería mucho más efectivo si, además, se pusiera coto a la violencia institucional y al desprecio que sus representantes hacen del valor de compromiso de la palabra y de sus derivados, determinando en gran medida la sobrevaloración que se hace del «pillo» y de su capacidad para sortear los escollos legales con el único fin de salvaguardar intereses personales. La impunidad es un valor en alza. ¿Explica esto la violencia sexual? No, ciertamente, pero sí favorece la sobrevaloración de lo propio aunque sea a costa de los derechos que asisten al vecino, y aquí sí entran en juego todas las posibles violaciones y vejaciones imaginables.

El otro deja de ser un sujeto para convertirse en objeto para el consumo propio. Uno de los fenómenos que promocionan este estado de cosas es la introducción en las redes de videos caseros de contenido pornográfico y el número creciente de visualizaciones de los mismos en edades cada vez más tempranas. Estos vídeos reducen a objeto de usar y tirar a quien se muestra. Esta manera de vernos y tratarnos, que se extiende de forma abrumadora por internet, forma parte del potente imaginario que nos devuelven las redes en un feedback especular que socaba desde dentro cualquier esfuerzo educativo por cambiar las cosas. Y de esto apenas se habla en los foros públicos al tratar la violencia sexual creciente ni se actúa para limitar su producción y exposición. Según Save the Children, los adolescentes, ellos y ellas, ven pornografía por primera vez a los 12 años y 7 de cada 10 acceden a ella de forma frecuente (informe (Des)información sexual: pornografía y adolescencia)… ¡Ahí es nada!

¿Tan difícil es poner coto a la expansión de la pornografía y limitar el acceso a ella de los jóvenes? Sé que prohibir y poner límites no tiene buena prensa, pero yo me lo pensaría si se trata de cosas como esta. Solo así la educación podrá desarrollar todo su potencial formador y creativo. Así lo creo.

Entrada relacionada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *