4.2. La «peineta» está de moda.

Disponemos de unas posibilidades educativas e informativas enormes, pero no conseguimos poner coto a la violencia, que vemos y oímos en las tertulias televisivas, en los telediarios, en las declaraciones de los políticos, en las conversaciones a pie de calle, en casi cualquier parte.

¿La realidad es así de violenta? ¿Y si no lo es, qué intereses intervienen para que aparezca en los medios de comunicación como si lo fuera? ¿A qué obedece esta descompensación de contenidos?

El peso que se da al capítulo de sucesos convierte la información en un espectáculo truculento. Imágenes duras, escabrosas, violentas, repetidas una y mil veces, se convierten rápidamente en virales a través de internet. La imagen trasciende el fondo de la noticia, se desgaja de ella y la descontextualiza hasta convertirse en objeto de consumo.

¿Qué pensarías si fueras un extraterrestre y te toparas con la profusión y enorme difusión de estas imágenes, la mayoría de las cuales muestran las mil caras del horror? Seguro que saldrías volando hacia cualquier otro lugar de la galaxia en busca de un lugar más pacífico.

La pregunta es obvia: ¿es esta toda la realidad? ¿Dónde quedan entonces los proyectos en marcha, el trabajo y el tesón de cada día, las pequeñas y grandes iniciativas que crean empleo y luchan por el trabajo y sus trabajadores?… ¿Tan poco atractivo es el éxito a los ojos de los demás como para poner en peligro los índices de audiencia?

La normalidad no vende, no forma parte de la naturaleza de la noticia. Pero lo extraordinario, lo noticiable, puede ser muchas cosas, no solo el horror y la violencia; ¿el éxito, también? Si terrible es la imagen de una barcaza a la deriva cargada de sueños rotos y de ilusiones por vivir, igualmente terrible es la desafección o el hartazgo con que la miramos mientras almorzamos en familia. ¿Entonces, si es así, en qué afecta el horror al dichoso índice de audiencia para que prevalezca en la parrilla? ¿Acaso le afecta por el hecho de que estas imágenes, a pesar de que nos incomodan y cansan, nos hacen sentir mejor al comprobar que el malestar y el sufrimiento están lejos de nuestras costas y fronteras, o porque sintonizamos mejor con el lado oscuro de la vida que con la bondad?

En una sociedad que abandera y promociona la colectivización de lo que sea, el individualismo gana espacio. El miedo a perder lo que tenemos (trabajo y seguridad) genera un movimiento regresivo preocupante, que conduce a la defensa a ultranza de lo propio, aunque sea a costa del otro y de los derechos humanos.

Esta tendencia encuentra un poderoso aliado en las grandes plataformas de búsqueda de información. Las búsquedas por internet generan un perfil del usuario, basado en sus preferencias e ideología, que orienta la información. De este modo, lo que recibimos no hace más que validar y acreditar lo que pensamos, reduciendo la diversidad de criterios y fomentando el formato del «pensamiento único».

Ciertamente, no es obligatorio seguir el camino marcado. Hay quienes hojean diariamente varios periódicos de matriz ideológica diferente. De este modo generan su propio punto de vista, que es contrastado, no seguidista. Pero lo más corriente es la adscripción a la línea editorial de un medio de comunicación y el rechazo, incluso la aversión a los otros. Esta adscripción fija posiciones y crea un colectivo de asiduos con los que nos identificamos y formamos comunidad, incluso creamos bando sin proponérnoslo.

La colectivización de las ideas genera movimientos que reducen el «pensamiento subjetivo» a «pensamiento partidista». La opinión deja de ser un punto de vista personal, por supuesto parcial y rebatible, para considerarse una declaración de intenciones sujeta a una adscripción. Uno de los grandes perjudicados en este ejercicio de transformación de la opinión personal en adscripción ideológica es el «espíritu crítico», que se fundamenta en el contraste de ideas. Dialogar significa hablar en nombre propio e intercambiar ideas en nombre propio, por más que algunas sean coincidentes o contrarias a las que defienden otros, ya sean individuos, agrupaciones de individuos o partidos políticos.

Si el gran perjudicado en la transformación de la opinión en adscripción es el pensamiento crítico, el gran mimado es el concepto de «empoderamiento», concepto que tergiversan muchos —habitualmente los que carecen de argumentos para sostener una posición propia fundada— al ensalzar la primacía del individuo y de sus derechos en detrimento de sus deberes hacia el otro y la comunidad. Gracias a esta primacía, el insulto y la «peineta» les están ganando terreno a la palabra y al diálogo. Que esto ocurra en la calle es grave, pero se hace insoportable cuando se convierte en moneda de cambio en los debates que se producen en el Parlamento, la institución que nos representa y que ofrece, por tanto, una medida de lo que se espera del conjunto de ciudadanos.

Espero que no se cumpla el adagio «de tal palo tal astilla», porque de ser así, ¡apañaos vamos!

Entrada relacionada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *