4.3. El efecto Ikea.

Todo cambia, siempre lo hizo, es cierto; nuestra época no es distinta a las anteriores. Por esto evolucionamos. Cuando algo nuevo entra en nuestras vidas, se modifican los esquemas con los que percibimos y conocemos. Pero esto no ocurre de forma instantánea. Para que un cambio se asiente es inevitable atravesar un periodo de adaptación. Mientras, nos movemos en tierra de nadie acuciados por la incertidumbre y convertidos en seres un poquito más vulnerables.

Cada momento histórico tiene sus propios dilemas frente al progreso, que afectan a todos los ámbitos de la vida. Estos dilemas enfrentan lo viejo y lo nuevo. No es fácil asumir el cuestionamiento de las viejas referencias que introduce el progreso, más aún cuando la velocidad de los cambios reduce a su mínima expresión el tiempo para asumirlos y asimilarlos. Cuando esto sucede, el ordenamiento simbólico que tendría que regularlos ya nace obsoleto o con el peso de lo caduco pendiendo sobre su germen.

Es verdad que los cambios siempre han ido unos pasos por delante de lo reconocible y asimilable, el problema hoy es que, en esta alocada carrera, la delantera que nos llevan se multiplica exponencialmente, al igual que las dificultades para encontrar unas referencias que aporten un mínimo de estabilidad y seguridad. Lo nuevo es rápidamente reemplazado. Pasamos por un periodo en el que no paramos de asumir los cambios sin asimilar la pérdida de las viejas referencias, y esto tiene sus efectos.

Nada permanece lo suficiente. Los valores y las referencias dejan de ser uniformes, estables, seguras, requiriendo del aparato psíquico una especie de ciborflexibilidad más propia de Matrix. Dicho de otro modo, cada día que pasa disponemos de menos tiempo para que estos cambios encuentren su propia matriz simbólica. Se supone que llegará el día en el que habremos espabilado lo suficiente para que esta dinámica no nos coma tanto terreno, pero hasta entonces toca remar a contracorriente.

Vivimos tiempos de desregularización y globalización donde las señas de identidad y las costumbres se diluyen. La homogeneización forma parte del paisaje. No hay más que pasear por las principales calles de las grandes ciudades para ver en ellas los mismos negocios, la misma estética; no hay más que visitar a los amigos para ver en sus casas los mismos muebles que en la nuestra. Antes, las cosas se heredaban, pasaban de generación en generación porque eran apreciadas como legado y estaban hechas para durar; hoy, en cambio, se renuevan continuamente porque son de usar y tirar. Es obvio que Ikea le ha ganado la partida a los muebles de la abuelita.

Debido a lo fácil que lo tenemos para movernos de un extremo a otro del planeta, las tradiciones dejan de pertenecer a los vecinos para convertirse en producto de consumo para viajeros ávidos de experiencias auténticas. ¿No es paradójico que «lo auténtico» se venda como producto de marketing para el consumo de masas? ¿No es paradójico que los centros de las ciudades se vacíen de vecinos y pequeños comercios y se conviertan en espacios turísticos despersonalizados, en parques temáticos? ¿No es lamentable la imagen de la interminable cordada de turistas subiendo el Himalaya?

Las viejas estructuras perviven a duras penas, muestran profundas grietas que amenazan con hacer caer todo el edificio

Al perder el cuerpo de referencias en el que apoyábamos nuestras ideas , creencias y valores, lo que toca es acostumbrarnos a vivir permanentemente en la incertidumbre y espabilar y entrenar duro para revolucionar nuestra capacidad intelectual y emocional con el fin de modificar los mecanismos que generan los sistemas de referencias, que al día de hoy son pesados y estancos para lo que se necesita, y cambiarlos por otros mucho más flexibles y dinámicos.

En contrapartida, también vivimos tiempos de nacionalismos y recuperación de fronteras, de miedo a lo diferente. Es probable que tras este fenómeno reduccionista esté la quiebra del estado del bienestar propiciada por las crisis económicas motivadas por la especulación masiva, que afecta globalmente y que obliga a los ciudadanos a pagar con sus sueldos, con su trabajo y ahorros las enormes deudas que generan. La amenaza de perder lo poco o nada que tenemos induce a resguardarse y cerrar las puertas.

Las redes sociales juegan un papel crucial en este proceso voraz. Si exceptuamos el lenguaje, nunca un instrumento de comunicación ha logrado modificar las estructuras sociales, económicas y subjetivas de forma tan radical y vertiginosa. ¿El resultado?: el más reconocible por generalizado, la pérdida de referencias y el carácter evanescente de lo nuevo. Consecuentemente, se agudiza la dificultad para encontrar apoyos y valores que sirvan de contrapunto para evaluar esfuerzos, tomar decisiones y hacer frente a nuevos retos.

La Historia del Arte, del Pensamiento en general, establece una secuencia de momentos y movimientos culturales bien diferenciados a los que adscribe un conjunto de caracteres propios, que tienen valor por sí mismos y en relación a los otros. Actualmente, por encima de cualquier otra intencionalidad, prima la provocación, como la de Piero Manzoni, que vendió al MOMA unas cuantas latas de conserva conteniendo su propia mierda (Merda d’artista), también lo monumental, lo efímero, lo cruento y desproporcionado. Tengo curiosidad por ver cómo definirán las generaciones futuras el desconcierto ético y estético en el que nos movemos; por cierto, magistralmente registrado en la película Square.

Porque vivimos permanentemente en espacios intermedios (es nuestra naturaleza) surge la necesidad en muchos de mirar hacia atrás y recular para reencontrarse con la seguridad de antaño, seguridad que les permitía situar blanco sobre blanco y negro sobre negro. En este marco, no es extraña la emergencia de los nacionalismos, el levantamiento de fronteras y la desunión europea. ¿La solución es recular? No, seguro que no, puesto que la vida sigue, imponiendo su propio ritmo, pero el miedo, mal que nos pese, lo impregna todo hasta el punto de ganarle la partida a la ilusión y boicotear la convivencia esparciendo el odio hacia todo lo diferente, incluidos el vecino si nos pisa la vez o la familia y los amigos si están al otro lado del espectro ideológico.

Los discursos «conspiranoicos» también están en alza, constituyendo un reto para el discurso oficial. El propio Estado se ha convertido en objeto de sospecha, situándose al mismo nivel que las multinacionales. Nos cuentan quienes se rebelan contra la intoxicación en masa del Corona virus que el veneno real lo esparcen los motores de los aviones, que la pandemia es un invento de los laboratorios chinos y de las farmacéuticas y que detrás de esta «farsa» se esconden ilegítimos intereses de Estado. A pesar del elevado número de afectados y de muertos, lo que cuentan no es del todo mentira. Al igual que ocurre con el delirio, tras el «discurso negacionista» también asoma un punto de realidad que no estaría de más tener en cuenta cuando la amenaza ceda lo suficiente para permitirnos pensar con un poco más de perspectiva.

A veces tengo la impresión de estar retornando a la Europa de principios del veinte, cuando lo chic era levantar fronteras para preservar la identidad de lo propio (cultura, lengua, patrimonio) frente a la globalización del conocimiento vehiculizada por el latín, considerado hasta entonces la lengua oficial del saber académico y científico. Eso sí, sería conveniente no olvidar lo que vino después, por si las moscas.

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