4.4. ¿Seguro que uno mas uno son cuatro?

Lo nuevo inquieta; si es tan voluble como se muestra en la actualidad, inquieta más, haciendo que muchos reculen con el fin de recuperar los anclajes perdidos. Es generalizada la impresión de que lo que fue es mejor y que lo desconocido, por incierto, es peor; al refranero me remito.

Vayamos a lo práctico para ver de qué va esto. Para ello te sugiero el siguiente galimatías: “entre los papás de la realidad y los que construimos en la cabeza existen tantas diferencias que no es absurdo pensar que los padres que cuentan son como mínimo cuatro”.

Empecemos por el principio. Según la lógica del deseo, el padre es necesario, pero es la madre la que predomina. Esto se ve de manera muy explícita al abordar patologías severas. Dicho en otros términos, la «vinculación carnal» prevalece sobre la «nominación». No hay que olvidar que es mamá la que nombra a la pareja como padre de su hijo. La nominación, es decir, lo simbólico, pende del hilo de «lo real de la fusión intrauterina», la cual permanecerá independientemente de las circunstancias. Tal vez por esto la madre siempre está presente y el padre, a veces.

¿Qué papel juegan los padres de la realidad? ¿Recuerdas la sesión multifamiliar de la que te hablé, la que se desarrolló en la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil? ¿Sí? En aquella reunión los padres se quejan porque los hijos no responden a la deuda que ellos han heredado sin filtro de sus padres. Los hijos, que tampoco quieren o pueden cargar con ella, responden a esta exigencia con su silencio unas veces, con su rebeldía, violencia y síntomas, otras. Si se tratara solo de una dificultad de los hijos, se simplificaría la cuestión por ser focal y unidireccional. El problema es que la incapacidad para asumir las exigencias dirigidas al hijo afecta fundamentalmente a la dificultad de los padres para entender su origen, intensidad y efectos. La respuesta común de los papás frente a esta dificultad se sostiene en la nostalgia y en la idealización de un modelo antiguo del que salieron librados, aunque muchos de ellos cargados de rabia, de dolor, de frustración, de silencio. Esta carga la trasladan al hijo bajo el formato de otra exigencia, la de sumisión. De este modo, los hijos se convierten en artífices de su sufrimiento.

Hablamos de «deuda real» y de su correlato imaginario y simbólico. Hay una deuda real, que tiene que ver con el hecho mismo de existir, que se perfila a través de la estructura fantasmática de cada uno. Dicho en otros términos: ¿cuántos hijos interpelan a los papás porque ellos no les pidieron nacer? ¿Cuántas parejas deciden ser padres para dar satisfacción al deseo de los abuelos de tener nietos? ¿Cuántas mamás deseosas de ser madres padecen una depresión postparto? ¿Cuántas parejas rompen tras contraer matrimonio después de muchos años de convivencia?…

Cuando los padres no encuentran vías de solución para dar cuenta de lo que depositaron en ellos sus padres y de las expectativas de las que se hacen cargo por estar sometidos a un imperativo que no pueden gestionar, las reenvían al hijo tal cual, igual que hicieron con ellos. Las posibilidades de hacer del hijo son varias: puede asumirlas metonímicamente, para lo cual se requiere privilegiar el ideal que representa la figura del padre. También puede rechazarlas y sostener en el rechazo una reivindicación de lo propio; es decir, más de lo mismo, pero desde el enfrentamiento. Por último, el hijo puede reinventar para sí un modo particular de resolución de la deuda real de los padres. No es extraño que esta última posición encuentre el rechazo de los papás, que ven en la propuesta del hijo una amenaza al dejar al descubierto sus dificultades para asumir sus limitaciones a la hora de gestionar su deseo.

Muchos padres abanderan un modelo del que abominaron como hijos. En la negación de esta contradicción, solo aparente para ellos, está en juego nada más y nada menos que sus propias convicciones. Admitir el fracaso de una opción de vida que supuso para ellos la claudicación de su deseo frente al imperativo paterno, representado socialmente por una educación rigurosa y violenta, supone cuestionar los anclajes que sostienen su existencia, supone cuestionar lo que dicen ser, sus valores y creencias, el modelo de vida que han «elegido», por el que han luchado y por el que no están dispuestos a ceder ante unos hijos que no cejan en su empeño por reducir su alcance, por menospreciar sus valores, por negarles credibilidad. Los hijos carecen de experiencia, dicen los padres, y añaden: «nada saben de la vida, no son nadie para decidir». La única opción que les conceden es la de someterse al criterio de la experiencia, a su criterio.

El cuestionamiento de los hijos es lícito ya que la función primera de la nueva generación es crear un proyecto propio ajustado a sus intereses. Los padres también fueron adolescentes, tuvieron inquietudes y sueños, secretos, dificultades, miedo ante las incertidumbres, oportunidad para ser osados, para saltarse las reglas…, pero olvidaron bajo la presión del ejercicio de sus funciones que son hijos de sus padres, que alguna vez estuvieron sometidos a sus reglas, caprichos y temores, que son hijos de sus deseos, de sus carencias, dificultades e incertidumbres, y en ese olvido se cuela el miedo.

Hablo de gestión de la deuda heredada y de sus efectos para entender y afrontar las dificultades de forma autónoma. Sin embargo, este modelo no lo avala la oficialidad científica, más inclinada en sus intervenciones psicoterapéuticas al «maternaje» y la «psicoeducación». Tengo la impresión de que nunca antes se habían dado tantos «consejos científicos» como ahora ni se había construido un «pensamiento positivo» tan potente como el que vende la nueva «psicología científica», la cual, más que trabajar por la autosuficiencia que proclama, genera una estructura de dependencia a la autoridad, representada por el orden médico-psiquiátrico, sostenida en el señuelo de que la felicidad es posible. ¿Hablaríamos de reeditar Un mundo feliz (Aldous Huxley) con el aval de la «medicina y la psicología basadas en la evidencia»?

Muchas circunstancias colaboran a sostener este estado de cosas, entre ellas, el abandono de la Salud Mental por parte del Estado y, consecuentemente, la falta de recursos humanos y técnicos y la limitación de tiempo.

«Así no puedes seguir. Lo que tienes que hacer es esto y aquello, solo así te sentirás mejor», se oye decir muy a menudo en los servicios de Salud Mental. Es verdad que la insistencia doblega voluntades y acaba sometiendo al sufrimiento, pero lo hace a costa de la subjetividad y potenciando la dependencia al orden establecido. ¿Acaso el miedo de los papás y sus efectos sobre los hijos se solventan con un libro de instrucciones bajo los formatos de la «autoayuda» y la «psicoeducación»? ¿Y si es así, que evidentemente lo es a corto plazo -soy testigo de ello-, porque para sentirse mejor no hay nada como abandonarse al ideal que representa la autoridad, a qué precio?

¿Podría pensarse el modelo de salud mental que se oferta como una revisión edulcorada del modelo heredado, en el que se mantiene la dependencia al ideal, representado por la autoridad, y se sustituye la culpa por el perdón y la capacidad para gestionar la herencia recibida y sus efectos por la autocompasión?

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