4.5. Uno mas uno sí son cuatro.

La dificultad de algunos padres para hacer ante la deuda de la que son portadores los desorienta, trasladándola a los hijos tal cual, sin elaboración. Ellos, mal que bien, salieron adelante y temen que sus hijos fracasen. Lo que depositan en ellos está cargado con aquello que no pudieron resolver o negaron. Muchos de estos padres no ven en el hijo una oportunidad para la vida, sino una consecuencia del fracaso del modelo que los sostiene. Esta es la tensión que los reúne al hacer frente a las preguntas fundamentales, las que se ponen en juego en el encuentro referidas a la identidad, la asunción de roles y responsabilidades, las relaciones de pertenencia, de arraigo…

La confrontación con estas cuestiones en la adolescencia constituye un hito que tiene el doble carácter de ser fundacional y estructurador. Lo expresan la pasión y el dramatismo con que plantean, discuten y tratan de resolverlas. Los padres también las reeditan con los hijos, solo que con el paso cambiado y a contracorriente. A muchos padres les viene grande la adolescencia de los hijos porque no disponen de instrumentos o carecen de la fuerza necesaria para hacer frente al reto que les plantean. Las cosas para ellos son como son. Cualquier cuestionamiento que ponga en entredicho el modelo con el que han subsistido los sitúa en un nivel de riesgo que no soportan.

En la adolescencia se abre la tapa del baúl que permaneció cerrada durante el periodo calmo donde lo único que importaba era darle patadas al balón en el patio del colegio. Una vez abierta, el melodrama se hace de nuevo tragedia. La vida, entonces, se juega a cara de perro y los argumentos adquieren el cariz de la certeza, más aún cuando las incertidumbres acucian, las referencias se olvidan y el sentimiento de soledad se hace insoportable.

Los adolescentes son radicales, intensos. La vida para ellos no es banal, a pesar del desprecio que muestran. Pero su desprecio no es por la vida, que asumen con una intensidad envidiable, sino por el modelo que les ofertan los padres y las instituciones. Muchos adolescentes no quieren lo que reciben, pero esto no quiere decir que los padres no sean importantes para ellos. De hecho, cuando están a solas, hablan de lo que les dicen, de las normas y castigos que les imponen, de sus éxitos y fracasos… Los padres están muy presentes en sus vidas a través de la palabra, de sus tics, de sus síntomas, de sus dificultades, de sus anhelos y aficiones, de sus ambiciones y logros…

La tarea en la que están empeñados los adolescentes es titánica. Se juegan nada más y nada menos que la posibilidad de construir una identidad, y para lograrlo es inevitable transitar por las preguntas fundamentales que dan forma al enigma de la existencia.

Por el camino, los padres olvidan muchas cosas, como que hay vida más allá de los hijos, como que, más allá de la función, están ellos, sujetos y pareja. Incapaces de verse de otra forma, pierden perspectiva. En muchos casos, lo que muestran en este aglutinamiento es del orden de las expectativas frustradas. Muchos sienten que no están a la altura; lo prueba lo que hacen y dejan de hacer los hijos.

¿Dónde está el ideal? Algunos lo buscan en la educación de antaño, donde había un sitio para cada cosa, donde la autoridad era irrebatible y cualquier conato de rebeldía se castigaba severamente. Lo que manifiestan reivindicando este ideal es su dificultad para ejercer la autoridad y poner límites, para diferenciarse del hijo y de la función y asumir roles. Destituido el padre simbólico –representado histórica y simbólicamente por el «tótem», por el «símbolo», por el «significante», por la «ley»–, los padres reclaman la intervención del «padre real»–representado por el «amo de la horda», por el «espectro», por el padre que se niega metafóricamente a morir y pasar el testigo– ante la incapacidad del «padre imaginario» –papaíto desfalleciente que se confunde como hijo con el hijo– para sostener su rol. El hijo soportará las consecuencias.

Las cuestiones pendientes quedan pendientes para la siguiente generación, incrustadas en la estructura del fantasma. La reivindicación de los hijos es, por tanto, estructural, no caprichosa. Los hijos son productos del deseo de los padres, son producto de sus fantasmas. A su vez, los hijos aportan a la herencia recibida sus propios productos, sus interrogantes, sus respuestas y silencios, sus elaboraciones y agujeros. Con ellos hacen lo que pueden, construyen su proyecto de vida. En la sujeción a la estructura del fantasma de los padres se juegan su posición como individuos y como sujetos. En función de su capacidad para hacerle frente podrán alcanzar o no la autonomía necesaria para salir de su regazo y construir un proyecto propio.

La apuesta merece la pena. Lo normal es que no seamos unos cracks resolviendo las incógnitas con las que cargamos, ¿pero qué es mejor, someterse a sus efectos como si cayeran llovidos del cielo o intentar hacer algo para minimizarlos, modificarlos o revertirlos? Aunque nos equivoquemos, mejor hacer que quedarse de brazos cruzados.

No nos engañemos. En realidad, nada es lo que parece, por eso, en el contexto de esta reflexión, «uno más uno sí son cuatro», lo creas o no.

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