4.6. Los fantasmas existen.

El «fantasma» es el articulador generacional por excelencia, el nexo que reúne a padres e hijos en la cadena de transmisión generacional.

¿Por qué el término fantasma? Según los relatos sobre fantasmas, estos representan vidas pasadas que no pudieron transitar por el pasaje de la muerte, por lo que quedaron atrapados a medio camino, vagando como espíritus. Según la mitología que les da cabida, siempre hay algo que ocurre, un contrato que permite al que lo firma poner en juego un deseo prohibido o ilícito o contranatura; en general, un deseo, que está muy por encima de sus posibilidades, al que solo puede acceder mediante un «pacto con el diablo». Las consecuencias nunca son para bien, además de ser irreversibles y afectar a los herederos, que sentirán su peso en el cogote en forma de gélido aliento.

Somos efecto de los deseos que encarnan esos fantasmas. Adán y Eva, nuestros primeros padres según el Génesis, hicieron saltar por los aires el pacto con Dios al romper la única condición que les impuso: no comer del fruto prohibido (es curiosa esta asociación entre prohibición y deseo). A partir de ese instante, fueron condenados a vagar, a parir con dolor y a ganarse el pan con el sudor de sus frentes; es decir, a vivir y a sufrir como cualquier hijo de vecino. Pues bien, con el correr de las generaciones, de esta deuda y sus efectos y de otras similares heredamos una estructura, a la que catalogamos de «estructura fantasmática». Ahora bien, somos efecto de ella, sí, pero no esclavos de sus consecuencias. Aquí radica la diferencia entre individuo y sujeto, entre objeto y sujeto. El fantasma no solo determina, también se gestiona. No es lo mismo dejarse llevar, ya sea sometido dócilmente o en franca rebeldía, que construir a partir de las limitaciones que propicia. El sujeto que se hace cargo de su existencia no deposita en el agujero inducido por el fantasma de los padres su razón de ser.

Gestionar el fantasma supone recrear de forma permanente la ilusión de una ficción posible a partir de las preguntas fundamentales, relativas al origen de la existencia y el sentido de la vida, pero tratadas de forma mucho más cercana y accesible. Nuestro interés no es resolver lo que nos atañe preguntando al Universo qué y porqué, sino preguntando a papa y mamá por el lugar que ocupamos en su deseo -¿soy yo lo que tú quieres?- y por el sentido de nuestra existencia en relación a ese deseo -¿estoy justificado para ser?-. A partir de la relación que mantengamos con las preguntas por estas cuestiones y de lo que vayamos contándonos al respecto podremos construirnos como identidad.

Sea cual sea la etapa de la vida por la que transitemos, parece que estemos condenados a preguntar. Está claro que al ser imposible la evidencia en lo tocante al enigma de la vida y al deseo, las respuestas que formulemos siempre estarán sujetas a revisión, por lo que darán pie a nuevas preguntas y respuestas que ampliarán el campo de lo desconocido y darán lugar a la posibilidad de seguir. Esta es la naturaleza del deseo: no parar de buscar. Mientras estemos en estas, investigando, persiguiendo y arrimando el hombro, podremos recrear una malla más o menos densa de sentido que evitará que nos enredemos demasiado haciéndonos preguntas insolubles sobre la existencia.

No obstante, hay periodos, que suelen ser críticos y conflictivos, en los que priman más las certezas que las preguntas. Así ocurre, por ejemplo, en la adolescencia. La actitud distante y «cerril», a veces hosca y desafiante, que tiende a mostrar el adolescente suele llevar a los papás al límite de su capacidad y al enfrentamiento, bien consigo mismo o con la pareja. Este enfrentamiento habla de dos cosas: de lo que se exigen y le exigen al otro como adulto en el desarrollo de su función y de algo antiguo que no controlan y se les cuela, que tiene que ver con lo que han construido a partir del hijo que fueron. Los hijos tendrán que lidiar con ello y en algunos casos con la torpeza de los papás, que se atiesan porque, al no saber qué hacer con lo que recibieron, no saben qué ofrecerles. Para salir del atolladero, estos padres recurren al dogma, que extraen del supuesto poder que les otorga la experiencia. A partir de aquí, el disparate en todas sus versiones melodramáticas, incluso trágicas, está servido.

Es verdad que nadie es perfecto ni tiene respuesta para todo. Por esto, para que las cosas funcionen o medio funcionen, lo mejor que podemos hacer es poner las cartas sobre la mesa y jugarlas, sin desistir de la función. Seguramente nos equivoquemos, pero los hijos agradecerán el esfuerzo, el interés y la «humanidad» de nuestros gestos, aunque sufran por nuestras carencias como gestores y queden marcados por ello.

Para el adolescente, los papás superhéroes quedaron atrás, guardados en el desván de la infancia; una infancia que muchos recuerdan como si hubiera ocurrido hace mucho, mucho tiempo, y esto no sale gratis.

Entrada relacionada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *