5.1. La oxitocina no es para mamá gacela.

Te propongo virar ciento ochenta grados y bajar al Serengeti National Park para encontrarnos con las gacelas. Me propongo comparar sus vidas y la nuestra para determinar similitudes y diferencias y tratar de dilucidar lo que hace que nos diferenciemos tanto, siendo ambas especies organismos vivos hechos del mismo material y sometidos a los mismos procesos bioquímicos.

Lo primero que reconocemos diferente es la cultura. Qué duda cabe que la cultura nos determina, pero ello no quiere decir que hayamos perdido el lazo con la naturaleza, con sus leyes y ciclos. La cultura es un producto altamente especializado de la naturaleza, no su contrapartida. La dicotomía naturaleza-cultura es una falsa dicotomía que nos sitúa afuera, y que yo sepa, aún no somos extraterrestres, aunque apuntemos a ello. El modo sistemático con que destruimos la Tierra nos obligará a salir y colonizar otros planetas, a convertirnos de verdad en extraterrestres.

Realmente no hay razón suficiente que justifique la elección de las gacelas para establecer una comparativa con la especie humana; tal vez, si acaso, la impresión de fragilidad que trasmiten ambas y cierta dosis de pudor.

Ahora cierra los ojos y rescata cualquiera de las mil imágenes que tienes en la memoria sobre la sabana africana. Imagina la siguiente escena: un día tórrido cualquiera, una manada de gacelas pasta entre una nube de insectos. Parecen nerviosas, inquietas. Una hembra se aparta del grupo para parir. Visto desde el sofá de casa, el parto no parece difícil. La mamá se echa y en poco tiempo sale el bebé. Parece que los dos están bien. La mamá se incorpora y lo lame, desprende la placenta adherida a la piel de la cría y se la come. Al poco de nacer, el bebé gacela realiza un primer esfuerzo para ponerse en pie, pero trastabilla. Las patas delanteras se le doblan, o se les abren demasiado, y cae, pero lo intenta de nuevo y vuelve a levantarse. Al principio mantiene el equilibrio a duras penas, pero una vez lo consigue, se dirige a las ubres de mamá.

El bebé gacela actúa por sí solo, ayudado si acaso por el hocico de la mamá, en la dirección propuesta por el instinto.

Nada más adquirir la capacidad para corretear, ambos se unen a la manada. Y la vida sigue sin que nada cambie. Para la mamá gacela no existe una «baja maternal» que le permita atender a su bebé fuera del ajetreo de la vida en la manada, fuera del asedio de los depredadores, que aprovecharán la debilidad de la cría para situarlo en su punto de mira.

¿Qué sucede con el bebé humano? Imaginemos la misma escena, solo que ésta se desarrolla en el paritorio del hospital. Dos profesionales atienden a la futura mamá mientras otro sostiene al padre, que está a punto de desmayarse. Para que no desfallezca, la enfermera le da una tarea; el papá lo agradece. El esfuerzo que hace la futura mamá es enorme, atroz. Estimulada por los profesionales, grita, empuja, literalmente se desgarra, tiembla de arriba abajo, hasta que el bebé asoma la cabecita y, tras un último empujón, sale. El alivio es inmediato. El matrono recoge al bebé y lo coloca sobre el pecho de la exhausta mamá, que lo acoge gozosa. ¡Es tan pequeño, tan hermoso, tan desvalido!

Mientras la mamá gacela pare sola y sola se incorpora al grupo, la mamá humana es protegida por la familia, la sociedad y el equipo sanitario que le atiende. Una vez nace el bebé, no es la mamá, sino la familia la que la incorpora al grupo.

Si no lo hace al instante de nacer, el bebé humano, al cabo de un tiempo, llora y se agita. A diferencia del bebé gacela, no le queda otra que esperar a que resuelvan por él; está a expensas del exterior, sometido a la disponibilidad y capacidad de quienes le atienden, que son quienes pueden responder a sus necesidades y requerimientos.

Para dar a luz, la mayoría de las mamás humanas recurre a los medios humanos y técnicos que aporta el sistema sanitario. Todo un equipo altamente especializado las atienden antes, durante y después del parto. Si la mamá es primeriza, tiene que aprender. Para ayudarla, ahí están su mamá, la suegra y el equipo de enfermería. La mamá gacela, en cambio, hace lo que corresponde; no necesita saber, no busca ayuda, tampoco se la prestan.

El bebé humano nace con una inmadurez biológica, neurofisiológica y motora muy acusadas. Incluso sus sentidos, excepto el olfato, necesitan tiempo para desplegar su potencial. Los sentidos del bebé gacela, en cambio, se activan automáticamente, están orientados a establecer el apego madre-hijo desde el primer instante; literalmente, le va la vida en ello.

La misma historia; en cambio, dos escenarios y condiciones absolutamente diferentes. Lo que une a las dos escenas es el comienzo de la vida fuera de mamá; lo que las diferencia, los efectos de la evolución sobre las especies.

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