5.2. El software de la supervivencia.

Bien, ya tenemos al bebé gacela en pie y su software engrasado para que pueda alimentarse por sí solo y huir del ataque de los depredadores. Mientras, el bebé humano queda inerme, a expensas de quien lo cuida; su seguridad está garantizada, por lo que su software no requiere una pronta activación.

En el bebé gacela es muy importante que la maquinaria se active rápido, y nada mejor para ello que el instinto tome las riendas. El instinto «sabe» lo que tiene que hacer para que sobreviva. Sin embargo, la actividad del bebé humano, aunque sometida al imperativo biológico, no está prefijada. La única activación de la que es capaz su software deriva en una descarga masiva —agitación y llanto—, sin objeto ni fin, producida por un exceso de tensión. A diferencia del bebé gacela, el bebé humano no dispone de los medios neuromotores requeridos para aliviarla. Por tanto, está a expensas de lo que haga su mamá o, en su defecto, las personas a cargo de su cuidado.

La incompetencia biológica, ya lo veremos, está en la base de la sustitución del «instinto» por la «pulsión» y de la «necesidad» por las exigencias de la «demanda de amor». Mientras que en el instinto están prefijados el objeto de satisfacción y el fin al que está orientado —periodos de celo y reproducción, consumo energético y nutrición— en la pulsión, no. Piensa, por ejemplo, en los trastornos de la conducta alimentaria y en la desligadura sexualidad-reproducción. Tanto en uno como en otro, se produce un fenómeno de aparente «desnaturalización», de desligadura con el «principio de supervivencia», que tiene el efecto de poner en peligro al individuo.

Para que la desligadura con el principio que regula la supervivencia se establezca han de intervenir necesariamente algunos factores totalmente ajenos; en el caso de la alimentación, la percepción distorsionada de la imagen de sí, que lleva al individuo, por ejemplo, a percibir su cuerpo sobrepasado de peso cuando lo que está es al límite de la delgadez extrema; en el caso de la reproducción, la inversión de los términos al colocar al placer como fin y no como instrumento para la reproducción y la supervivencia.

El bebé gacela responde según toca, sin posibilidad de elección. La actividad del bebé humano, en cambio, está orientada por la capacidad emocional y las posibilidades de respuesta de mamá; posteriormente, por el «libre albedrío» y algunas otras cosas.

El instinto y la pulsión son los elementos diferenciadores fundamentales. Así como el instinto determina que la actividad del bebé gacela esté orientada por los ciclos naturales, por la necesidad y la pervivencia de la especie, la pulsión va más allá al exigir a la satisfacción un plus dirigido a quien la satisface que transforma la descarga en un «llamado» y la posibilidad de satisfacción en «demanda de amor». La experiencia demuestra que la cualidad afectiva del vínculo madre-hijo importa tanto como la satisfacción de la necesidad.

El bebé gacela tiene que espabilar para unirse a la manada y correr cuando el peligro aceche. Si no lo hace, su vida corre peligro. El bebé humano no tiene prisa. Desde el minuto uno es atendido por una multitud de personas, profesionales y familia, que harán lo imposible para sacarlo adelante, incluso si nace con algún problema de salud.

Uno de los elementos que hacen que haya tantas diferencias en el modo en que la gacela y el humano se la montan para vivir es «la relación que mantienen con los ecosistemas». En el reino animal, la supervivencia de una especie está estrechamente correlacionada con la supervivencia de las especies que viven en el mismo espacio y con la pervivencia del ecosistema que comparten. El número de individuos de cada especie depende de este equilibrio. Desgraciadamente, nosotros nos hemos saltado esta regla. En poco más de cincuenta años, la población mundial se ha duplicado, por lo que el consumo de recursos se ha disparado hasta sobrepasar los límites que la naturaleza puede soportar, por no hablar de la mala gestión y distribución de los mismos. La conclusión es de sobra conocida y reconocida, aunque no se haga lo suficiente para paliar tanta desmesura.

Esto es así y lo es, curiosamente, en el marco de la Naturaleza. No somos extraterrestres, creo, sino uno más de sus muchos productos y organismos. Lo que me parece extraordinario, también siniestro, es que la Naturaleza haya creado una especie capaz de liquidarla.

Si la Naturaleza tuviera conciencia cabría calificar su modo de proceder como «amoral». Y lo es en la medida que no tiene en cuenta al individuo si no es en función de la pervivencia de la especie ni repara en daños cuando su equilibrio lo requiere ni se cosca cuando permite el desarrollo de una especie tan destructiva. La Tierra es vieja y no se anda con tonterías; está habituada a vivir momentos de destrucción masiva y a sobreponerse a ellos.

No sé… Me da que pensar que, desde la perspectiva del individuo, estamos transformando la demanda de amor en «exigencia de satisfacción» e invirtiendo el principio regulador que rige la vida, de tal modo que la supervivencia de los individuos prima sobre la supervivencia de las especies. Puede sonar raro el auge del «egoísmo» en un mundo que lo colectiviza todo a gran escala, pero no lo es tanto si pensamos que lo que se colectiviza es la propia opinión. Esta «colectivización de la propia opinión» tiene el efecto de avalarla, no por el valor que atesora, sino por la dimensión partidista o seguidista que adquiere. Si algo importa no es tanto el valor de las ideas, sino el número de likes que las apuntala como valor de referencia —creo que a nadie escapa el hecho de que clickear un like es un acto más de simpatía que reflexivo, y muchas veces ni lo uno ni lo otro, sino según nos dé en ese instante; también, una confirmación de lo que pensamos—. En fin…

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