6.6. ¿Soy yo el que habla a través de mí?

Decía en la entrada anterior que «somos sujetos de lenguaje, es decir, somos lo que decimos, lo que silenciamos, lo que nos contamos, [pero] también aquello que habla por nosotros, que emerge fuera de nuestro control». ¿Recuerdas?

Cuándo hablamos de «palabra propia», ¿de qué palabra hablamos?: ¿de la que sostenemos como entidad diferenciada respecto a los otros, de la que permite recrear cierta impresión de identidad respecto a nosotros mismos —yo me reconozco en lo que digo—, de la que amalgama todos los discursos de los que somos capaces bajo la atenta mirada del yo, de la palabra que se reivindica respecto a los discursos establecidos…? No, nada de esto tiene que ver con lo que aquí llamo palabra propia.

La palabra propia emerge a espaldas de quien la enuncia. Puede pasar desapercibida o ser minimizada, incluso negada, pero al quedar capturado en ella, el sujeto recibe un impacto, mezcla de sorpresa, de extrañamiento, incluso de cierto júbilo, debido precisamente a su carácter inaudito, por ello creador. La impresión recibida se aproxima a la vivencia de lo auténtico, de lo verdadero. Es esta verdad íntima la que nos interpela como seres hablantes en nuestro deseo.

Hablamos del inconsciente, que se manifiesta, por ejemplo, en un lapsus linguae: algo que aparece en un momento dado como respuesta, digámoslo así, a la expresión reprimida de una «contrariedad» (decir, por ejemplo, sin darnos cuenta, lo contrario de lo que queremos deci).

El propio lenguaje funciona al modo en que lo hace el inconsciente. Las palabras brotan espontáneamente guiadas por una intuición, por el discurrir de una cadena de representaciones asociadas al desarrollo, por ejemplo, de las ideas, recuerdos y afectos que moviliza una conversación. En ningún momento el que habla sabe lo que va a decir al momento de hablar. El hablante no repite un texto prefijado en el pensamiento. El hablante habla y se repite y se equivoca —»no, no es eso lo que quería decir»— y se reconoce, o no, en lo que dice. A su vez, es reconocido por algunos otros en sus chascarrillos, en el estilo de argumentar, en la orientación de sus pensamientos. También, algunas veces, el hablante se sorprende diciendo bobadas que nunca antes se le habían pasado por la cabeza, ocurrencias, genialidades que inflan su ego y le producen una enorme satisfacción. ¿Quién habla entonces si el propio hablante se sorprende al oír lo que dice?

Somos muchos en uno, pero hay uno entre ellos que, o bien los acoge al identificarse con lo que dicen, sienten o piensan esos otros que laten en el inconsciente, o bien los rechaza por sentirse muy lejos de lo que sienten, dicen o piensan, o bien se atemoriza por la extraña mezcolanza de sentimientos, de deseo y temor que le producen eso que rechaza de ellos y a la vez lo atrapa. Ese uno tiene nombre. Es el «yo», un ser que es en la medida que integra las contradicciones que le plantean los otros, los deseos que mueven, los temores que provocan, los placeres secretos que alimentan y los conflictos que no puede afrontar y que ponen en riesgo su equilibrio psíquico y emocional.

Ciertamente, somos muchos en uno.

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