7.1. La dieta por la supervivencia.

La existencia obedece al mandato universal que exige sumisión a la ley de la supervivencia. Este es el mandato por excelencia. Pero la supervivencia tiene un límite ineludible: la muerte. La pregunta que pende de esta realidad es tan obvia como irresoluble: ¿para qué, entonces? No hay razón objetivable, al menos ninguna que esté al alcance de nuestro conocimiento. Frente a esto incognoscible, queda la impresión de lo absurdo y la necesidad de obviarlo para hacer de la existencia algo que merezca la pena.

Los instrumentos que utiliza la naturaleza para que cumplamos con el mandato universal difieren de los utilizados para las otras especies animales. Hablamos del deseo, la pulsión, el lenguaje, la ficción y la necesidad de trascender la muerte; es decir, hablamos de los componentes que definen, entre otras cosas, a la cultura.

El mandato universal adquiere para nosotros las estructuras del deseo y del enigma y la cualidad del compromiso. Estos elementos permiten recrear la ilusión de transcender mediante el artificio de la ficción, que encuentra en el lenguaje su instrumento. Como veis, nada que ver con algo prefijado por la naturaleza del instinto.

El deseo necesita del enigma para no desfallecer y la cualidad del compromiso, ya que la ficción en la que se sustenta requiere el compromiso con la palabra que le da forma. La palabra, en general el universo significante, al interferir el circuito de la necesidad, sustituye el instinto por la pulsión e introduce la demanda de amor como complemento de la necesidad.

El deseo es una función exclusivamente humana y bastante peculiar. Parece obvia su orientación hacia la vida —así nos lo contamos cuando hablamos de él—, pero si fuera así, cabría pensar que no supondría mayor esfuerzo mantenerlo activo. Sin embargo, esto no ocurre.

Quienes sufren algún tipo de enfermedad mental muestran de forma paradigmática cómo el deseo puede llegar a vivirse más como fuente de conflictos que como pulsión de vida. En cualquier caso, el deseo, que es deseo inconsciente, puja en todo momento por salirse con la suya, utilizando para ello todas las cartas de que dispone, incluso a nuestro pesar. Los síntomas son un ejemplo de este esfuerzo de contención. El gran perjudicado en esta lucha es el yo; digamos, la cara, el semblante con el que nos presentamos ante nosotros mismos y ante los demás. Pues bien, este yo busca insistentemente obviar los exigentes reclamos del deseo, y lo hace atando su existencia a las certidumbres que conoce, por muy dolorosas que le resulten o por muy incongruentes y contradictorias que parezcan a los ojos de los demás.

El deseo como pura pulsión de vida es una entelequia si lo consideramos solo desde el punto de vista instintivo. Su complejidad excede en mucho la linealidad que impone el instinto al no disponer, como dispone este, de objeto y fin predeterminados. El deseo es el resultado de una compleja ecuación en la que intervienen otros muchos elementos, de aquí su carácter rocambolesco; a veces, truculento; a veces, siniestro. Aunque la finalidad sea la misma —la supervivencia—, los medios que utiliza son muchos, el objeto que lo concreta es muy diverso y el fin al que se dirige para nada se aproxima a la función a la que supuestamente sirve. De aquí su carácter conflictivo.

La linealidad que oferta el instinto no existe para el deseo, mucho más complejo, rocambolesco, truculento, por ser la demanda de amor, no la necesidad, la guía por la que circula

Si el cuerpo ha agotado sus reservas, necesita reponerse. Lo que tiene que hacer entonces es buscar alimento. Parece obvio y sencillo, ¿cierto? En el reino animal, las cosas funcionan así. Un león saciado, duerme; un león hambriento, busca una presa con la que saciar el hambre.

En las sociedades avanzadas, el hambre como tal puede decirse que no existe. El sobrepeso que caracteriza a sus ciudadanos, el recurso a las dietas para equilibrarlo, los trastornos de la conducta alimentaria, entre otros, son fenómenos que hablan de ello. En estas sociedades, el alimento sirve la mayoría de las veces para saciar otras ansiedades, relacionadas con el vacío, la soledad, el miedo, el desamparo, el estrés, las exigencias inventadas o reales…, ansiedades que se superponen a la sensación de vacío asociada al hambre, como si ambas se correspondieran. El alimento se transforma así en vehículo para paliarlas, aunque no lo consiga.

Quien piense el deseo como un regalo para perezosos, se equivoca, porque es exigente e insistente, motivo, señala Freud, de un malestar fundamental de la civilización. Los demás seres viven sometidos al lugar que les corresponde en la cadena trófica, sin capacidad cognoscente para aceptarlo o rebelarse. Nosotros, en cambio, necesitamos dotar de sentido a la existencia. Por ello velamos lo real del sinsentido, lo imposible de articular —no olvidemos que el caos forma parte de la estructura— mediante la creación de sentido. Esta es la condición que rige la naturaleza humana. El lenguaje es lo que aporta contenidos a este espacio vacío, contenidos que no sellan el agujero de lo incognoscible, pero si lo salvan.

Cabría suponer que una buena dieta es aquella que alimenta con palabras el hueco que media entre bocado y bocado. De esta manera se sacia a la vez el hambre de alimento y el hambre de sentido y afectos, sin confundirlos.

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