7.2. ¿Qué oculta el deseo?

A finales del siglo XIX, cuando aparece la «hipnosis» y comienza su andadura lo que luego daría en llamarse «Psicología profunda», la curación consistía en revelar por la palabra un secreto, cuyo contenido era rechazado por la conciencia y enviado al olvido por ser expresión de un conflicto entre un deseo prohibido y una obligación de orden moral. ¡Ahí es nada!

Lo destacable de este rechazo era que tales contenidos no desaparecían, ¿uhmmm?, sino que seguían presionando a la conciencia a través de los síntomas. ¿A dónde eran enviados y por qué tenían un poder tan grande? Freud decía que eran enviados a una comunidad de representaciones totalmente independiente, al que inicialmente denominó «estado segundo de la conciencia» y posteriormente, «inconsciente». Alegaba como causa de la enfermedad un suceso real, de carácter traumático y sexual («Teoría traumática del síntoma»). Años más tarde, reformularía esta hipótesis. Ya no sería un hecho real la causa de los síntomas, sino un hecho fantaseado, igualmente traumático y sexual, en la órbita familiar («Teoría fantasmática del síntoma»). Con este salto de una concepción a la otra, la cura ya no se entiende como un proceso de rememoración hasta alcanzar el hecho real causa del síntoma, sino un proceso encaminado a significar el fantasma.

Retrocedo un paso. Cuando Freud contemplaba la «teoría traumática», su trabajo consistía en rastrear la cadena asociativa de representaciones que conducían del síntoma a la causa. Pero en el proceso siempre aparecía una zona oscura. La cura requería bucear en ella para extraer de sus profundidades el «secreto-causa», un secreto tan celosamente guardado que ni el paciente sabía de él.

El inconsciente no es un arcón que se arrincona en el desván. Está siempre a la espera para abrirse un hueco y emerger con sus productos. Y cuando esto ocurre, estos productos (sueño, lapsus, acto fallido, síntoma…) se presentan bajo el aspecto del tropiezo, de la falla, también del hallazgo, y confrontan al sujeto con dos realidades: la enajenación respecto a algo que le extraña y de lo que reniega —el deseo—, por lo que permanece soterrado, y la alienación a un discurso que nada quiere saber de eso que le muestra el deseo y que constituye la honda verdad del sujeto. Piensa en los supuestos equívocos a los que conduce los lapsus linguae, a la impresión de descontrol que transmiten, a la pujanza de algo escondido que se calla y al poder del deseo para desenterrarlo.

Este hallazgo es tan sorprendente como evanescente y muestra una de las características que definen el modo de presentarse el inconsciente: la discontinuidad. Algo irrumpe en el discurso que cuestiona lo dado por supuesto o lo ya sabido. Frente al control que ejerce la conciencia a través de lo que se espera, algo inesperado aparece puntualmente poniendo en jaque a quien habla. Esta discontinuidad es expresión, dice Freud, de la dura «roca de la resistencia» que se interpone en la búsqueda de la causa. Los contenidos del inconsciente se resisten a doblegarse a una razón, la de la causalidad, que no es otra que la de la historia.

Entre la causa y lo que ella afecta —por ejemplo, el síntoma—, siempre media una distancia insalvable, una relación aproximativa, tal como ocurre entre el concepto y la cosa.

¿Restituir la historia es equiparable a restituir el pasado, es hablar del pasado o es hablar del pasado historiado en el presente? ¿Cuál es el valor de lo reconstruido acerca del pasado?¿Se trata de revivir o de reescribir?

La memoria es una propiedad de la sustancia viva. Gracias a ella, después de pasar por una determinada mala experiencia, la sustancia viva modifica su reacción frente a una situación similar. Pero rememorar no es lo mismo. En la rememoración, lo que se modifica tras cada nueva experiencia es el sentido atribuido a las experiencias previas. En este sentido, el trauma para Freud se desarrolla en dos momentos: uno primero, donde ocurre un suceso aparentemente inocuo, y uno segundo, actual, que aporta un nuevo significado el suceso primero, el cual adquiere ahora la dimensión de trauma. La onda expansiva de esta resignificación alcanza al suceso actual aportándole un nuevo sentido.

Una paciente, víctima de abusos (tocamientos) por el padre cuando era pequeña, no reconoce en ellos su cualidad violenta, hasta que, ya adolescente, es testigo de la misma conducta abusiva del padre, ahora ejercida sobre sus hermanos.

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