7.3. ¿Juegan a lo mismo la conciencia y el deseo?

Siempre hay razones no reconocibles que influyen en la conducta y ejercen una influencia determinante sobre la mente y el cuerpo. Hacer frente a la irracionalidad de nuestros actos o a la sinrazón de los síntomas no implica establecer su conexión con la causa. Evidentemente, pueden ser reconocibles los elementos a los que es posible atribuir la función de disparadero, pero no la estructura que hace que las cosas sean como son y no de otra manera, o que unos actúen de un modo y otros de otro totalmente diferente, a pesar de la similitud de circunstancias.

Rememorar no es poner en pie lo sucedido, ya que lo sucedido lo es atravesado por la experiencia particular de quien lo revive. Una misma situación no es vista del mismo modo ni tiene el mismo efecto en personas diferentes. A veces, lo narrado por una persona difiere tanto de lo que cuenta otra que resulta difícil reconocer el mismo suceso en ambas narraciones. El acento sobre los recuerdos, las asociaciones entre representaciones y vivencias y entre representaciones o recuerdos los hacen diferentes. De este modo, aspectos muy alejados del suceso, como el recuerdo de otra escena, atraída por la memoria a partir de algún detalle concreto que las vincula en la forma o en sus repercusiones, aportan al fenómeno cualidades intransferibles. Podría decirse que la mirada filtrada por el recuerdo asociado determina la percepción del fenómeno, su fondo y forma.

Ya lo vimos en entradas anteriores: un vaso lleno hasta la mitad puede ser visto medio lleno o medio vacío. Verlo de una u otra manera no quita razón a ninguno. ¿Qué ocurre, entonces?, que la percepción añade al fenómeno cualidades diferentes al poner el acento en aspectos diametralmente opuestos. En un caso, se acentúa lo que hay; en el otro, lo que falta. El resultado es que lo mismo se convierte en diferente exclusivamente por la cualidad de la mirada, no del fenómeno. Siendo así, habría que pensar que entre la mirada y el fenómeno se produce una relación que no es circunstancial, sino sustancial, y lo es al modo en que funciona la Banda de Moebius, donde «adentro» y «afuera», «interior» y «exterior» no son cualidades excluyentes sino contiguas.

Si la percepción establece entre la mirada y el fenómeno un vínculo transformador, nada de lo que damos por hecho o evidente lo será exclusivamente. Por ejemplo, el rechazo por la conciencia solemos atribuirlo a sucesos en sí mismos negativos. Sin embargo, cabe la posibilidad de que aquello de lo que rehúya la conciencia esté precisamente relacionado con el placer. Así lo planteaba Freud al desarrollar su «Teoría traumática» del síntoma o la afección. El placer asociado a un suceso, revivido posteriormente a través de otro suceso que es percibido vinculado a la culpa, a la vergüenza, al daño moral, convierte aquel placer en traumático. Lo insoportable de este nuevo sentido es reprimido y reenviado al inconsciente. Si su pujanza es incontenible, aparece en forma de síntoma o de trastorno.

Quién lo diría, pero es así. No es el displacer lo que necesariamente remueve la conciencia, sino el placer que cuestiona las prescripciones, en forma de prohibiciones, que introduce la cultura al definir y coaptar las relaciones de deseo que nos vinculan.

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