8.1. ¿Soy y te cuento o soy porque te cuento?

Todo cuanto somos, todo lo que hacemos, pensamos y sentimos está orientado por la dupla yo-otro. Vivir enajenado de la comunidad, de la interior (filogenética, generacional, fantasmática) y de la exterior (familiar, social, lingüística, cultural) no es posible para nadie, ni para el que deja de ser objeto de goce para mamá ni para el que perpetúa la imposibilidad de romper este lazo.

¿A qué nos referimos al hablar de la dupla yo-otro? Esta cuestión, que siempre fue pertinente, actualmente lo es de manera particular debido a las nuevas tecnologías, las cuales plantean una relación diferente con la imagen, el tiempo, la falta y el objeto, que afecta a la propia estructura psíquica. Desde la carta en papel y el teléfono fijo a la telefonía móvil, WhatsApp, Skype, Facebook, Instagram, correo electrónico y demás medios y aplicaciones, las cosas han cambiado tanto que han permitido la ilusión de reducir el espacio y el tiempo hasta la superposición y modificado el tiempo de la espera, el espacio de la intimidad y la dinámica del deseo.

Para adentrarnos en esta cuestión, rescato dos fenómenos. El primero puede concretarse en la expresión «si no estás en la red no eres nadie». Esto se asume por definición. Pero en esta apuesta por la visibilidad, importa menos la calidad de los contactos que el número de los mismos. Aunque el otro importa, la mirada sobre él se diluye, hace desaparecer al sujeto que hay detrás al desviar la atención desde la persona a los dígitos que muestran el número de visitas que han ojeado, por ejemplo, su Facebook. El contacto con el otro se reduce a la necesidad de objetivar de forma cuantitativa la propia existencia. El discurso es desbancado por la serie numérica. El dígito que registra el número de views calibra el brillo de la visibilidad en detrimento de la calidad del posible intercambio.

Del mismo modo, la experiencia pierde valor subjetivo en favor de la exposición pública; si es en vivo y en directo, mejor. No se trata de comunicar lo que se hace, sino de hacerlo para mostrarlo, de tal modo que la exposición (vídeos, selfies) condiciona la experiencia. Cierto es que el relato siempre ha importado. La cuestión que se plantea hoy es el lugar que ocupa en el tiempo. Cuando los medios técnicos no lo permitían, el relato venía después. Aunque el afán por epatar a los envidiosos siempre ha existido, entonces solo era posible a la vuelta. Lo que ocurre actualmente difiere por dos motivos: porque el relato es sustituido por la imagen y por la superposición de imagen y experiencia. Una de las consecuencias de esta sustitución y superposición es la exposición del individuo como objeto de consumo en el escaparate público.

La imagen que se exhibe, habitualmente trucada, expresa en lo que muestra lo que se desea como si se cumpliera de cara a los demás. Lo curioso de este juego ficticio es que quien lo muestra se lo cree y quien lo recibe, no. En fin.

El segundo fenómeno al que me remito lo aporta el uso del móvil, que se ha convertido en una extensión del cuerpo. A veces, mientras paseo, comparo el número de personas que hacen uso de él o simplemente lo llevan en la mano, y las que no. La diferencia es abrumadora a favor de los ‘conectados’. Supongo que cada cual se agarra al móvil por razones diferentes. Habría que preguntar, claro, para no establecer juicios basados en prejuicios. Más allá de la posible diversidad de motivos, la cuestión es que el ‘bip’ del llamado anunciando la llegada de un mensaje exige de los usuarios una reacción y respuesta inmediatas.

Rescato de ambos ejemplos el temor a la invisibilidad. En la novela El clan del oso cavernario, la autora, Jean Marie Auel, ofrece un bello ejemplo al respecto. La protagonista, Ayla, es excluida del clan, lo que equivale a su condena de muerte, ya que sobrevivir sola en un medio salvaje, lleno de peligros y sin la ayuda del clan, se considera imposible. ¿Cómo plantea la exclusión? Para ello no hace falta que sea echada fuera de los límites en los que vive el clan. El procedimiento de exclusión comporta hacer de ella alguien invisible. A pesar de deambular entre ellos, a pesar de reclamar su atención y su palabra, los miembros del clan dejan de verla y oírla. La invisibilidad toma al discurso como instrumento —no olvidemos que somos sujetos de discurso—; el efecto no es metafórico. Para el clan, realmente deja de existir.

Verlo todo, mostrarlo todo, hacerse presente siempre, sin pudor… Lo íntimo expuesto a través de la ventana de la pantalla, los intercambios a dos expuestos en el tapete del grupo a través de WhatsApp, Facebook…. Gran hermano a gran escala en las redes. Nietzsche lo anticipó al hablar de Dios (Así habló Zarathustra), al que condena a muerte por la avaricia de su mirada, capaz de alcanzar nuestras profundidades más recónditas. ¿No se parece el dios del que habla Nietzsche al gran ojo de los Big Data? Últimamente oigo comentarios que hablan de cómo el móvil envía publicidad o información sobre aquello de lo que se habla sin que los interlocutores lo soliciten. Si esto ya es preocupante por saltarse a piola cualquier derecho relativo a la intimidad, más lo es la alegría con la que se asume, como si se tratara de un mal menor. En fin.

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