10.5. No es pesimismo, es hartazgo.

Son muchos los elementos que intervienen en la toma de decisiones. He nombrado algunos de ellos, pero siempre hay alguno más. Recuerdo un documental que analizaba el proceso de toma de decisiones en las grandes empresas a la hora de poner en marcha una nueva línea de negocio. Después de sesudos estudios técnicos, una vez completado los dosieres sobre su viabilidad y complejidades, la última decisión siempre pendía de la intuición, quedaba en manos del «instinto», así lo llamaban, de quien tiene que tomarla.

Dicho de otro modo, la tecnificación no reduce el análisis y la respuesta a un algoritmo. Si así fuera, sobrarían los políticos, los directores de empresas y, en general, los gestores y quedaríamos en manos de las máquinas, de sus circuitos y engranajes. Un ideal para algunos, una pérdida de libertad para todos y una falacia para muchos otros.

¿Qué mundo resultaría de ello? No sé bien cómo sería, aunque no sería difícil imaginarlo si nos pusiéramos a ello. Hoy día, hay algo más que atisbos sobre lo que nos espera si se promueve esta vía.

La coletilla de moda en cualquier conversación para dar por sentada la verdad de lo que se dice o argumenta es que lo dicho «está científicamente probado». La ciencia tiene hoy día un valor cuasi sagrado. Es el nuevo Dios, aquél cuya palabra es la última palabra. No estoy haciendo crítica del valor de la ciencia; sí, del uso lenguaraz que se hace de ella y del excesivo valor que se le atribuye, más aún cuando se confunde tecnología y ciencia, realidad y ciencia. Lo vemos de forma descarada, por ejemplo, al abordar los resultados de las encuestas para las elecciones, lo vemos en la variabilidad de interpretaciones, en las críticas al modelo aplicado, al uso de la tecnología y aplicación de las fórmulas. El modelo con el que trabajan emplea tecnología, denominada científica, aplicada a cuestiones atravesadas por un ingente número de variables incontroladas con el objeto de medir algo tan cargado de elementos emocionales como la «intención de voto».

En unas elecciones son muchas las encuestas que se hacen para prever los resultados, y la mayoría de ellas no coinciden. Todas ellas dicen aplicar la tecnología que la matemática les ofrece para aproximar un resultado probable y fiable, pero su grado de coincidencia es mínimo y obedece siempre a intereses ideológicos o partidistas.

Nos gusta sentir que tenemos el control. Pretendemos protocolizar la vida, trasladar el modelo de intervención en situaciones de emergencia a la vida cotidiana, transformar la comida, la sexualidad, el pensamiento, las emociones… en patrones saludables. Los mensajes anuncian que todo es mucho más fácil de lo que te imaginas: si te duele algo, concéntrate en otra cosa; si te has levantado sin ganas, no lo pienses; si la ansiedad te puede, respira; si te has excedido en la comida, haz más ejercicio ese día; si… Para todo siempre hay un aforismo a mano, una frase contundente que demuestra lo fácil que es cambiar si te lo propones, una fórmula infalible para ganar en salud y en bienestar; una frase positiva para atajar el pesimismo, la desgana, la dejadez, el enfado; en definitiva, para ser feliz (Aldous Huxley en Un mundo feliz en estado puro). Mientras, el mundo es como es y se encamina hacia donde solo unos pocos quieren llegar.

No es pesimismo, es hartazgo.

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