11.1. El «yo corporal».

El bebé dirige su mirada al espejo y ve una imagen que se mueve. Es la primera oportunidad que tiene de verse entero en una forma. Pero la imagen que ve de sí está ahí, afuera; ahora tiene que incorporarla.

Obviamente, los ojos requieren que intervengan elementos externos para ver el propio cuerpo en su totalidad. La construcción de la identidad depende, por tanto, de estos elementos —como el reflejo en el espejo o nuestra imagen capturada por una fotografía; también sirven los otros, al funcionar como una proyección de cómo somos—.

Pero lo que el bebé ve de sí no se superpone a lo que percibe. Hablo de la imagen acabada, narcisista, de sí mismo. Esta imagen es una ilusión que solo percibe como real en la medida que se repite y es corroborada por la voz y la mirada de mamá, que la identifica como perteneciéndole.

Lo que el bebé designará más tarde como su yo será inicialmente un «yo corporal», en el sentido de que se lo puede considerar, en palabras de Jean Jacques Lacan, una proyección mental de la superficie del cuerpo. Es lo que ve.

Por tanto, la imagen especular es el lugar de proyección del yo, cuya consistencia dependerá, de un lado, de la relación entre el ideal de hijo para la madre y lo que el hijo represente respecto a este ideal y, de otro, dependerá del modo en que mamá gestione esta posible discordancia.

Imaginemos una mamá que no es capaz de acoger a su bebé por no corresponderse con su ideal. Esta discordancia afectará a la capacidad del hijo para recrear una imagen de sí integrada, no porque no la vea en el espejo, sino porque no la percibe en el reflejo que le devuelve la mirada de mamá. Lo que percibirá será lo que él no es para ella, es decir, la imagen del portador de todo lo que le falta (belleza, amor, potencia, inteligencia…), por ello más deseable o querido (el que se lleva los aplausos, el que es tenido en cuenta por mamá, el que se lleva sus elogios y su amor).

La relación del bebé con la imagen especular recoge, por tanto, la tensión entre el modelo de lo que mamá espera de un hijo y lo que le falta a ella y el hijo puede colmar.

La experiencia del espejo no es simple ni directa, requiere una elaboración psíquica muy compleja de correspondencias e integración de estímulos diversos. Conviene no olvidar que Narciso se enamora de una imagen: ilusión sin cuerpo, imagen fugitiva (Metamorfosis, Ovidio) de la que ignora a quién pertenece. El reconocimiento de esa imagen, por tanto, necesita de un juicio externo que identifique a su propietario.

Tomado desde diversas perspectivas, el ojo registra de un mismo fenómeno imágenes diferentes. Bien podría el psiquismo interpretarlas como fenómenos diversos, sin embargo, las integra en una única forma al asociarlas entre sí junto al movimiento que induce el cambio de perspectiva.

La percepción de la imagen, por tanto, es consecuencia de un proceso de análisis en el que se integra lo que falta como si estuviera. Considero que este principio está en la base del ordenamiento del aparato psíquico, el cual funciona, según una lógica aproximativa, en los espacios intermedios, entre lo que el objeto no alcanza a mostrar o satisfacer y el conocimiento no logra alcanzar. También está en la base del desarrollo de la capacidad simbólica que, grosso modo, puede definirse como la capacidad para representar la cosa en su ausencia —el propio lenguaje funciona así, ya que los significantes no son más que marcas de una ausencia y expresión de opuestos—, además de ser característico del modo diverso con que procesamos la realidad.

Es evidente que vemos lo que vemos; no lo es, que aquello que vemos está atravesado por multitud de filtros. Así funciona la lógica de andar por casa, la que nos permite reconocer el entorno y reconocernos como parte de él. Gracias a esta miopía, mis pies me conducen a donde quiero sin pensármelo, y lo hacen porque es lo habitual y porque en el trayecto estoy conectado a unos y a otros. Por esto los saludo, porque, gracias a que formamos parte del mismo paisaje, me reconozco en ellos y ellos en mí.

No hay que conocer las fórmulas de la velocidad y la aceleración, vamos que no hay que ser Albert Einstein para salir andando de casa y aligerar el paso si el tiempo se nos echa encima, o desacelerarlo si comprobamos que, de todas formas, ya hemos perdido el autobús.

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