11.2. Lo que percibimos también es, pero no solo.

Ante un objeto inacabado, una sombra o una mancha, el cerebro tiende a reconstruir lo que falta o a perfilar lo que carece de contorno para aproximarlo a una forma.

Tumbados en cualquier lugar, lejos del estrés cotidiano, vemos pasar las masas de nubes y jugamos a darles formas antes de que se diluyan empujadas por la brisa. ¿Quién no ha jugado alguna vez a este juego, quién no lo ha compartido con sus hermanos, sus amigos o con la pareja? Las imágenes que encontramos al fijar nuestra atención en las nubes siempre nos sorprenden, y causa extrañeza que aquello que percibimos no lo vea quien nos acompaña. Entonces, intentamos llevar su mirada hacia ciertos lugares para redirigir su percepción y aproximarla a la nuestra. Pero no siempre es posible hacerle ver lo mismo. Lo que sucede es que el cerebro, para construir la imagen, no se basa solo en los mismos elementos externos, sino que se apoya en otros internos, fruto estos de las diferentes experiencias y vivencias de uno y otro, que son las que aportan el sesgo que hace que la configuración lograda difiera.

Volvamos a la experiencia del espejo. La sustitución de la imagen especular por el yo requiere incluir un movimiento de giro gracias al cual el niño puede colocarse en el lugar del otro —imagina al niño atravesando el azogue del espejo y girándose hasta acoplarse con la imagen—. Este movimiento, al dar entrada al otro y a otros puntos de vista, permite superar el registro imaginario y dar entrada al registro simbólico. De aquí la importancia que adquiere el movimiento en el proceso perceptivo y en la construcción del entramado de asociaciones y nudos que sustentan la red que configuran los esquemas de conocimiento que permiten reconocernos en la imagen.

El movimiento de torsión necesario para identificar a la imagen especular como el otro desdoblado de uno mismo opera al modo de la torsión ejercida para generar la banda de Moebius, banda que reduce la polaridad dentro-fuera, interior-exterior, y la transforma en un devenir donde ambos lados se alinean, se funden en la contigüidad. Situar la proyección en los términos de aquello suprimido adentro que vuelve desde afuera introduce al otro en la perspectiva del sujeto y a éste en la dinámica del deseo.

Si nos colocamos ante un espejo, vemos que la parte derecha de nuestro cuerpo se corresponde con la parte izquierda en la imagen. Ante esta discordancia, la primera conclusión parece obvia: que, en la medida en que a cada punto del cuerpo le corresponde exactamente el punto contrario en la imagen, se produce una inadecuación proyectiva, la cual no es óbice para reconocernos. Curioso, ¿verdad?, más aún cuando identificamos en dicha imagen al ideal.

Si dispones de dos espejos planos que puedas manejar con facilidad, acompáñame en el siguiente experimento: colócalos en ángulo recto, sitúate en la bisectriz y muévete hacia cualquiera de los lados. Si lo haces hacia la izquierda, la imagen, desde la perspectiva del que se mueve, lo hará hacia la derecha, y viceversa. La impresión que se recibe es perturbadora, al menos así lo fue para mí, ya que, por un lado, esta experiencia rompe con el registro especular y neurológico establecido, que incluye la discordancia perceptiva, y, por otro, porque la imagen no acompaña al sujeto, sino que se aleja de él. Ahora bien, si nos desdobláramos imaginariamente, si entráramos en el azogue y nos situáramos donde la imagen, constataríamos que se mueve tal cual nos movemos: hacia su derecha, si nos movemos a nuestra derecha; hacia su izquierda, si nos movemos a nuestra izquierda.

¿Por qué nos perturba entonces lo que responde a la realidad de lo que ocurre? La imagen que percibimos ante los dos espejos perpendicularmente colocados es efecto de una doble proyección. La imagen percibida es reflejo de un reflejo, es decir, un efecto óptico de triangulación. Trasladando esta experiencia a la vida cotidiana, podemos afirmar que, para que sea posible la identificación con la imagen, esta tiene que llegarnos filtrada por una segunda proyección, de la que es reflejo la que percibimos en el espejo; una segunda proyección que bien podemos situar en la mirada de mamá, que es quien reconoce al hijo en la imagen especular.

Si es perturbadora la inadecuación proyectiva especular, más lo es que el psiquismo la asuma de forma natural, sin crítica, tal como asume, ya lo vimos, ciertas paradojas imposibles, pero que damos por buenas sin más, como la que planteamos al inicio, en la segunda entrada, ¿recuerdas?, aquella que afirmaba que la certeza es imposible.

Pues bien, a partir de estos engaños de los sentidos y de la razón, construimos lo que somos. ¿Quiere decir esto que, al menos en parte, somos efecto de un juego de ilusionismo?… En la medida en que no somos conscientes del proceso, cabría suponer que sí, pero, aunque sea esta la que cuenta, la realidad de lo que ocurre es otra y se ajusta a las leyes de la óptica.

Lo que ocurre no es magia, por más que nos ilusione.

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