12.2. «El desprendimiento».

Durante la vida intrauterina, el bebé participa de los pálpitos de la madre, de sus inquietudes, de sus alegrías, de sus placeres, desconsuelos y expectativas, en definitiva, de sus emociones, pensamientos y circunstancias. Después, cumplido el tiempo prescrito por la Naturaleza, sus cuerpos se separan.

El término «desprendimiento» tiene dos acepciones: una, activa: deshacerse de algo; otra, pasiva: caer. Además, tiene un sesgo cultural fuertemente religioso. A propósito, recuerda un chico, Daniel, las historias que le contaban en el colegio referidas al sacrificio y la mortificación. En esas historias, la entrega a Dios la vinculaban al desprendimiento de todo afán materialista. Es probable que no fuera para tanto ni que las historias fueran tan sórdidas como las recuerda, pero había algo en ellas que conectaba perfectamente con la cansina batalla que sostuvo con sus padres durante sus años adolescentes, una de cuyas derivas encontró expresión en la problemática relación que tenía con los regalos. Recuerda la enorme expectación con la que vivía la noche de Reyes y la generosidad de Melchor, el rey que había elegido para sí. Sin embargo, también recuerda con tristeza el día después por la sensación de vacío que experimentaba indefectiblemente, a pesar de los regalos, y la impresión de que nada podía contra eso. Si tenía lo que quería, ¿a cuento de qué el dolor y la amargura? Estaba claro que lo que Daniel reclamaba a sus padres en ese día tan especial no se agotaba en los regalos que recibía, los cuales, aunque abundantes, siempre le parecían insuficientes. Daniel esperaba algo más, algo que entonces no sabía decir qué era y que luego, con el paso de los años, pudo nombrar.

El desprendimiento encuentra su iconografía religiosa en la escena de «el descendimiento». La Virgen, a los pies de la cruz, recoge los restos del hijo, expresión fatal de la pérdida. Plantea este relato la doble cara del sacrificio: la cara de la mortificación y la cara del triunfo. El Padre entrega al Hijo a la muerte para que resucite y reviva como idea en el corazón de los creyentes. A la madre, sin embargo, solo le queda recoger su cuerpo inánime. El destino de la madre es perder de nuevo al hijo y a una parte de sí vinculada a sus entrañas. En la muerte del hijo, la madre también muere.

La función del padre es otra; escribir la Ley y establecer las condiciones para la redención cuando la Ley sea violentada. De este modo, con el propósito de redimir del pecado a sus otros hijos, engendrados originariamente a partir de la ruptura de una prohibición, por ello mortales y carentes, sacrificará algo de sí en la tríada de la que forma parte con el Espíritu Santo y su Hijo.

Expulsados del Paraíso, Adán y Eva se ven obligados a penar para sobrevivir: a parir con dolor, ella; a ganarse el pan con el sudor de la frente, ambos. La culpa aparece como la razón primigenia de la civilización; la culpa, que recae sobre una prohibición ancestral.

El ombligo representaría la marca universal de esta privación originaria y un cambio de estatus en el proceso de individuación y subjetivación.

El estatus embrionario participaría de algún modo de aquella región primigenia, donde el entorno se mantiene inalterable y la necesidad y el placer no existen al no haber antónimos que los sustenten.

Según estas historias y leyendas, el universo significante, instaurado originariamente bajo el formato de la prohibición, permanecería latente, a la espera, y solo se haría presente a través de su violación y de su más inmediata consecuencia: la culpa primigenia, que es la madre de todas las culpas y de nuestra civilización.

De aquí venimos, así nos la montamos y así recreamos el imaginario que sostiene lo que somos; al menos, en nuestro entorno cultural.   

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