12.3. ¿El bebé responde o reacciona?

A la noción de cuerpo no se accede de forma inmediata. Es una adquisición tardía que se incorpora cuando los sistemas neurológico y psíquico están preparados para afrontar la imagen especular del mismo. Mientras el bebé no pueda integrarlo como unidad, lo que le llega es una amalgama de sensaciones inconexas que no puede referir a una entidad sino a una multitud de fragmentos.

Al inicio, el bebé se diluye en la sensación. La vida del neonato se reduce prácticamente a dormir y solo reacciona cuando la excitación sobrepasa el umbral de tensión que tolera. Entonces, se produce una descarga masiva e incontrolada. Estos cambios de estado aparecen como sobrevenidos, de tal modo que el bebé queda a expensas de ellos.

La excitación se retroalimenta si no encuentra cauces de derivación. La propia descarga motora se convierte así en fuente añadida de tensión. Y no será el bebé el que encuentre las vías adecuadas de descarga, sino los adultos que lo cuidan. Como apuntaba anteriormente, en la brecha estructural que induce la inmadurez del sistema bien puede encontrar su base neurofisiológica la incursión del otro en la definición del yo.

Los primeros patrones de activación del organismo ante el exceso de estimulación se aproximan más a la cualidad refleja que a la noción de respuesta, en el sentido de que no es el bebé el que responde, sino su organismo el que reacciona.

Mucho antes de la entrada del bebé en el lenguaje, la interacción con el medio genera ya un entramado básico de asociaciones y anudamientos neuronales que reorganizan los prefijados. Es decir, los primeros esquemas acción-reacción inscriben sus huellas neurofisiológicas, modulan desde el inicio un patrón estereotipado de activación neuromotora.

No hablo de respuestas puntuales a una exigencia del bebé, sino de un estereotipo de respuesta que inscribe en el aparato psíquico la huella de un estilo en el que el hijo, los padres y, en general, los miembros de la familia se reconocen y son reconocibles.

Estos patrones son modificables, pero no lo suficiente, pues su carácter primigenio les imprime la cualidad de indelebles. Es decir, toda respuesta ulterior tiende a repetir, a pesar de las experiencias vividas y de los reajustes logrados, el modelo de respuesta adquirido inicialmente, comprometiendo al individuo en todos sus aspectos (discursivo, corporal, relacional, cognitivo, afectivo, conductual), modelando sus mecanismos de alerta y defensa, incidiendo en la regulación de las funciones neurofisiológicas básicas, especialmente las relacionadas con la alimentación y el sueño, y modificando los ajustes del sistema muscular de respuesta. Esto no quiere decir que no sea posible construir algo nuevo, aunque es verdad que la repetición y la acomodación a los esquemas prefigurados marcan tendencia y que hacerles frente requiere un esfuerzo añadido en sentido contrario.

Entre la tendencia a la acomodación y el esfuerzo por sobreponerse a ella opera el deseo. Cuando las fuerzas flaquean, ¿qué ocurre?: que aparecen los viejos fantasmas y un cierto hastío vinculado a la desesperanza. Vencer las resistencias que derivan de la tendencia a la repetición, agudizada en los momentos de crisis, se convierte en la tarea fundamental. Dejarse arrastrar por sus consecuencias, por el contrario, alienta posiciones regresivas que en nada favorecen la puja por el deseo.

Es decir, que lo que toca es seguir, con la confianza de que el temporal acabará amainando y de que avistaremos puerto en la próxima ensenada.

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