12.5. Lo que no consiga un chupete.

Las necesidades básicas estimulan las mucosas correspondientes a los orificios a las que están vinculadas y reactivan los mecanismos reflejos de respuesta asociados. Posteriormente, algunos de estos mecanismos reflejos se convierten en sustitutos de la satisfacción, funcionando como anticipadores de la respuesta específica. La succión del pulgar, por ejemplo, calma la excitación, reduce la tensión asociada a la necesidad y con el tiempo adquiere valor sedativo ante cualquier situación estresante.

Todos los papás sabemos lo difícil que puede ser la retirada del chupe. Este sustituto de la satisfacción oral, inicialmente sedativo, puede convertirse en un instrumento permanente de excitación. Su uso abusivo también puede delatar la dificultad de los papás para tolerar la angustia y el tiempo de la espera asociado a la respuesta. A veces, poner el chupe se convierte en un acto cuasi reflejo: casi todos hemos vivido la experiencia de hacerlo sin que el bebé lo reclame ni dé muestras de irritación.

Estas respuestas reflejas y anticipatorias contribuyen a contener la deriva de excitación mientras la respuesta específica se pone en marcha. Están al servicio, pues, del tiempo que requiere responder y, en algunos casos, de mitigar la angustia. Cumplen la función que asumirá posteriormente el lenguaje: distraer al bebé de la tensión generada por la necesidad y prepararlo para suplir los efectos de la demora al responder.

De este modo, la falta y el tiempo se convierten en mediadores entre la necesidad y la respuesta y en articuladores de la estructura que habrá de sostener al aparato psíquico.

El tiempo es una referencia siempre subjetiva. Aunque su ritmo permanece inalterable en la caja del reloj, su apreciación está determinada por circunstancias ligadas, fundamentalmente, al binomio placer-displacer en sus diferentes escenarios: la edad, las expectativas, la ilusión, la soledad… Podría plantearse un patrón en la percepción del tiempo ligado a la manera que tienen el bebé y sus cuidadores de acotar y soportar el tiempo de demora en la respuesta, patrón que podrá moldearse pero que permanece inalterable como sustrato psíquico.

Si la respuesta se solapara a la necesidad, no habría necesidad ni cabría mediador, tampoco cabría el sujeto. Hablaríamos, entonces, de un organismo primitivo, apenas diferenciado del protoplasma.

Con el tiempo, los agujeros vinculados a las funciones básicas se desvinculan de la necesidad y adquieren valor de zona erógena. En el beso, por ejemplo, a la necesidad —el hambre— se superpone otra satisfacción, esta afectiva y sexual, que liga a ambas al dar entrada al otro como alimento. El carácter primario y secundario de los procesos implicados se invierte. Ya no es la necesidad —carácter primario— la que carga de significantes la boca, sino la tensión erógena —carácter secundario—. La boca se convierte así en prototipo de la sobrevaloración de la tensión sexual respecto a la necesidad.

Como puedes constatar, lo nuestro es de nota. Como dice un joven paciente cuando algo le gusta: ¡Uaalá!

Entrada relacionada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.