13.1. ¿Quién se hace cargo?

Parto de la hipótesis de que la reducción de tensión se traduce en cualidad. En otros términos, allí donde la excitación es máxima, no cabe discriminación sensible ni significante. Estas son posibles solo cuando la sobrecarga dista de valores extremos.

La cualidad requiere la reducción de carga, pero no solo, ya que su discriminación necesita un componente más preciso: la palabra del otro, la palabra de mamá. Lo que le alcanza mientras la organización neuronal no le permite acceder al lenguaje son secuencias de sonidos sostenidas por la tonalidad afectiva que las acompaña.

La palabra de mamá funciona para el bebé como una lengua extranjera. El bebé la desconoce, no sabe qué dice. Salvando todas las distancias salvables, la experiencia de viajar a un país del que desconocemos su lengua puede proporcionarnos una idea del extrañamiento que debe experimentar el bebé en relación con la que luego será su lengua materna.

Pero el bebé, aunque no entiende el significado de las palabras, reacciona a ellas y al contexto. Y lo primero que aprende a discriminar es su efecto en la línea displacer-placer.

Entre la emergencia de la necesidad y la respuesta para paliarla, ocurren cosas. Representemos la escena: el bebé duerme. De pronto, una tensión, expresión de una necesidad apremiante, se apodera de su cuerpo. El gradiente de tensión aumenta. El cuerpo del bebé intenta liberarse del excedente y lo hace de forma incontrolada a través de la agitación y el llanto; no puede hacer otra cosa. Ambas reacciones funcionan como descarga y como llamado. Mientras nadie responda, la excitación se retroalimenta, alimentándose de sí, lo que colabora a que aumente. Lo que le ocurre al bebé ante el exceso de tensión no es una respuesta sino una reacción refleja del cuerpo, ya que no tiene conocimiento para saber qué le pasa y necesita ni capacidad de control para afrontarlo. La respuesta habrá de venir desde afuera, y quien lo haga lo hará con el equipo fantasmático, emocional y circunstancial con el que carga, determinando su capacidad para poner en marcha el proceso de análisis y la cualidad de la respuesta. En todo el proceso, el bebé queda a expensas del exterior. Nada puede hacer para colaborar en la resolución de lo que le ocurre y lo tensiona hasta llevar a extremos insostenibles su equilibrio, solo soportar y sobrecargarse, ni siquiera esperar un milagro o a un otro externo, porque también desconoce la dualidad yo-otro, al igual que no sabe que la solución a su problema es la descarga y consecuente alivio de la tensión que experimenta, ya que la dialéctica tensión-descarga de tensión-alivio está muy lejos de su entendimiento. Visto lo visto, la situación en la que se encuentra el bebé cuando una necesidad lo apremia puede calificarse sin paliativos de extremo desvalimiento.

Ahora acude el otro externo, la mamá. La mamá que, a pesar de la lucha por la igualdad, sigue cargando con el mayor peso de la crianza; la mamá que trabaja, que tiene que responder a un horario, a unas exigencias laborales; la mamá a la que se le reconoce el derecho a la maternidad, pero que es ninguneada por la empresa, o amenazada de despido si lo reclama; la mamá que quiere estar con su bebé y tiene que decidir entre él y su carrera profesional. Los papás hoy día también ayudan; eso es, también ayudan, pero, en su mayoría, no se hacen cargo. Puestos a decidir quién de los dos se queda a cuidar al bebé, son las mamás las que ceden por goleada.

Hablo constantemente de las mamás, y lo hago conscientemente por considerar que son ellas, su cuerpo, su biología, las que mejor están preparadas para atender al bebé durante sus primeros meses de vida. Evidentemente, los papás también pueden hacerse cargo. Muchos lo hacen sin problema, o con problemas similares a los que una mujer pueda tener a la hora de cuidar a su bebé. Considero que muchas de las polémicas relativas a la igualdad de género al abordar este tema no afectan a este plano de las cosas, sino que son de orden social y económico y que en estos planos sí tienen un efecto discriminatorio para el desarrollo personal de la mujer. A pesar de que la legislación preserva la igualdad de derechos y oportunidades, lo cierto y verdad es que el sistema no arrima el hombro a la hora de tenerlos en cuenta, castigando de facto a quien los reclama. La conciliación de la vida familiar y laboral en el mundo de la empresa en España está muy lejos de ser real. Son muchas las triquiñuelas empleadas para castigar a la mujer en el trabajo, ya sea dificultando su inclusión en el mercado laboral o dificultando su continuidad y progreso.

Al hombre también lo castiga el sistema si reclama su derecho, pero da la impresión de que la asunción de la derrota anticipada y de los lugares asignados en el marco de una sociedad eminentemente patriarcal hace que, en muchos casos, si no en la mayoría, ni siquiera se planteen litigar con la empresa, resolviendo la cuestión en casa; por supuesto, en detrimento de la pareja. El argumento económico, apoyado por el modelo patriarcal, pesa en la elección.

El bebé, por supuesto, está completamente afuera de esta disyuntiva, pero sufre sus consecuencias a través del malestar que sí le producen a papá o a mamá como individuos y como pareja la respuesta social al problema.

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